17 may. 2012

Las gotas



Es para no creerlo, te juro, es terrible como llueve afuera. Lánguida, inmutable, silenciosamente. Hace días que no aclara el cielo, días que no se quita esta luz británica de pasillo y moqueta. Pero lo terrible no es este clima tedioso, lo peor es que ya no estoy seguro de querer que llegue el sol, así, tan fácilmente. Mis ganas de un cielo azul han mutado hacia una violencia por desgarrar tanta pasividad. ¡Necesito que el cielo se desborde de truenos! El hartazgo que me provoca esta garúa, llegado este punto, solo se podría consolar con una tormenta de truenos estallando y baldazos de agua abofeteando las calles.

 

 Sin embargo nada. Es el quinto día consecutivo con esta estúpida lluvia que cala despacio y hondo como una agonía. Siento que los días se desatan entre sí y se tornan incómodos, como si encerrasen una mosca entre sus horas. Por eso te digo que un tímido sol, asomándose ahora, ya no tiene sentido para mí. Lo viviría como una burla a mi virilidad.

Afuera todo es humedad. Salgo al balcón para decidir si salir a dar un paseo o quedarme en casa pero el paisaje de persianas y autos me sella un mensaje que no logro entender. Me siento contagiado.
 
Busco gotas cayendo desde el techo de mi balcón pero en su lugar encuentro una especie de humedad. ¿Dónde están las fascinantes gotas con sus barrigas de agua? Dónde está la lluvia ésa que cuando aparece en la ciudad, ruge y nos exige refugiarnos en portales hasta que acampe, reclamando respeto, obligándonos a notar su presencia.

Asomo la mano por la baranda del balcón para corroborar lo que ya sabía: no hay luz natural. Quiero que alguien se una a mi reclamo y exija piedad a grito pelado. Quiero que el cielo truene y avise que llega la lluvia. Quiero que llegue ese chaparrón violento que encuentra su camino en cuestión de segundos y se burla hasta del zapato más impermeable; quiero esa lluvia que se esparce por los calcetines como un manchón de tinta y arruga y empalidece los dedos de los pies.

Ya ves, es espantoso como llueve afuera, y sin embargo, adentro mío, ruego que el sol tenga el coraje suficiente para dejar de lado la timidez y llegar partiendo el cielo a hachazos.