5 ago. 2012

Lo inconcluso

Es un hecho que Salustiano Pereyra murió el 29 de Agosto de 1898 por balas (o quizás tan solo bastó una) del ejército nacional. El cuerpo ya sin vida viajó en tren hasta Buenos Aires ese mismo día para ser exhibido ante el General Godoy, quien había dado la orden de ejecución y el cual estaba a mi lado cuando destaparon el rostro de aquel gaucho. La imagen de la muerte, siempre desagradable en el rostro de quien sea que la vista, fue un brusco alivio que identifiqué claramente en el General. Llevaba años intentando apagar el mensaje de aquel hombre.
Lo que no es un hecho y me dispongo a contar a través de este corto relato, es cuándo su vida realmente se disipó, si unos días antes o varios años después.
Salustiano Pereyra fue detenido en su rancho de las afueras de Victorica, con el sol del otoño aun animando y mientras dormía, nueve días antes de la ejecución. Recostado sobre su catre con la ropa del día soñaba su verdadera vida, la infinita e ineludible que le permitía darle forma a la otra, aquella que aparecía cuando abría los ojos y que siempre resultaba más breve y vertiginosa. Salustiano se encontraba jalando de una soga con la esperanza de que el agua que sentía llegar desde el fondo de aquel pozo fuese potable y le permitiera continuar su viaje. Llevaba incontables días caminando por el desierto por lo que el sol del mediodía aplastando con todo su ímpetu, lograba de a ratos infundirlo en dudas y reducir al silencio aquel ardor que lo había lanzado al éxodo. No iba a ningún sitio sino que más bien regresaba por fin a casa después de varios años. Era por eso que el peso de aquel balde subía cargado con algo más que la esperanza de agua, acaso era el remate decisivo de su viaje. Cuando comenzó a sentirlo cada vez más cerca, notó a su vez llegar con igual medida la premonición de una compañía intrusa abriéndose camino en su desierto. Inmediatamente dejó de jalar y buscando la amenaza a su alrededor, olvidó la convicción que lo había llevado hasta aquel sitio, ¿a dónde era que iba? Se asustó por estar confundido ante semejante obviedad. Entonces el tiempo sucedió más rápido que su pensamiento y la sospecha se cumplió. Salustiano abrió los ojos para ver un mar de manos atrapándolo por el poncho.
Se lo llevaron en cuestión de segundos y sin tocar nada de la casa, no buscaban más que lo que habían encontrado al abrir la puerta. Una vez vacío el rancho, la puerta de entrada abierta y el soplo de la siesta barriendo el olor a sueño, eran las únicas señales –ya pereciendo- de que algo acababa de suceder. El resto continuaba trascurriendo inmóvil: la cacerola con restos de humita yacía tibia sobre la hornalla, el acero de la pava estaba frio aunque la yerba del mate aun húmeda y tibia en su ánimo; el manifiesto inconcluso desde siempre respiraba junto al catre, como si su sitio fuese ahí, justo al alcance de quien viene llegando del mundo de los sueños; Causas perdidas se titulaba, y era la madre pendiente de todos los hijos que parió Salustiano a lo largo de sus 46 años. Fue a su vez lo último que vio de sus posesiones al ser sacado de la casa con las manos atadas, como si desde aquellos papeles amarillentos se enlazase una tanza a los ojos de Salustiano. Al salir del rancho y encontrarse con el mundo exterior, sus ojos taciturnos regresaron repentina y definitivamente de algún desierto para posarse muertos ya en los del soldado aquel que lo empujaba del brazo derecho; un joven que escasamente tendría 20 años y quien comprendió a través de aquellos ojos que lo tenían en la mira, que su cobardía era irremediable. Para compensar el miedo con coraje o tal vez para quitarse esa mirada negra de encima, cerró el puño y se lo hundió de un golpe en el estómago emponchado.
Enroscado como un feto Salustiano entreabrió los ojos sin memoria de sueños, como arrojados despectivamente hacia la realidad y llegando de ninguna parte. Sintió pánico y miedo al no estar acostumbrado a despertar así, tan vacío. Llegando por los barrotes de la ventana vio la sombra de un animal recorriéndole su cuerpo bajo el marco de luz que se reflejaba en el suelo. Oyó el atardecer a través de su albor y profesó el desplome del día alcanzándolo también a él. Sintió el final y ésta aprensión lo aterrorizó, no así los rostros de la muerte que parecían estar abriéndose camino en el frio de aquella celda. Un gato gris se sentó finalmente sobre el marco interior de la ventana.
Salustiano ya había muerto infinidad de veces y hasta en un mismo día. Estaba al tanto de los ambientes y la convicción con que aprieta la muerte. La había sentido en su paladar seco cuando éste arropaba sus ojos y los libraba al sueño perpetuo dejándolo a él aliviado en algún desierto; sabía también que podía rasguñar sin piedad, podía ser tan intensa como la misma naturaleza y dejarlo divagando en una canoa en medio del mar o girarlo entre sueños y no encontrarla a su lado, confundirlo hasta dudar, crecer como planta tropical hasta cubrir su casa y ahogarla en la selva sin rastros de que alguna vez existió. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Sin embargo nunca antes había sentido su visita concluyente, reconocible por su triste ausencia de amor u odio pero repleta sin embargo de indiferencia y ansias por rematar la jugada con desgano, liquidar finalmente la tarea y pasar a víctimas más entretenidas. Así transcribió Salustiano el mensaje del General cuando éste le fue leído para anunciarle su sentencia y fecha de ejecución; las palabras que pronunció aquel militar no fueron escuchadas ni necesarias para Salustiano.
La primera noche fue la más difícil de las nueve. Derrumbado en el suelo e inmóvil por el dolor físico, conoció por primera vez al insomnio. Entendió por su fuerza desesperanzadora e imposibilidad de evasión, que era más cruel que la muerte que había conocido en sus sueños, la cual siempre le había infundido bravura y lucha en ambos mundos. Sintió el miedo que provoca ir listando lo inconcluso para luego perderse en el laberinto inútil de suponer un futuro sin uno. A pesar de haber vivido varios años advirtió que su lista era extensa.
Cuando rebasó la noche con toda su luz empujando por la espalda del gato, Salustiano sucumbió ante la alucinación de que su vida no había valido nada. Que nada había hecho y por esa nada sería recordado. No había hechos ni acciones en sus memorias, tan solo ideas y teorías –todas salidas del mundo de sus sueños- que no parecían beneficiarse de valor alguno en el miedo nocturno de aquel gaucho. Un hombre es recordado por sus acciones y no por sus ideas, pensó y se venció.
Fue entonces cuando el gato saltó desde la ventana hacia el interior de la celda y con su inesperada aparición llegó la realidad del presente. Recorrió el calabozo como si éste estuviera vacío (tal vez lo estaba desde hacía instantes); se paseó con paso lento y la cola flotando sobre su lomo mientras los ojos desolados de Salustiano le seguían el movimiento. Retraídamente se acercó hasta su poncho y él apoyó su mano sobre el espinazo del animal. Al acariciarlo sintió envidia por él; su desunión con el tiempo y su instintiva manera de vivir en el presente le daban ante los ojos de Salustiano una inocencia comparable a la de un niño. Entonces se durmió.
El final la soga dejo ver un balde repleto de agua fresca. Bebió hasta sentirse hinchado y el resto del contenido se lo echó sobre la cabeza desde lo alto de sus brazos alzados y mientras tapaba el sol del mediodía con aquel cubo metálico. El agua le cerraba los ojos con la misma intensidad con que se escurría por la sonrisa de su expresión. Decidió pasar el mediodía junto a la sombra de aquel pozo; dormir para soñar y así entender su despertar. Soñó que era anciano y el tiempo pasaba lentamente como cuando era niño y los veranos Pamperos eran gozosamente interminables. En su sueño, el paso de los días se adaptaban a los acentos de su antojo, ellos aún le reglaban nuevas experiencias y él su esmero por vivirlas; le nacían hijos y nietos nuevos cada día que crecían más rápido que él y por lo tanto lograba disfrutarlos lentamente a su ritmo; los veía partir y regresar para contarle que las tierras seguían libres y traerle noticias de sus amigos. Soñó que vivía varios días en una misma jornada; Salustiano ya no percibía el paso del tiempo como una representación exacta de la realidad, sino que el daño del tiempo le era ajeno mientras él siguiera encontrando una forma nueva de vivir cada día. Ahí radicaba el secreto de su inmortalidad y vitalidad.
Carmen Hidalgo, cuñada de Salustiano y de un terrible parecido con su difunta hermana, no lograba conciliar la imagen del gaucho legendario que había interpuesto entre él y el resto de la humanidad una distancia de casi mil páginas, con la del adolescente aquel de piel curtida y pelo blanco que enseñaba a cazar vizcachas a sus nietos por las mañanas y aprendía a tejer lana con las mujeres por las tardes mientras tomaban mate.
Poco a poco, año tras año, Salustiano fue saldando en forma de cuotas la deuda que tenía con la vida. Dejó de escribir el mismo día en que regresó a la casa rescatado por fin para el corazón de los suyos; y si bien jamás añoró su vida anterior ni le pesó el recuerdo, a lo largo de los 45 años que le quedaron de vida, tampoco volvió a recordar ni una sola vez lo que soñaba. No percibió el sueño sino como algo que sucedía mientras dormía y que se quedaba allí al abrir los ojos; el anhelo que lo empujaba al sol de la mañana era la vida que sucedía afuera y no dentro de sus sueños. Si no es la guerra, que sea la vida.
El 21 de Marzo de 1943, después de comer, Salustiano se sentó en la terraza de su casa donde solía tomar mate. No sintió ánimo como para dormir la siesta que prefirió quedarse sentado viendo como el cielo se iba preparando para la lluvia. La casa estaba vacía y el resto de la familia regresaría de su viaje por Buenos Aires recién mañana. Permaneció toda la tarde viendo llover sobre el jardín y la calle de tierra que comenzaba en su portal. Cuando por fin escampó y la gente comenzó a aparecer caminando en dirección al centro del pueblo, él continuó inmóvil en su silla.
Creyó escuchar el ruido de varios caballos llegando desde el arroyo. En efecto, un grupo de militares montados se entrevió por encima del muro de piedras. Al pasar junto al jardín y ver a Salustiano en su silla de mimbre, el menor de ellos, un joven que escasamente tendría 20 años, le saludó tocándose la visera de su gorra; si has de irte otra vez -le dijo con un tono amable- trata de recordar cómo eras hoy. Continuaron camino arriba por la calle en dirección contraria a la que venía bajando un grupo de niñas tomadas del brazo.
Una lengua seca le lamia los ojos cuando despertó ya casi al anochecer. Se incorporó y vio que un gato gris maullaba junto al balde. Lo acarició y sintió empatía por el animal; supuso que tenía sed y volvió a lanzar la soga al fondo del pozo. Salustiano decidió no esperar a que amanezca y aprovechar el soplo de la noche para avanzar camino. Se sentía descansado y de buen humor por el nuevo compañero que había encontrado.
Los hombres que lo llevaron del calabozo al patio de fusilamiento no entendían la conducta anestesiada de Salustiano, quien tuvo que ser mojado para que despierte antes de ser ejecutado. Abrió los ojos y se dejó llevar hipnotizado. Juzgando por la facilidad con que permitía que lo guiaran y la mueca desconcertante que lo envolvía, los soldados comenzaron a suponer que aquel hombre debería estar borracho o bajo la influencia de alguna sustancia. Sin embargo Salustiano se mantenía firme en su paso; preguntó la hora cuando caminaban por el pasillo del pabellón, casi las seis de la tarde contestó un soldado. Salustiano preguntó si estaba lloviendo y si sabían a qué hora llegaba el tren proveniente de Buenos Aires, pero ya nadie le respondió.
La lluvia de la tarde había desatado un olor fresco en el aire; Salustiano trajo la pava caliente desde la cocina y la apoyó sobre la mesa de lomo de vidrio que había en la terraza. Se podían ver las gotas aun sujetas antes de caer sobre la loza naranja. Salustiano se quedó viendo a la gente pasar en el fresco de la tarde mientras tomaba unos amargos. Comenzó a sentir frio y se cubrió hasta la cintura con la manta de alpaca que había traído de su cuarto. La tarde se ponía cada vez más roja, más nítida, más viva. Un hombre de aspecto cansado se detuvo dubitativo frente al portal de su casa. Salustiano se puso los lentes y llego a ver que un gato gris caminaba por la tapia del muro. Levantó el brazo con intención de saludar al hombre pero éste pareció no verlo y continúo caminando desconcertado.
Aquella noche Salustiano Pereyra se quedó dormido en la terraza de su casa. Ni los truenos de la tormenta, retumbando como balas en el cielo, lograron despertarlo en la madrugada.