9 nov. 2015

Crónica de un opinólogo estreñido


No hace mucho yo era un joven que gozaba de una gran lucidez para entender las cosas de este mundo, y además, sobre cada una de ellas tenía una opinión formada. Adentro mío había una fuerza apasionada e intelectual de la cual brotaban, rápida y elocuentemente, argumentos que siempre, siempre, pero siempre, tenían razón. Mis interlocutores, pobres ignorantes, se desmoronaban como castillitos de arena cuando llegaba la marea de mis opiniones. Eran tiempos divinos, llenos de luz, fuerza y deleite.

Pero algo terrible sucedió un buen día. No sé si fue una mañana precisa yendo medio dormido al baño, o si sucedió regresando a casa con la cara pegada a la ventana del autobús. Lo cierto es que mi cielo se nubló y ya no entendí más nada de este mundo. De repente ahora son todas dudas y preguntas, y poco a poco mi castillito de arena se está desmoronando por la marea de… ¿la involución? ¿La madurez? No sé, no me pregunten, yo ya no sé más nada. Y ahora siento que la única opinión personal que aguanta el paso del tiempo (y a la cual me aferro como el último retazo de aquel joven lleno de certezas que una vez fui), es que me gusta mi café corto y espeso, por favor no lo agüe, verá, es que sino no se me activan estas neuronas, que por cierto andan cada día más amotinadas contra las convicciones de su portador. Además sucede que estoy empezando a desconfiar de aquellos que acumulan certezas intransigentes a medida que envejecen (muy probablemente lo hago para justificar mi nuevo yo). Pienso que todos deberíamos irnos de este mundo envueltos en una incertidumbre sobre quiénes somos.   
Sin embargo no parece que eso esté sucediendo, sino todo lo contrario. No sé si soy yo o son ustedes, pero lo cierto es que tengo la impresión que cada día se opina más y con mayor fanatismo, lo cual no significa que se esté opinando mejor. Las opiniones exprés son el plato del día. Brotan como burbujas de gaseosa, y me explotan en la cara cada vez que la hundo en los medios de información o en las redes sociales. Hay tantas cosas sobre las que opinar, tantos espacios para hacerlo, y es tan fácil juntar dos o tres elementos y armar una opinión, que por qué no hacerlo sobre refugiados sirios, independentistas, yihadistas, resultados electorales en mi país o en el tuyo, adopción igualitaria, estudios sobre carne, harina, marihuana, etcétera etcétera. Mientras que los hechos se tornan cada día más complejos e interrelacionados, las opiniones más apresuradas y exaltadas.  
Es curioso que cada vez se conteste más y se pregunte menos. Sobre todo en los medios informativos, donde últimamente se ven más opinólogos ofreciendo respuestas que periodistas haciendo preguntas. ¿Acaso contestar no es lo contrario a la idea del periodismo? ¿Acaso informar sobre un hecho de relevancia social no implica preguntar a especialistas de uno y otro lado y mantener una cierta imparcialidad? Sin embargo pareciera que se valora más el periodismo de opinión que el de información, y mientras que a éste último lo manejan unos pocos, la opinión, como las ganas de orinar, la tenemos todos. Menos yo desde aquel fatídico día, claro.
No me llamen místico, pero se me ocurre que en los últimos años, tal vez desde la explosión de las redes sociales, el periodismo se ha convertido en un acto de fe. Según quien escriba o hable, las personas creen o no. Y para colmo de colmos los espacios y tiempos se han vuelto tan breve, que toda opinión es un momento efímero de descargo personal. Un argumento acalorado. Una opinión radical. Por eso preferiré siempre los ensayos a los tuits, porque ellos, antítesis de la opinión exprés, al igual que la literatura, me ayudan a situarme mejor en la historia y a amortiguar esta incertidumbre absoluta.
Y es que las cosas de este mundo se han vuelto tan complejas e interrelacionadas, que cuando me preguntan mi opinión sobre el veganismo, el ciclismo o el comunismo, no puedo evitar contestar con el silencio de un opinólogo estreñido….o a veces, raramente, con un perpetuo descargo que ni el amor de madre tiene la paciencia de escuchar. Es que adoro la continuidad, pero ella no me quiere a mí. Por lo tanto debo opinar para acabar y, con mi opinión, limitar el sentido que le doy a mi mundo, o al mundo de esta columna, y opino que exige mucho esfuerzo opinar. Por eso es que siempre preferiré a aquellos que, más que opinar, aportan una reflexión que ilumina una nueva forma de ver las cosas de este mundo, a aquellos que aportan una quietud en medio del caos. 
 


 
Columna quincenal para la revista esQuisses (Guatemala), publicada el 6 de noviembre http://www.esquisses.net/2015/11/cronica-de-un-opinologo-estrenido/