15 oct. 2012

Tal vez no lo sepas.

Tal vez no lo sepas, pero me dejaste ausente, lejos, ardoroso por dentro. No sé si fueron tus manos o las mías las que, impacientes por innovar, me redimieron de la trampa del tiempo. Lo cierto es que rápidamente volé alto y liviano, perdiéndome en una pausa tranquila de seis días. Sin embargo hace unas  horas comencé a imaginar que te alejabas, no del mundo, sino del mío. El silencio de dos amantes asustadizos es una hoja en la que rápidamente escriben los espasmos del fantasma que los alquila.  Y los míos son el dolor de suponer que no me necesitas tanto como yo a ti, por vez primera. Como si estas últimas palabras, mi estreno, debieran encarnar en ti una responsabilidad. No hay brazas más tercas al frio de la noche que las de un alma que se quiebra por vez primera y se torna vulnerable ante lo que no pueden explicar. 
Tu ausencia es un reflejo de quien ya no puedo volver  a ser; una mano que me atrapó de repente y por el cuello de mi abrigo mientras me zamarrea frente a un espejo. Ahí estás ahora, me digo, lo que ves es lo que fuiste en otros rostros, y lo que por empatía ya no volverás a ser. La mancha finalmente convirtió al tigre en pantera; la cicatriz del delito se marcó en el rostro del preso. La dulce marca del ardor, finalmente y para siempre.

14 oct. 2012

Cuando no te veo

No le llevó mucho tiempo deducir que sus padres estaban dispuestos a averiguar, como sea, qué era lo que hacía cuando no lo veían. El adolescente sabía oler los tejes de sus padres y en seguida supo que su madre había comenzado a seguirlo cuando salía del colegio. Al principio le provocaba gracia que lo subestimasen de esa manera, y le divertía jugar a crear un adolescente a la medida de las pretensiones paternales.
 
En lugar de caminar desinteresadamente, como lo hubiera hecho de estar solo, había resuelto pasar las tardes de persecución metido en los videos juegos de su barrio y quedarse allí hasta que su madre se cansase de espiarlo desde el café de enfrente. A pesar de que no había sitio que le aburriera más que aquel, no se le ocurría otro lugar normal donde una madre como la suya no se sorprendería de encontrar a su hijo de quince años. Así pasó una semana, aburrido entre chicos de su edad metiendo moneda tras moneda en las máquinas y las miradas y cabeceadas bruscas de su madre a veinte metros. Cuando por fin se daba por satisfecha y se marchaba, el adolescente emprendía entonces su vagabundeo habitual por las calles de la ciudad y los negocios de música, libros y tatuajes.
- ¿Cómo puedes estar toda la tarde metido con esos videojuegos?, le preguntó la madre al cabo de unos días mientras cenaban.
- ¿Cómo sabes que estoy en los videojuegos si nunca te he dicho a donde voy?, contestó sin levantar la mirada del plato.
- Bueno, supongo que es el sitio donde están metidos los chicos de tu edad hoy en día, ¿no? Así quedan después, incapaces de comunicarse, todo el día interactuando con un monitor. No entiendo por qué no se les da por hacer deporte o reunirse a jugar en una casa en lugar de estar metidos ahí adentro como zombis.
Su padre permanecía con el mismo aire distante con el que se desentendía de cualquier asunto familiar; con la mirada perdida en el televisor o en el periódico del día, se limitaba a suspirar cuando le preguntaban donde suponía él que andaba su hijo todo el día desde que salía del colegio y hasta que regresaba a la casa a la hora de la cena. A veces, ante la insistencia de su mujer, respondía preguntando por los resultados de los últimos exámenes y las notas del colegio.
- ¿Ves? con esas notas seguro que debe estar metido en alguna biblioteca estudiando, sino ya me dirás cómo lo hace, le refutaba mientras paseaba la mirada del televisor a su mujer, una y otra vez, ida y vuelta.
Al cabo de unas semanas, el joven se enteró de que sus padres le habían puesto un investigador privado para seguirle los pasos. Algo fastidiado ya por el asunto, decidió entonces responder con la misma carta y averiguar, a través de un detective que él también contrató, quiénes eran esas dos personas cuyas voces eran siempre juiciosas.
Tras dos semanas, un domingo al mediodía después de un almuerzo silencioso, mientras el joven recogía la mesa y su madre preparaba café y té, el padre llegó desde el pasillo abriendo un sobre marrón con fotos que parecía haber llegado por correo postal. La primera que lanzó sobre la mesa sin decir ni una palabra, mostraba a su hijo fumando un porro junto a su bicicleta en una fábrica abandonada de las afueras de la ciudad. Ante el silencio del joven y la mirada juiciosa de su padre, la madre tomó la posta y continuó sacando mas fotos en las cuales, esta vez, aparecía robando una botella de whisky de un supermercado con dos amigos. Siguieron apareciendo más fotos en las que ahora besaba a una chica en el parking del mismo supermercado. Finalmente, las últimas en ser puestas sobre la mesa, y las que hicieron que la madre se llevase el pañuelo a la boca y con voz rota dijera: - ¿por qué, eh? ¿Me puedes explicar qué necesidad tienes de hablar con esa gente?, mostraban al adolescente conversando con un vagabundo en una de las calles de atrás de la estación de tren. En algunas aparecía riendo y en otras parecía estar llorando mientras el vagabundo lo abrazaba. -¿No sabes que esa gente está enferma? Te pueden robar, lastimar o incluso...incluso, ya sabes que suelen ser pervertidos.
El joven no dijo nada. Miró a sus padres aguantándoles por vez primera la mirada mientras en su cara se leía un gesto de vergüenza ajena. Sin hablar fue hasta su cuarto y trajo él también un sobre marrón y un video.
-¿Por dónde empiezo?, dijo apoyando el material sobre la mesa y llevándose ambas manos a los bolsillos traseros del pantalón-. Bueno, tal vez todo a la vez es mejor. Su madre miraba desconcertada al padre quien vestía la misma cara inexpresiva de siempre.  
Entonces el adolescente puso el video en el reproductor y mientras éste se cargaba comenzó a sacar fotos del sobre. En las primeras apareció su madre, sola y adentro del coche, con un bolso sobre la falda y ambas manos en el volante mientras lloraba estacionada en la puerta de entrada de la casa. Por encima de ellas cayeron otras dos donde el padre aparecía en lo que debía ser un burdel y con una mujer semidesnuda sentada en sus piernas. Sin pausa arrojó una foto en la que aparecía nuevamente el padre, esta vez sentado en una mesa de un café cerca de su oficina y  también con una mujer, aunque ésta no era mucho más joven que él y ambos estaban tomados de la mano mientras se miraban fijamente. El video comenzó a correr y apareció la madre filmada desde atrás caminando con una amiga mientras conversaban sobre la hipocresía de los políticos socialistas y la falta de mano dura con los inmigrantes. Criticaban a una amiga en común, la mujer de Vallés, quien tenía una mini empresa en negro de empleadas domesticas sudamericanas sin papeles y que, según contaban, cobraba una comisión a sus amigas ya que aseguraba que eran empleadas decentes y no robaban. - Además, si no te gusta, las puedes despedir sin finiquitos ni follones administrativos, se la escuchó decir a la madre.
Por último aparecían ambos padres a la salida de la misa del domingo pasado junto a los Vallés mientras proponían hacer una cena aquella semana y así festejar la reciente promoción en la empresa.
- Tengo curiosidad. Cuando van a misa, ¿rezan por mí o por ustedes?, preguntó el adolescente que ya hacía años se había negado a acompañar a sus padres a la iglesia.

9 oct. 2012

What if...

What if I had preferred to read my Dickens stories somewhere in the park rather than in a cafe? After all, I do prefer being outdoors and that Thursday afternoon was a mild autumn one. What if I had not cared for the noises and had stayed in that first cafe instead of moving to a quieter one after I had already sat down? What if the bar you were looking for had been open? What if I had never gone out to smoke that cigarette? at that precise moment. What if we had never looked at each other when you passed by; although I don´t think that this could have been possible. And what if after all this, we had never decided to talk to each other.

Do we regret the random happening of events? I would suspect not, regardless of where we are standing now.

What if I had stayed five more minutes at work, or you had taken a different street? What if the city hotels had not been fully booked that night? Would I still have found you wandering around that part of the city where I did? And what if we had never decided to meet again on that dead Monday night after that hazy weekend in between? Although I don´t think that this could have been possible.

What if we had never met, would things be better? I would suspect not, regardless of where we are standing now.

What if just one of these random events had not occurred? But then again, wasn´t it already random enough that we are both here?

 

7 oct. 2012

El cuadro




La historia de Gonzalo bien podría titularse alma llevada por el diablo, puesto que no era dueño de sus actos el jueves lluvioso de noviembre en el que sucedieron. Algo que en mayor o menor medida le pudo haber sucedido a cualquiera de nosotros en algún momento; que el diablo nos libre de la autoría de nuestros actos, digo. Sin embargo, un cuadro fue la causa con la que él justificó lo sucedido. Por lo tanto, aceptando la verdad que vio su protagonista, la llamaré el cuadro.

El departamento donde cenaban aquella noche Gonzalo y sus amigos del trabajo era pequeño, un ambiente único donde apenas cabía la mesa en la que cenaban los seis invitados y el sofá de cuero azul empotrado en una de las esquinas. Una puerta de vidrio extendía el espacio hacia un balcón que aquella noche permanecía cerrado, no tanto por el frio sino por la lluvia.

Pasada la medianoche, aquel salón se transformó en un espacio incómodo y abarrotado de treintañeros tras la llegada inesperada de siete amigos mientras los invitados terminaban de cenar entre postres, cafés y digestivos. Era claro por el ánimo fiestero que traían, que la noche no tenía intenciones de acabar temprano. Gonzalo, pese a lo fácil que se contagiaban los ánimos en ese espacio tan apretado, no parecía estar del todo presente. Las causas de su ensimismo y su distancia no las podría explicar con detalle, más bien las desconozco, y dudaría de cualquiera que creyera saberlas; solo sé que están enraizadas a su ex pareja y a la separación que recién ahora, varios meses después, parecía estar afectándolo. No existe lengua humana capaz de expresar, ni mente capaz de concebir, cuáles son las fuerzas que unen o separan a quienes se han necesitado.

Sí me siento seguro de confesar sin embargo, que el diablo ya había arrojado los dados desde hacía un par de días y que el latigazo de su veredicto estaba por llegar pronto.

Y sucedió esa misma noche, cuando una voz llegando desde el sofá, dijo entre risas y ruidos de vasos, algo sobre una tal Nuria. El nombre inmediatamente retumbó en su cabeza. Era la primera vez en días, que aquel nombre que ocupaba todos sus pensamientos últimamente, era dicho en voz alta.

Sin percatarse, la poca curiosidad que le despertaba la charla con Elena comenzó a desvanecerse con más decisión. Apuró la cerveza con largos sorbos sintiendo una autorización crecer adentro suyo, y con ella, un coraje instintivo (difícil saber si es el diablo quien rebalsa sentimientos y nosotros ejecutamos, o viceversa). Elena seguía hablando a pesar de que sus palabras habían pasado a ser ecos que vestían los gestos de sus manos,  manos en las que Gonzalo ahora fijaba su mirada para acomodar los pensamientos que llevarían a la acción; observaba a Elena desde una caja de cristal repleta de él. Se percató de su dispersión y se sintió grosero, pero Elena ya había notado su falta de atención y miraba el vaso de su amigo subir y bajar midiendo a través de lo que quedaba en él, el tiempo que le restaba hasta perderlo definitivamente.

Gonzalo liquidó la cerveza con un largo trago final que al momento no creyó poder pasar de un solo sorbo. Se inclinó para dejar el vaso en el suelo y al bajar el pecho hacia las rodillas sintió como el gas le explotaba en la garganta y le llenaba de lágrimas los ojos. La sangre bombeaba ahora con más ansiedad a causa del alcohol chicoteando los recuerdos desatendidos.

¿Qué estará haciendo Nuria? ¿Estará en la casa donde la dejé? ¿Pensará en mí?... ¿Cuánto hace ya?, ésta última pregunta fue la única que se pudo responder; diez meses.

-Necesito acercarme a ella...ahora mismo- balbuceó y se avergonzó al notar que había soltado un pensamiento en voz alta-. Aparte aún tiene el cuadro que le pinté cuando nos conocimos y el cual me pertenece. Ella misma me dijo que no lo quería la última vez que nos vimos, y que debia llevármelo. Pues si no lo quiere, lo tengo que ir a buscar.

Aprovechando que dos amigos se unieron al grupo, Gonzalo se ofreció para ir a buscar bebidas a pesar de haber visto ya que todos iban servidos.

-No, amigo, gracias, ya estamos servidos y entonados- dijo uno-. Mejor tráeme una de esas chicas que acaban de llegar ya que estás tan servicial. Gonzalo sonrió y se alegró de ver que Elena comenzaba a entablar complicidad con ellos.

Con lo dicho aun flotando en el aire se alejó y fue a la cocina a beber un vaso de agua para despejarse. Luego buscó su abrigo sin encender la luz del cuarto donde lo había dejado al llegar, teniendo que rebuscar entre una montaña de ropa y bufandas; lo tomó, esquivó al grupo de gente que se había instalado junto a la puerta, y sin aviso salió por fin de aquel departamento a las dos menos cuarto de la mañana. Supongo que todo aquello lo hizo con apariencia de sinceridad, pues nadie sospechó de él; de alguna manera ya se había ido de aquella fiesta desde que había escuchado el nombre de Nuria. Ya en el ascensor, fiel a su naturaleza hosca, se convenció de que nadie se percataría de su ausencia hasta muy tarde, cuando ya es demasiado tarde para recordar y se acepta la realidad sin mayores cuestionamientos.

Resguardándose de la lluvia bajo el portal del edificio paró al primer taxi que pasó por allí, le indicó el destino al conductor mientras se acomodaba en el asiento, y al ver que éste fumaba, se autorizó a encender un cigarrillo cuyo humo comenzó a escaparse por la misma rendilla de la ventana por la que lo mojaba la lluvia.

La locura que estaba cometiendo era un fantasma que se revelaba a través de la mirada del conductor. Sus cejas pobladas y sus constantes ojeadas por el espejo retrovisor, incomodaban a Gonzalo mientras viajaba envuelto entre recuerdos de Nuria y la imagen del cuadro. Por momentos no creía que fuera real estar yendo al sitio donde una vez existieron él y ella, y el cual desde la separación se había convertido en una parte de la ciudad a la que no tenía el valor de pisar.

Puede pasar mucho tiempo desde que uno se va hasta que uno regresa, varios o pocos sustitutos también; incluso es probable que las cosas de ella se hayan mezclado nuevamente con las cosas de un nuevo él, o ellos, los pasajeros temporales (y este adjetivo se suele decir más por despecho, que por anhelo). Puede que hasta las cosas de la casa se hayan vuelto sus objetos o nuestros objetos, diría ella si lo contara. Pero cuando uno regresa al sitio donde alguna vez vivió, feliz o infelizmente lo mismo da, todo ese espacio de tiempo que pasó desde que se fue, se extingue en un instante; como si una ventana se abriese y el viento que entra lo empujase todo a un limbo, suprimiendo al tiempo todo sentido o noción de existencia.

Cuando el taxi giró y Gonzalo se encontró con la fachada de su antiguo edificio, diez meses se borraron de su vida. Tuvo la extraña sensación de que allí vivía y que estaba regresando a casa tras un mal día.

Se bajó del taxi con la incómoda impresión de que el conductor conocía la verdad, que en realidad no vivía en esa calle y que tampoco nadie lo esperaba ahí. Pagó y guardó el cambio sin verificarlo mientras se bajaba deseándole una buena noche de trabajo.

El conductor contestó algo que se perdió con en el ruido de la lluvia y los nervios de Gonzalo que ya tenía medio cuerpo afuera del coche. Corrió hasta resguardarse bajo el toldo del bar que había justo al abrir la puerta. El semáforo de la esquina estaba en rojo y no quería que el conductor lo encontrase dudando bajo la lluvia por lo que inmediatamente se agachó insinuando estar atándose los cordones de los zapatos. Finalmente la luz cambió y el taxi se perdió al girar por la avenida.

A pesar del tiempo pasado reconoció inmediatamente todo lo que veía, tal vez era el alcohol el que le entorpecía el pensamiento y el andar pero a cambio le regalaba agudeza a sus sentidos. Permaneció unos instantes mirando la ventana del cuarto que daba a la calle, pensando que si Nuria se asomara en ese preciso instante, sin dudas lo vería. La posibilidad de que eso ocurriera le provocó una risa nerviosa y la alucinación de haber creído ver una silueta en la ventana.

Decidido a llevar la situación hasta las últimas consecuencias antes de que el pensamiento comenzara a despertarse del sueño etílico y trajera juicio a la noche, cruzó la calle y fue directo al portal. -¿Qué mierda estás haciendo? Pero en serio ¿qué mierda estás haciendo, Gonzalo!?- se dijo al sacar las llaves del bolsillo y abrir la puerta. Las manos le temblaban mojadas por la lluvia; calientes y pegajosas parecían las de un culpable.

Por suerte el ascensor estaba en la planta baja, lo cual le ahorraba la espera y la posibilidad de que algún viejo vecino entrara justo en ese momento. No sabía, ni podía imaginarse lo que diría ante tal situación. -Soy tan torpe para esas cosas que seguro diría la verdad; hola, cómo está tanto tiempo, vengo a buscar un cuadro que me deje aquí cuando Nuria y yo nos separamos hace un año, sí, no se preocupe, ella sabe y me está esperando, le dije que pasaría borracho y a las 2 y media de la mañana- ironizaba mientras cerraba la puerta del ascensor.

Subió los cinco pisos de espaldas al espejo, mirando por la ranura central de las puertas corredizas del ascensor. No se animaba a girarse hacia el espejo. Muchas preguntas saldrían si lo hacía y ya no se podía permitir dudas; como un ladrón ya adentro del banco, las cartas están tiradas y más vale ser astuto y frio para liquidar la faena. - Pero estúpido, tú no estás aquí por ese cuadro, nada de lo que estás haciendo es astuto o frio. Por suerte el ascensor se detuvo en ese momento y se bajó enfrentando una nueva etapa que anulaba la anterior.

-Te vas a quitar los zapatos ahora y los dejarás aquí junto a la alfombra. Vas a entrar sin abrir demasiado la puerta para evitar que entre la luz del pasillo. Lo primero que sentirás será el aire cálido de un departamento en plena noche. Cerrarás la puerta silenciosamente e irás por el pasillo hacia la derecha sabiendo que, cuando aun vivías ahí, había un mueble para los zapatos. Tendrás cuidado de no tropezar. Vas a caminar despacio, quizás en puntas pie. Vas a llegar al pequeño espacio donde se encuentran el baño, el cuarto pequeño y el de Nuria. Desde ahí lograrás ver, si la puerta está abierta, la cortina del baño y el canasto de la ropa sucia. Verás también la cama individual de las visitas y su ventana con la persiana abierta y las cortinas cerradas hacia la calle desde donde hace unos instantes la mirabas. No verás nada del cuarto de Nuria, la puerta estará abierta, sí, es verdad, ella no puede dormir con la puerta cerrada, pero la persiana de su ventana estará baja y el ángulo desde donde estarás no te permitirá ver nada más que el mueble a los pies de la cama, los portarretratos apoyados en él y el espejo reflejando la cama.  El cuadro estará  colgado en ese espacio desde donde miras todo esto. Lo quitarás y te irás. No harás nada más. Cuando ella note la ausencia, te llamará y entonces la verás (dios sabe lo que dirás cuando eso eventualmente suceda).

Y todo aconteció tal cual lo imaginó al salir del ascensor.

Solo que al llegar al final del pasillo, descalzo y en puntas de pie, vio la cortina del baño, la luz de la noche iluminando el cuarto de invitados y el mueble del cuarto de Nuria, pero se sorprendió al ver que la persiana de su cuarto estaba alzada. El diablo lo obligó a avanzar y él no pudo más que dar ese paso que le permitiría asomarse al cuarto. Con el corazón en la boca y la lluvia sonando como si la escuchara desde el interior de una botella, vio una silueta junto a la ventana. Inmediatamente se precipitó hacia atrás sintiendo nauseas pero también unas terribles ganas de acabar con todo eso. El diablo hablaba. Avanzó entonces hacia el portal del cuarto para encontrar junto a la ventana, de pie, a Nuria mirándolo fijamente. Sintió un calor fétido llegarle desde las entrañas, su boca seca era un trasto inútil. El diablo continuó llevándolo de la mano. No podía dejar de mirarla a los ojos y notar como éstos se tornaban cada vez más brillosos por las lágrimas. En la cama alcanzó a  ver el cuerpo de un hombre. La maldijo en sus pensamientos pero no dijo nada, el diablo se había ido ya.

-Deja el cuadro donde está y vete ahora mismo por favor- dijo Nuria moviendo los labios sin emitir sonido.