19 sept. 2012

Las lavanderas de mi barrio así lo dicen


Pero claro que sí nena, ¿o qué te pensabas? yo empecé así, como vos, pateando, claro que ahora ya no me da el pelaje, pero igual me quedan clientes, eh, no te creas. Yo más bien trabajo con clientela fija, viste. Por suerte en algo paga tener más años, a mi edad ya no tenés que andar silbándole a cuanto mugroso te pasa cerca. ¿Pero te parece? Mirá a esta. Y después se quejan de que hay malaria. A ver, paráte y enderezá la espalda nena, que ahí sentada con los rollos asomándose por todas partes no te va a levantar ni un abuelito. Paráte y caminá un poco al menos pa` que te vean moverte. ¿Te parece, Chiche? Esta viene y se sienta ahí toda encorvada a esperar como si tuviera el cuerpo de una de veinte. ¡Dios mío! ¡Las cosas que hay que ver! Yo me pasaba el día entero pateando hasta terminar con los pies así de hinchados mirá. Y éstas ahí sentadas. Y después quejándose que no hacen dinero y que en Europa es verso eso de que se gana bien. ¡Dios mío che! Llevo más de treinta años en el oficio y todavía no hay día que no me sorprenda una compañera.  Como para que después no me vengan las maridas con el cuento ese de que somos putas porque somos vagas. ¡Como para contradecirlas! Si mirá la otra, recién llega fresquita de su día libre y se pone en el taburete contra la pared a huevear con el teléfono, ¿te parece? ¡Increíble! Decime vos Chiche que sos una vieja loba como yo, decime vos si no es un laburo que hay que cascársela duro si una quiere vivir de esto. Es así, esto es fre-ga-dísimo como dicen en tu país, ¿no? ¿Así dicen, no? No, si yo sé. Porque te cuento, yo tuve un cliente peruano cuando todavía vivía en Buenos Aires que era un amor, tan calladito y correcto el morocho que tendrías que haberlo conocido, ¡hubiera sido un esposo perfecto para vos! Eso sí, era un calentón. Ja! Un señor es lo que era en realidad, lo tenía cada domingo ahí clavadito, pa` mí que era la soledad lo que lo traía, aunque no sé, porque era medio escritor también el petizo. Y yo lo inspiraba, o así me decía. No sé, de esto hace tantos años ya que ni me acuerdo. Silviaaa! Tu Vergas Llosa me decía Javier, mi cafiolo, cuando le abría la puerta del departamento y lo veía ahí con las manitas en los bolsillos y la mirada de perro mojado. Y el otro pobre no le decía nada, para qué, se quedaba ahí sentadito en el sofá hasta que venía yo a buscarlo. Y quién lo diría, después era tan entretenido. ¡La pasábamos de bien!¡Cuánto hace de esto! No sabés como levantaba plata en esas épocas, uff, yo era joven y tenía un lomazo, además en el país había guita. En fin, después se fue todo a la mierda y me vine a Europa, primero a España y después cuando ya me puse vieja me vine acá.

 

Sí, discúlpame. Me desvié otra vez. Te decía, Jorge es buen tipo. Acá en Ginebra lleva muchos años en esto. Mira, si yo llegué en el 2002 y Jorge ya era conocido en el barrio. Primero estuve en el Ananá pero por suerte Jorgito me tomó y me sacó de ese cuchitril. Es de confiar, nena, en serio, hiciste bien. Sacáte esa carita de asustada. Te juro, es la lotería, dónde viste que te hagan contrato, trabajés ocho horas diarias y encima tengas dos días libres, ¡hasta jubilación tendremos! Si te portás bien, claro. Si te digo, éstas parece que se olvidan rápidamente de donde vienen y el tesoro que tienen entre las manos. ¿De dónde eras vos me dijiste? ¿De Honduras? Ay Tenés una carita tan linda y te ves tan pichoncita todavía, no te preocupes.

En serio, si haces las cosas bien con Jorge vas a ver que los clientes son tranquilos. Vienen, pagan, hacen lo suyo, nunca un problema. Eso sí, huelen horrible. ¡Ja! A veces extraño a mis clientes de Argentina, borrachos perdidos, más locos que una cabra, pero todos limpitos che! Acá te llegan a veces con ese olor a humedad que parece que se pasaron el invierno entero adentro de un armario abandonado. En serio, no sabes la de chicas que quieren venir a trabajar acá, se matan porque alguien las traiga, y algunas hasta se mandan solas nomás, pensando que acá hay lugar pa` todas. Así que escucháme, vos te tenés que sentirte importante, si el Jorge te trajo es porque venís bien recomendada de algún bulín, y limpita, sin vicios. Eso sí, Isabel, eras Isabel ¿no? acá todas nos echamos una mano. Es ley entre nosotras.

Te estoy aturdiendo, ¿no? Pobrecita ni abriste la boca desde que llegaste, ¿cuánto llevás acá? Tres días creo que me había dicho el Jorge, ¿no? Ay pobrecita, tenés una carita de cansada, che! Chiche, prestále un poco de pintura a esta nena, hacéme el favor. Yo sé que no se duerme bien las primeras noches chiqui, pero tranquila que una se acostumbra a todo. Bueno, mirá, vos como sos nueva vas a estar de la lavandería para allá, hasta la esquina del Perfum de Beirut, ¿lo ves? Y sí, las otras chicas tienen derecho al cruce con la avenida, pero vos no te preocupes, que dentro de un par de meses si el Jorge trae más chicas, a vos seguro que te pasa a la avenida. No parás de fumar vos che, ja! Desde que llegaste que no te he visto sin un pucho en la boca. Pobresita, si estás recién aterrizada de la selva, mirámela Chiche, mirále los ojitos de cansada, ¿son los nervios de que no hablás francés? Tranquila nena, no lo necesitás Eso sí, tenés chicle, ¿no? No vas a ir a hablar con el tufo pastoso a tabaco y estómago vacío. Escucháme, cualquier cosa acá estoy. Más tarde cuando baje el sol nos juntamos si andas todavía suelta y nos tomamos un café con leche, te lo invito yo ¿te parece? Dale, ahora andá. ¡Suerte pichona!




 

 

17 sept. 2012

El viaje





Ya era demasiado tarde cuando encontré el momento para leer mis emails personales. Y pensar que la noticia había estado ahí esperando desde la mañana. Pero con todos los enredes del trabajo desde que había llegado, casi no me había acordado de abrirlo. La noticia me descubrió por fin cuando me detuve un rato para tomar un café y aguantar lo que quedaba del día. Eran pasadas las cinco de la tarde y si bien había sido un día de esos en los que el tiempo vuela agitado, llevaba contando los minutos para irme de la oficina desde que había salido al parque a almorzar.

 

 El aire aún caliente de septiembre me llegaba a través del ventilador mientras leía el email. Era breve, comenzaba sin introducciones, tan solo mi nombre coma y sin pausa se arrojaba a los hechos. Sus siete oraciones de menos de un renglón lo convertían casi en un telegrama me pareció al leerlo (y sentí un poco de ridiculez por mi empeño de fijarme en la estructura de un texto al mismo tiempo que lo leo, como si a través de este capricho lograse amortiguar su golpe). Me pregunté cómo era posible que me estuviera enviando semejante noticia a través de un correo electrónico; cómo era que no había al menos intentado llamarme. Sin embargo al final del texto y como post-data, Dora escribía: no quería darte esta noticia por escrito pero no me quedó otra opción. Te estuve llamando toda la mañana y me salía constantemente el teléfono apagado. Era hoy que había planeado irme y ya lo sabías desde hace tiempo, ¿te acuerdas? No entiendo porque te obligas a seguir aquí si ya nada nos queda más que sobrevivir. Sí, me adelanté, pero acá te espero. Llámame cuando lo leas, tal vez aún tenga cobertura.

 

 No pude evitar sonreír al leer esta última parte, era tan suya esa forma de escribirme.

 

Abrí el bolsillo pequeño de la mochila y confirmé lo que sospechaba, tenía el celular apagado y sin batería. Tal vez incluso desde la madrugada pensé mientras intentaba recordar la última vez que lo había usado. El aire del ventilador de repente comenzó a molestarme. Hice el gesto de levantarme para apagarlo pero tan solo me salí de la corriente y me acerqué a la ventana. A pesar de lo incómodo que me había dejado la noticia, sentía que podría encontrar el ánimo para continuar mi día como si nunca hubiera llegado. Tal vez la noticia sobre mi despido y la incertidumbre de mi futuro, sin trabajo ni ahorros, me había blindado ya contra cualquier clase de asombro. Era mi última semana de trabajo tras haber sido despedido el viernes pasado sin más tacto que una carta decretando que ¨la crisis financiera nos ha obligado a reducir personal por lo que lamentamos comunicarle que prescindiremos de sus servicios desde el próximo lunes 17 de septiembre¨. Lo que había hecho Dora era una reacción de la rabia que yo no me permitía sentir.

 

Por la ventana veía como un hombre vestido de gris cargaba sábanas y toallas sucias del hotel de al lado en su camioneta. Silva decía en grandes letras azules sobre la puerta corrediza que se dejaba ver desde mi ventana, y en otras más pequeñas, casi ilegibles, se leía Nettoyage. El tamaño de las letras debería ser al revés me dije mientras la noticia de Dora se me iba prendiendo del cuerpo.

 

Cerré el correo, guardé los pocos cambios en los documentos que tenía abiertos y apagué la computadora a las 17.38 según indicaba el reloj de la pantalla antes de volverse azul. De algún modo ya me había imaginado este momento. Tal vez no los hechos que habían sucedido pero sí la envidia que podrían llegar a pinchar en mí. No la creía capaz de semejante acción pero tampoco nunca dudé que la posibilidad cabía. La conocía desde hacía muchos años ya y sabia que tan solo bastaba la pizca de valor o agotamiento necesaria para dar ese primer paso. Me acordé de cuando me animé a saltar de un trampolín de casi diez metros a los nueve años y me sentí estúpido sentado en esa oficina.

 

Pensé en ir a casa, pero no, qué haría ahí adentro metido cuando todo esto había sucedido. Necesito aire, caminar. Bajé entonces por las escaleras hasta la planta baja y salí por la puerta principal saludando al guardia. -¡Au revoir, a demain!- me dijo con su acento africano-. Levanté la mano e hice un gesto de saludo; quién sabe si hasta mañana me remarqué a mí mismo.

 

Desaté la bicicleta y tomé la calle por la que bajaban los coches en dirección al centro.

 

Es curioso ver la ciudad tan animada. Nada se detiene pase lo que nos pase; todo encontrará siempre la manera de seguir su curso. Puede alguien tropezarse y romperse el alma hasta la muerte en sus calles; dejar a toda una familia en carne viva. Sin embargo yo no lo sé y aquí voy en mi bicicleta, siendo parte de la indiferencia que a su vez me hace sentir la ciudad.

 

Al pasar por la estación de trenes veo dos controladores esperando bajo la sombra de una columna, les paso por el lado y veo que están mirando su máquina de imprimir multas. Vaya mierda de invento pienso siempre que las veo, no les importa si uno es desempleado, insolvente, o peor aún, hipotecado, desempleado y con hijos. Todos somos iguales cuando de recaudar dinero se trata, ahí sí que no hay discriminación; nos necesita a todos por igual. Es así, nosotros mismos creamos la cultura que nos aleja de la felicidad.

 

En lugar de continuar hacia al centro prefiero desviarme por las calles menos transitadas. La mochila y el calor húmedo de la tarde me empapan de sudor la camisa. Sin embargo no me molesta, tengo ganas de seguir pedaleando, de seguir dando vueltas sin más intención que asimilar la noticia. Subo entonces por la calle paralela a la Rue de Servette y poco a poco los negocios y supermercados del centro se van transformando en casas con jardines. Dora me lo había advertido, es verdad, pero cómo podía yo creer que se animaría a embarcarse en semejante locura. Nunca entendía si me lo decía metafóricamente o si realmente lo creía; preguntárselo me parecía hasta ridículo pero igual lo hacía. -¡Claro que es verdad, tonto!- me repetía y me besaba porque olfateaba mi duda y eso la emocionaba más que mi indiferencia.

 

Algunos amigos suyos, los cuales yo nunca había conocido, ya se habían ido allí hacía algunos años. Y al regresar para buscar familiares aseguraban que aquel sitio era distinto. Decían con un gesto que no parecía tener intenciones de convencer, que allí había un instinto de vida primitiva nunca antes visto aquí; y que la población local era afectuosa con aquellos jóvenes y ancianos que desembarcaban como niños en su primer día de clases. La verdad es que cada vez que me contaba estas anécdotas por la noche, acababa desvelado y suponiendo por el  gesto blando de Dora al dormir, que ya estaba allí, en aquel sitio y con el resto de aquella gente de la que hablaba pero que yo desconocía y que en realidad era un mundo imaginario en sus sueños. Pese a eso, en esas noches de insomnio inofensivo balanceándome en la hamaca de la noche, me dejaba picar por la fantasía de vivir en aquel lugar remoto donde no había leyes ni multas, no había necesidad según me contaba. Un lugar donde desde este mundo sólo llegaban los osados que escapaban de la vulgaridad de subsistir una cultura decadente y escéptica sin nada por lo que luchar o creer. Alzaban vuelo vestidos con lo puesto y sin más equipaje que sus hijos en los brazos y la ansiedad por vivir y componer.

 

Era la hora del crepúsculo cuando llegué al polígono industrial de las afueras de la ciudad. El paisaje plano y ancho que se veía desde allí exageraba el cielo violeta de finales del verano. Desde abajo y junto a mi bicicleta, como una hormiga que miraba a Dora, comencé a sentirme cerca del nuevo mundo.

 

Tras un rato sentado sobre el cordón de aquella tarde inmensa, me alcé decidido. Dejé mi bicicleta apoyada sobre la parada del único autobús que llegaba hasta allí; saqué mi llavero del bolsillo pequeño de la mochila y afirmé la llave del candado sobre el sillín de cuero negro a rombos. Ya no la voy a necesitar.

 

 -¡Embarcaré mañana, no hay más que creer!

 

 Sentí un alivio, ligero pero hondo. Y al mismo tiempo logré finalmente desvestirme de la impotencia con la que me había cargado la noticia.

 

Me dejé entonces arrastrar por el viento del atardecer, el cual me cargó hasta el ocaso por un camino que jamás antes había recorrido y despidiéndome de rincones que veía hoy por primera vez. Flotaba cuesta abajo por el cuello del suburbio viendo como se dilataban y menguaban las luces de una nueva ciudad que nacía de noche. La avenida se veía cansada por el bochorno del verano y sin embargo fiel a su tenacidad materna, empujaba como un oleaje el andar de sus últimos hijos hacia arriba y abajo.

 

Si bien el aliento de la noche era amigable, ya comenzaba a ser algo remoto para mí. Me susurraba al oído palabras que yo no comprendía y la ciudad se hundía en los pasos con los que me despedía de sus calles. Era ella la única que no era indiferente a mi despedida, y eso, tal vez, la llenaba de nostalgia. La sentía lamiéndome los talones, esmerándose por recordarme que en sus dedos había yo vivido los últimos veinte años de mi vida y que en sus relojes se habían lacrado los secretos de mis sueños. Secretos que ahora se deshilaban, y sueños que comenzaban a dar sombra.

 

Llegando al centro compré algunas cosas para el viaje en un supermercado paquistaní; dos barras del chocolate con trozos de sal que le gusta tanto a Dora, tres mangos, un cuaderno y una lapicera de tinta roja, dos revistas de crucigramas y algunos caramelos ácidos.

 

Cuando llegué a casa intenté llamar al celular de Dora pero fue en vano, estaba apagado o fuera del área de cobertura me decía un contestador automático.

 

Me duché y me recosté sobre la cama con la ventana del cuarto abierta de par en par viendo como un colchón de estrellas metálicas iluminaba las sabanas. De algún modo conversaba con Dora a través de ese paisaje; la imaginaba viajando con su bolso gris y su esperanza en mí.

 

Me hubiera ido esa misma noche de no ser porque quería regresar a la oficina al día siguiente a buscar una bufanda que me había tejido mi abuela. La había dejado en la oficina uno de los últimos días del invierno. Pocas cosas llevaría en mi mochila, pero esa bufanda seguro que sería una de ellas.

 

Luego como una antorcha frente el respiro de la noche, me fui apagando hasta dormirme en un limbo.

 

 -¡El teléfono!– grité al escucharlo sonar sin saber muy bien dónde estaba ni qué hora debía ser.

 

De un solo movimiento me alcé de la cama y lo alcé del escritorio donde lo había dejado cargando la batería. Leí número privado en la pantalla y me quedé inmóvil. Tanta prisa y sin embargo ahí me paralicé.

 

Finalmente contesté.

 

Hola!...hola- repetí buscando un tono que no expresara inquietud.

 

Creí oír entonces un silencio rompiéndose desde lejos. O más bien el eco de una voz que se perdía entre fisuras mientras parecía esforzarse por llegar a mí. Me quedé callado, esperando el pinchazo de una voz, de su voz. Sin embargo no llegaba, se ahogaba en el camino, y con ella yo.

 

Cuando por fin cesó el esfuerzo del otro lado, me acerqué a la ventana y alcé la vista a la noche, con medio cuerpo asomado al exterior dije lo más clara y pausadamente que pude:

 

-Yo sé que me escuchas Dora, y solo te quiero decir que sí, que lo he decidido y me iré allí arriba contigo. Que me disculpes por dejarte ir sola y que hiciste bien en hacerlo. Te quiero y espero que me oigas. Salgo en el cohete de mañana. No te preocupes, ya sé todo, sé cómo llegar. ¿Me oyes?

 

Me callé esperando una respuesta mientras poco a poco iba apoyando los talones sobre el suelo. Es ella, yo sabía que me llamaría, no necesitaba escuchar su voz para confirmarlo. No importaba que del otro lado hubiera un silencio esperando a ser roto; su email me había dicho todo lo que necesitaba saber.

 

De repente, de forma inesperada, llegó una voz que parecía haber marchado a través de alboradas y épocas. Llegó desabrigada, suspirando, desplomándose:


-…Cree…- dijo Dora.

La lanza me atravesó. Otra vez la pausa eterna inundándome, y la noche mirándome el rostro, el sonido de la sangre azotándome el cuello y la certeza de un nuevo mundo invitándome a llegar.

 

-¿Me escuchas?- alcancé a decir cuando ya era tarde. El tono en el teléfono se había cortado y me había dejado creyendo ver a Dora afuera de mi ventana, viajando entre estrellas con su bolso de cuero gris y sus zapatos chatos.

 

Continué mirando por la ventana un rato más hasta calmarme. Luego finalmente me fui a la cama con el teléfono en la mano y su palabra en los ojos. Permanecí recostado mirando por la ventana y viajando como si ya fuera mañana. Me veía con mi mochila en la espalda y mi miedo adulto embarcándose hacia el espacio. De a ratos sonreía mientras me imaginaba en los días que vendrían, que más que días tal vez serían espacios en el tiempo, ¿quién sabe? ¿Quién puede realmente saber qué hay allí arriba? Solo los osados…Y allí voy yo, con Dora.

 

Los pensamientos se apagaron al fin y el sueño me venció.
 
 

10 sept. 2012

La revelación


Había sido una estupidez lo que acababa de hacer. Arrojarse al vacío desde un vigésimo piso había sido una verdadera estupidez. Otra más en una larga lista acumulada en cuarenta y dos años. Sólo que esta vez la estupidez era irreversible. Así de irónica alcanza a ser la vida, o la muerte (qué más da). Lo cierto es que ni bien se dejó caer por la cornisa, comenzó a sentir los chicotazos del miedo azotándolo por todo el cuerpo con aun más furia que cuando estaba parado frente al vacío, algo dubitativo. Ahora, en caída libre, sentía una furia ardiente, eléctrica, llenándolo de fuerza por dar lucha, por gritarle en la cara a cada uno de los habitantes de este mundo: AQUÍ ESTOY YO, CARAJO! Era más que una furia, era una rabia que aunque se estaban conociendo por vez primera, la sentía propia. El vértigo, por otro lado, le tiraba sin piedad del nudo en su garganta, y esa sí era una fuerza familiar. El estúpido iba cayendo como un loco peleando con cuerpos invisibles. Y tristemente en esa lucha de desahogo y miseria con final irreversible, el pobre hombre descubrió que el olvido no existía. Dejarse caer desde aquella altura le había despertado de un manotazo toda la modorra; ya nada dormía en él. Más bien todo lo contrario. La impotencia que lo había empujado al vacío se había quedado allí arriba, sin coraje para lanzarse con su dueño. En cambio quien bajaba ahora a toda velocidad y cortando el paisaje como un meteorito, era un saco lleno de vida, nítida y hambrienta. Era todo lo que creía perdido en el olvido. Lanzarse al vacío le estaba mostrando que en realidad todo había estado durmiendo desde siempre en algún lugar remoto a la que se podía llegar también con paciencia y voluntad...o con la revelación repentina -jamás divina- de un acto tan huérfano como el que acababa de cometer.
El aire que había sentido en falta desde hacía años ahora rebasaba abriendo de par en par las puertas a la ciudad antigua, la eterna metrópolis de sus días que ya eran claramente finitos. Y en esa imagen que muestra la vida en un instante vio las ruinas de las primeras construcciones aun aguantando las demás versiones que fueron construyéndose tras guerras y protagonistas de épocas anteriores.
Una de las columnas tumbadas, la más bella e inútil de todas, le recordó su adolescencia más rebelde y las voces de aquella época. Allí había escuchado eso de que muchas de sus  incertidumbres y curiosidades podían convertirse en hoces abriendo el paso de su propio camino si tan sólo lograba tejer con lecturas y actos el lazo que lo uniría con el mundo exterior; que los silencios se podían volver melodías sobre el ruido blanco si se animaba a tocar los instrumentos que lo rodeaban. En definitiva, que todo un instinto de vida podría haber irrigado su desgano.
Sintió entonces nuevamente la verdadera estupidez de su decisión, llena de un sabor agrio como de leche podrida, y ante el inminente golpe que le estaba por partir el alma contra el pavimento, se consoló aún más neciamente evocando aquello  que todavía le quedaba mientras el corazón latiera y la razón conste. Recordó entonces el perfume de sus axilas de limón, la seda líquida de sus cabellos azabache, la palidez primaveral de sus pechos, pero por encima de todo recordó –casi físicamente- el amor paciente que ella le había regalado por haber visto en él lo que él recién veía ahora.
Gritó: Mierd...!