7.10.12

El cuadro




La historia de Gonzalo bien podría titularse alma llevada por el diablo, puesto que no era dueño de sus actos el jueves lluvioso de noviembre en el que sucedieron. Algo que en mayor o menor medida le pudo haber sucedido a cualquiera de nosotros en algún momento; que el diablo nos libre de la autoría de nuestros actos, digo. Sin embargo, un cuadro fue la causa con la que él justificó lo sucedido. Por lo tanto, aceptando la verdad que vio su protagonista, la llamaré el cuadro.

El departamento donde cenaban aquella noche Gonzalo y sus amigos del trabajo era pequeño, un ambiente único donde apenas cabía la mesa en la que cenaban los seis invitados y el sofá de cuero azul empotrado en una de las esquinas. Una puerta de vidrio extendía el espacio hacia un balcón que aquella noche permanecía cerrado, no tanto por el frio sino por la lluvia.

Pasada la medianoche, aquel salón se transformó en un espacio incómodo y abarrotado de treintañeros tras la llegada inesperada de siete amigos mientras los invitados terminaban de cenar entre postres, cafés y digestivos. Era claro por el ánimo fiestero que traían, que la noche no tenía intenciones de acabar temprano. Gonzalo, pese a lo fácil que se contagiaban los ánimos en ese espacio tan apretado, no parecía estar del todo presente. Las causas de su ensimismo y su distancia no las podría explicar con detalle, más bien las desconozco, y dudaría de cualquiera que creyera saberlas; solo sé que están enraizadas a su ex pareja y a la separación que recién ahora, varios meses después, parecía estar afectándolo. No existe lengua humana capaz de expresar, ni mente capaz de concebir, cuáles son las fuerzas que unen o separan a quienes se han necesitado.

Sí me siento seguro de confesar sin embargo, que el diablo ya había arrojado los dados desde hacía un par de días y que el latigazo de su veredicto estaba por llegar pronto.

Y sucedió esa misma noche, cuando una voz llegando desde el sofá, dijo entre risas y ruidos de vasos, algo sobre una tal Nuria. El nombre inmediatamente retumbó en su cabeza. Era la primera vez en días, que aquel nombre que ocupaba todos sus pensamientos últimamente, era dicho en voz alta.

Sin percatarse, la poca curiosidad que le despertaba la charla con Elena comenzó a desvanecerse con más decisión. Apuró la cerveza con largos sorbos sintiendo una autorización crecer adentro suyo, y con ella, un coraje instintivo (difícil saber si es el diablo quien rebalsa sentimientos y nosotros ejecutamos, o viceversa). Elena seguía hablando a pesar de que sus palabras habían pasado a ser ecos que vestían los gestos de sus manos,  manos en las que Gonzalo ahora fijaba su mirada para acomodar los pensamientos que llevarían a la acción; observaba a Elena desde una caja de cristal repleta de él. Se percató de su dispersión y se sintió grosero, pero Elena ya había notado su falta de atención y miraba el vaso de su amigo subir y bajar midiendo a través de lo que quedaba en él, el tiempo que le restaba hasta perderlo definitivamente.

Gonzalo liquidó la cerveza con un largo trago final que al momento no creyó poder pasar de un solo sorbo. Se inclinó para dejar el vaso en el suelo y al bajar el pecho hacia las rodillas sintió como el gas le explotaba en la garganta y le llenaba de lágrimas los ojos. La sangre bombeaba ahora con más ansiedad a causa del alcohol chicoteando los recuerdos desatendidos.

¿Qué estará haciendo Nuria? ¿Estará en la casa donde la dejé? ¿Pensará en mí?... ¿Cuánto hace ya?, ésta última pregunta fue la única que se pudo responder; diez meses.

-Necesito acercarme a ella...ahora mismo- balbuceó y se avergonzó al notar que había soltado un pensamiento en voz alta-. Aparte aún tiene el cuadro que le pinté cuando nos conocimos y el cual me pertenece. Ella misma me dijo que no lo quería la última vez que nos vimos, y que debia llevármelo. Pues si no lo quiere, lo tengo que ir a buscar.

Aprovechando que dos amigos se unieron al grupo, Gonzalo se ofreció para ir a buscar bebidas a pesar de haber visto ya que todos iban servidos.

-No, amigo, gracias, ya estamos servidos y entonados- dijo uno-. Mejor tráeme una de esas chicas que acaban de llegar ya que estás tan servicial. Gonzalo sonrió y se alegró de ver que Elena comenzaba a entablar complicidad con ellos.

Con lo dicho aun flotando en el aire se alejó y fue a la cocina a beber un vaso de agua para despejarse. Luego buscó su abrigo sin encender la luz del cuarto donde lo había dejado al llegar, teniendo que rebuscar entre una montaña de ropa y bufandas; lo tomó, esquivó al grupo de gente que se había instalado junto a la puerta, y sin aviso salió por fin de aquel departamento a las dos menos cuarto de la mañana. Supongo que todo aquello lo hizo con apariencia de sinceridad, pues nadie sospechó de él; de alguna manera ya se había ido de aquella fiesta desde que había escuchado el nombre de Nuria. Ya en el ascensor, fiel a su naturaleza hosca, se convenció de que nadie se percataría de su ausencia hasta muy tarde, cuando ya es demasiado tarde para recordar y se acepta la realidad sin mayores cuestionamientos.

Resguardándose de la lluvia bajo el portal del edificio paró al primer taxi que pasó por allí, le indicó el destino al conductor mientras se acomodaba en el asiento, y al ver que éste fumaba, se autorizó a encender un cigarrillo cuyo humo comenzó a escaparse por la misma rendilla de la ventana por la que lo mojaba la lluvia.

La locura que estaba cometiendo era un fantasma que se revelaba a través de la mirada del conductor. Sus cejas pobladas y sus constantes ojeadas por el espejo retrovisor, incomodaban a Gonzalo mientras viajaba envuelto entre recuerdos de Nuria y la imagen del cuadro. Por momentos no creía que fuera real estar yendo al sitio donde una vez existieron él y ella, y el cual desde la separación se había convertido en una parte de la ciudad a la que no tenía el valor de pisar.

Puede pasar mucho tiempo desde que uno se va hasta que uno regresa, varios o pocos sustitutos también; incluso es probable que las cosas de ella se hayan mezclado nuevamente con las cosas de un nuevo él, o ellos, los pasajeros temporales (y este adjetivo se suele decir más por despecho, que por anhelo). Puede que hasta las cosas de la casa se hayan vuelto sus objetos o nuestros objetos, diría ella si lo contara. Pero cuando uno regresa al sitio donde alguna vez vivió, feliz o infelizmente lo mismo da, todo ese espacio de tiempo que pasó desde que se fue, se extingue en un instante; como si una ventana se abriese y el viento que entra lo empujase todo a un limbo, suprimiendo al tiempo todo sentido o noción de existencia.

Cuando el taxi giró y Gonzalo se encontró con la fachada de su antiguo edificio, diez meses se borraron de su vida. Tuvo la extraña sensación de que allí vivía y que estaba regresando a casa tras un mal día.

Se bajó del taxi con la incómoda impresión de que el conductor conocía la verdad, que en realidad no vivía en esa calle y que tampoco nadie lo esperaba ahí. Pagó y guardó el cambio sin verificarlo mientras se bajaba deseándole una buena noche de trabajo.

El conductor contestó algo que se perdió con en el ruido de la lluvia y los nervios de Gonzalo que ya tenía medio cuerpo afuera del coche. Corrió hasta resguardarse bajo el toldo del bar que había justo al abrir la puerta. El semáforo de la esquina estaba en rojo y no quería que el conductor lo encontrase dudando bajo la lluvia por lo que inmediatamente se agachó insinuando estar atándose los cordones de los zapatos. Finalmente la luz cambió y el taxi se perdió al girar por la avenida.

A pesar del tiempo pasado reconoció inmediatamente todo lo que veía, tal vez era el alcohol el que le entorpecía el pensamiento y el andar pero a cambio le regalaba agudeza a sus sentidos. Permaneció unos instantes mirando la ventana del cuarto que daba a la calle, pensando que si Nuria se asomara en ese preciso instante, sin dudas lo vería. La posibilidad de que eso ocurriera le provocó una risa nerviosa y la alucinación de haber creído ver una silueta en la ventana.

Decidido a llevar la situación hasta las últimas consecuencias antes de que el pensamiento comenzara a despertarse del sueño etílico y trajera juicio a la noche, cruzó la calle y fue directo al portal. -¿Qué mierda estás haciendo? Pero en serio ¿qué mierda estás haciendo, Gonzalo!?- se dijo al sacar las llaves del bolsillo y abrir la puerta. Las manos le temblaban mojadas por la lluvia; calientes y pegajosas parecían las de un culpable.

Por suerte el ascensor estaba en la planta baja, lo cual le ahorraba la espera y la posibilidad de que algún viejo vecino entrara justo en ese momento. No sabía, ni podía imaginarse lo que diría ante tal situación. -Soy tan torpe para esas cosas que seguro diría la verdad; hola, cómo está tanto tiempo, vengo a buscar un cuadro que me deje aquí cuando Nuria y yo nos separamos hace un año, sí, no se preocupe, ella sabe y me está esperando, le dije que pasaría borracho y a las 2 y media de la mañana- ironizaba mientras cerraba la puerta del ascensor.

Subió los cinco pisos de espaldas al espejo, mirando por la ranura central de las puertas corredizas del ascensor. No se animaba a girarse hacia el espejo. Muchas preguntas saldrían si lo hacía y ya no se podía permitir dudas; como un ladrón ya adentro del banco, las cartas están tiradas y más vale ser astuto y frio para liquidar la faena. - Pero estúpido, tú no estás aquí por ese cuadro, nada de lo que estás haciendo es astuto o frio. Por suerte el ascensor se detuvo en ese momento y se bajó enfrentando una nueva etapa que anulaba la anterior.

-Te vas a quitar los zapatos ahora y los dejarás aquí junto a la alfombra. Vas a entrar sin abrir demasiado la puerta para evitar que entre la luz del pasillo. Lo primero que sentirás será el aire cálido de un departamento en plena noche. Cerrarás la puerta silenciosamente e irás por el pasillo hacia la derecha sabiendo que, cuando aun vivías ahí, había un mueble para los zapatos. Tendrás cuidado de no tropezar. Vas a caminar despacio, quizás en puntas pie. Vas a llegar al pequeño espacio donde se encuentran el baño, el cuarto pequeño y el de Nuria. Desde ahí lograrás ver, si la puerta está abierta, la cortina del baño y el canasto de la ropa sucia. Verás también la cama individual de las visitas y su ventana con la persiana abierta y las cortinas cerradas hacia la calle desde donde hace unos instantes la mirabas. No verás nada del cuarto de Nuria, la puerta estará abierta, sí, es verdad, ella no puede dormir con la puerta cerrada, pero la persiana de su ventana estará baja y el ángulo desde donde estarás no te permitirá ver nada más que el mueble a los pies de la cama, los portarretratos apoyados en él y el espejo reflejando la cama.  El cuadro estará  colgado en ese espacio desde donde miras todo esto. Lo quitarás y te irás. No harás nada más. Cuando ella note la ausencia, te llamará y entonces la verás (dios sabe lo que dirás cuando eso eventualmente suceda).

Y todo aconteció tal cual lo imaginó al salir del ascensor.

Solo que al llegar al final del pasillo, descalzo y en puntas de pie, vio la cortina del baño, la luz de la noche iluminando el cuarto de invitados y el mueble del cuarto de Nuria, pero se sorprendió al ver que la persiana de su cuarto estaba alzada. El diablo lo obligó a avanzar y él no pudo más que dar ese paso que le permitiría asomarse al cuarto. Con el corazón en la boca y la lluvia sonando como si la escuchara desde el interior de una botella, vio una silueta junto a la ventana. Inmediatamente se precipitó hacia atrás sintiendo nauseas pero también unas terribles ganas de acabar con todo eso. El diablo hablaba. Avanzó entonces hacia el portal del cuarto para encontrar junto a la ventana, de pie, a Nuria mirándolo fijamente. Sintió un calor fétido llegarle desde las entrañas, su boca seca era un trasto inútil. El diablo continuó llevándolo de la mano. No podía dejar de mirarla a los ojos y notar como éstos se tornaban cada vez más brillosos por las lágrimas. En la cama alcanzó a  ver el cuerpo de un hombre. La maldijo en sus pensamientos pero no dijo nada, el diablo se había ido ya.

-Deja el cuadro donde está y vete ahora mismo por favor- dijo Nuria moviendo los labios sin emitir sonido.
 


 

 

19.9.12

Las lavanderas de mi barrio así lo dicen


Pero claro que sí nena, ¿o qué te pensabas? yo empecé así, como vos, pateando, claro que ahora ya no me da el pelaje, pero igual me quedan clientes, eh, no te creas. Yo más bien trabajo con clientela fija, viste. Por suerte en algo paga tener más años, a mi edad ya no tenés que andar silbándole a cuanto mugroso te pasa cerca. ¿Pero te parece? Mirá a esta. Y después se quejan de que hay malaria. A ver, paráte y enderezá la espalda nena, que ahí sentada con los rollos asomándose por todas partes no te va a levantar ni un abuelito. Paráte y caminá un poco al menos pa` que te vean moverte. ¿Te parece, Chiche? Esta viene y se sienta ahí toda encorvada a esperar como si tuviera el cuerpo de una de veinte. ¡Dios mío! ¡Las cosas que hay que ver! Yo me pasaba el día entero pateando hasta terminar con los pies así de hinchados mirá. Y éstas ahí sentadas. Y después quejándose que no hacen dinero y que en Europa es verso eso de que se gana bien. ¡Dios mío che! Llevo más de treinta años en el oficio y todavía no hay día que no me sorprenda una compañera.  Como para que después no me vengan las maridas con el cuento ese de que somos putas porque somos vagas. ¡Como para contradecirlas! Si mirá la otra, recién llega fresquita de su día libre y se pone en el taburete contra la pared a huevear con el teléfono, ¿te parece? ¡Increíble! Decime vos Chiche que sos una vieja loba como yo, decime vos si no es un laburo que hay que cascársela duro si una quiere vivir de esto. Es así, esto es fre-ga-dísimo como dicen en tu país, ¿no? ¿Así dicen, no? No, si yo sé. Porque te cuento, yo tuve un cliente peruano cuando todavía vivía en Buenos Aires que era un amor, tan calladito y correcto el morocho que tendrías que haberlo conocido, ¡hubiera sido un esposo perfecto para vos! Eso sí, era un calentón. Ja! Un señor es lo que era en realidad, lo tenía cada domingo ahí clavadito, pa` mí que era la soledad lo que lo traía, aunque no sé, porque era medio escritor también el petizo. Y yo lo inspiraba, o así me decía. No sé, de esto hace tantos años ya que ni me acuerdo. Silviaaa! Tu Vergas Llosa me decía Javier, mi cafiolo, cuando le abría la puerta del departamento y lo veía ahí con las manitas en los bolsillos y la mirada de perro mojado. Y el otro pobre no le decía nada, para qué, se quedaba ahí sentadito en el sofá hasta que venía yo a buscarlo. Y quién lo diría, después era tan entretenido. ¡La pasábamos de bien!¡Cuánto hace de esto! No sabés como levantaba plata en esas épocas, uff, yo era joven y tenía un lomazo, además en el país había guita. En fin, después se fue todo a la mierda y me vine a Europa, primero a España y después cuando ya me puse vieja me vine acá.

 

Sí, discúlpame. Me desvié otra vez. Te decía, Jorge es buen tipo. Acá en Ginebra lleva muchos años en esto. Mira, si yo llegué en el 2002 y Jorge ya era conocido en el barrio. Primero estuve en el Ananá pero por suerte Jorgito me tomó y me sacó de ese cuchitril. Es de confiar, nena, en serio, hiciste bien. Sacáte esa carita de asustada. Te juro, es la lotería, dónde viste que te hagan contrato, trabajés ocho horas diarias y encima tengas dos días libres, ¡hasta jubilación tendremos! Si te portás bien, claro. Si te digo, éstas parece que se olvidan rápidamente de donde vienen y el tesoro que tienen entre las manos. ¿De dónde eras vos me dijiste? ¿De Honduras? Ay Tenés una carita tan linda y te ves tan pichoncita todavía, no te preocupes.

En serio, si haces las cosas bien con Jorge vas a ver que los clientes son tranquilos. Vienen, pagan, hacen lo suyo, nunca un problema. Eso sí, huelen horrible. ¡Ja! A veces extraño a mis clientes de Argentina, borrachos perdidos, más locos que una cabra, pero todos limpitos che! Acá te llegan a veces con ese olor a humedad que parece que se pasaron el invierno entero adentro de un armario abandonado. En serio, no sabes la de chicas que quieren venir a trabajar acá, se matan porque alguien las traiga, y algunas hasta se mandan solas nomás, pensando que acá hay lugar pa` todas. Así que escucháme, vos te tenés que sentirte importante, si el Jorge te trajo es porque venís bien recomendada de algún bulín, y limpita, sin vicios. Eso sí, Isabel, eras Isabel ¿no? acá todas nos echamos una mano. Es ley entre nosotras.

Te estoy aturdiendo, ¿no? Pobrecita ni abriste la boca desde que llegaste, ¿cuánto llevás acá? Tres días creo que me había dicho el Jorge, ¿no? Ay pobrecita, tenés una carita de cansada, che! Chiche, prestále un poco de pintura a esta nena, hacéme el favor. Yo sé que no se duerme bien las primeras noches chiqui, pero tranquila que una se acostumbra a todo. Bueno, mirá, vos como sos nueva vas a estar de la lavandería para allá, hasta la esquina del Perfum de Beirut, ¿lo ves? Y sí, las otras chicas tienen derecho al cruce con la avenida, pero vos no te preocupes, que dentro de un par de meses si el Jorge trae más chicas, a vos seguro que te pasa a la avenida. No parás de fumar vos che, ja! Desde que llegaste que no te he visto sin un pucho en la boca. Pobresita, si estás recién aterrizada de la selva, mirámela Chiche, mirále los ojitos de cansada, ¿son los nervios de que no hablás francés? Tranquila nena, no lo necesitás Eso sí, tenés chicle, ¿no? No vas a ir a hablar con el tufo pastoso a tabaco y estómago vacío. Escucháme, cualquier cosa acá estoy. Más tarde cuando baje el sol nos juntamos si andas todavía suelta y nos tomamos un café con leche, te lo invito yo ¿te parece? Dale, ahora andá. ¡Suerte pichona!




 

 

17.9.12

El viaje





Ya era demasiado tarde cuando encontré el momento para leer mis emails personales. Y pensar que la noticia había estado ahí esperando desde la mañana. Pero con todos los enredes del trabajo desde que había llegado, casi no me había acordado de abrirlo. La noticia me descubrió por fin cuando me detuve un rato para tomar un café y aguantar lo que quedaba del día. Eran pasadas las cinco de la tarde y si bien había sido un día de esos en los que el tiempo vuela agitado, llevaba contando los minutos para irme de la oficina desde que había salido al parque a almorzar.

 

 El aire aún caliente de septiembre me llegaba a través del ventilador mientras leía el email. Era breve, comenzaba sin introducciones, tan solo mi nombre coma y sin pausa se arrojaba a los hechos. Sus siete oraciones de menos de un renglón lo convertían casi en un telegrama me pareció al leerlo (y sentí un poco de ridiculez por mi empeño de fijarme en la estructura de un texto al mismo tiempo que lo leo, como si a través de este capricho lograse amortiguar su golpe). Me pregunté cómo era posible que me estuviera enviando semejante noticia a través de un correo electrónico; cómo era que no había al menos intentado llamarme. Sin embargo al final del texto y como post-data, Dora escribía: no quería darte esta noticia por escrito pero no me quedó otra opción. Te estuve llamando toda la mañana y me salía constantemente el teléfono apagado. Era hoy que había planeado irme y ya lo sabías desde hace tiempo, ¿te acuerdas? No entiendo porque te obligas a seguir aquí si ya nada nos queda más que sobrevivir. Sí, me adelanté, pero acá te espero. Llámame cuando lo leas, tal vez aún tenga cobertura.

 

 No pude evitar sonreír al leer esta última parte, era tan suya esa forma de escribirme.

 

Abrí el bolsillo pequeño de la mochila y confirmé lo que sospechaba, tenía el celular apagado y sin batería. Tal vez incluso desde la madrugada pensé mientras intentaba recordar la última vez que lo había usado. El aire del ventilador de repente comenzó a molestarme. Hice el gesto de levantarme para apagarlo pero tan solo me salí de la corriente y me acerqué a la ventana. A pesar de lo incómodo que me había dejado la noticia, sentía que podría encontrar el ánimo para continuar mi día como si nunca hubiera llegado. Tal vez la noticia sobre mi despido y la incertidumbre de mi futuro, sin trabajo ni ahorros, me había blindado ya contra cualquier clase de asombro. Era mi última semana de trabajo tras haber sido despedido el viernes pasado sin más tacto que una carta decretando que ¨la crisis financiera nos ha obligado a reducir personal por lo que lamentamos comunicarle que prescindiremos de sus servicios desde el próximo lunes 17 de septiembre¨. Lo que había hecho Dora era una reacción de la rabia que yo no me permitía sentir.

 

Por la ventana veía como un hombre vestido de gris cargaba sábanas y toallas sucias del hotel de al lado en su camioneta. Silva decía en grandes letras azules sobre la puerta corrediza que se dejaba ver desde mi ventana, y en otras más pequeñas, casi ilegibles, se leía Nettoyage. El tamaño de las letras debería ser al revés me dije mientras la noticia de Dora se me iba prendiendo del cuerpo.

 

Cerré el correo, guardé los pocos cambios en los documentos que tenía abiertos y apagué la computadora a las 17.38 según indicaba el reloj de la pantalla antes de volverse azul. De algún modo ya me había imaginado este momento. Tal vez no los hechos que habían sucedido pero sí la envidia que podrían llegar a pinchar en mí. No la creía capaz de semejante acción pero tampoco nunca dudé que la posibilidad cabía. La conocía desde hacía muchos años ya y sabia que tan solo bastaba la pizca de valor o agotamiento necesaria para dar ese primer paso. Me acordé de cuando me animé a saltar de un trampolín de casi diez metros a los nueve años y me sentí estúpido sentado en esa oficina.

 

Pensé en ir a casa, pero no, qué haría ahí adentro metido cuando todo esto había sucedido. Necesito aire, caminar. Bajé entonces por las escaleras hasta la planta baja y salí por la puerta principal saludando al guardia. -¡Au revoir, a demain!- me dijo con su acento africano-. Levanté la mano e hice un gesto de saludo; quién sabe si hasta mañana me remarqué a mí mismo.

 

Desaté la bicicleta y tomé la calle por la que bajaban los coches en dirección al centro.

 

Es curioso ver la ciudad tan animada. Nada se detiene pase lo que nos pase; todo encontrará siempre la manera de seguir su curso. Puede alguien tropezarse y romperse el alma hasta la muerte en sus calles; dejar a toda una familia en carne viva. Sin embargo yo no lo sé y aquí voy en mi bicicleta, siendo parte de la indiferencia que a su vez me hace sentir la ciudad.

 

Al pasar por la estación de trenes veo dos controladores esperando bajo la sombra de una columna, les paso por el lado y veo que están mirando su máquina de imprimir multas. Vaya mierda de invento pienso siempre que las veo, no les importa si uno es desempleado, insolvente, o peor aún, hipotecado, desempleado y con hijos. Todos somos iguales cuando de recaudar dinero se trata, ahí sí que no hay discriminación; nos necesita a todos por igual. Es así, nosotros mismos creamos la cultura que nos aleja de la felicidad.

 

En lugar de continuar hacia al centro prefiero desviarme por las calles menos transitadas. La mochila y el calor húmedo de la tarde me empapan de sudor la camisa. Sin embargo no me molesta, tengo ganas de seguir pedaleando, de seguir dando vueltas sin más intención que asimilar la noticia. Subo entonces por la calle paralela a la Rue de Servette y poco a poco los negocios y supermercados del centro se van transformando en casas con jardines. Dora me lo había advertido, es verdad, pero cómo podía yo creer que se animaría a embarcarse en semejante locura. Nunca entendía si me lo decía metafóricamente o si realmente lo creía; preguntárselo me parecía hasta ridículo pero igual lo hacía. -¡Claro que es verdad, tonto!- me repetía y me besaba porque olfateaba mi duda y eso la emocionaba más que mi indiferencia.

 

Algunos amigos suyos, los cuales yo nunca había conocido, ya se habían ido allí hacía algunos años. Y al regresar para buscar familiares aseguraban que aquel sitio era distinto. Decían con un gesto que no parecía tener intenciones de convencer, que allí había un instinto de vida primitiva nunca antes visto aquí; y que la población local era afectuosa con aquellos jóvenes y ancianos que desembarcaban como niños en su primer día de clases. La verdad es que cada vez que me contaba estas anécdotas por la noche, acababa desvelado y suponiendo por el  gesto blando de Dora al dormir, que ya estaba allí, en aquel sitio y con el resto de aquella gente de la que hablaba pero que yo desconocía y que en realidad era un mundo imaginario en sus sueños. Pese a eso, en esas noches de insomnio inofensivo balanceándome en la hamaca de la noche, me dejaba picar por la fantasía de vivir en aquel lugar remoto donde no había leyes ni multas, no había necesidad según me contaba. Un lugar donde desde este mundo sólo llegaban los osados que escapaban de la vulgaridad de subsistir una cultura decadente y escéptica sin nada por lo que luchar o creer. Alzaban vuelo vestidos con lo puesto y sin más equipaje que sus hijos en los brazos y la ansiedad por vivir y componer.

 

Era la hora del crepúsculo cuando llegué al polígono industrial de las afueras de la ciudad. El paisaje plano y ancho que se veía desde allí exageraba el cielo violeta de finales del verano. Desde abajo y junto a mi bicicleta, como una hormiga que miraba a Dora, comencé a sentirme cerca del nuevo mundo.

 

Tras un rato sentado sobre el cordón de aquella tarde inmensa, me alcé decidido. Dejé mi bicicleta apoyada sobre la parada del único autobús que llegaba hasta allí; saqué mi llavero del bolsillo pequeño de la mochila y afirmé la llave del candado sobre el sillín de cuero negro a rombos. Ya no la voy a necesitar.

 

 -¡Embarcaré mañana, no hay más que creer!

 

 Sentí un alivio, ligero pero hondo. Y al mismo tiempo logré finalmente desvestirme de la impotencia con la que me había cargado la noticia.

 

Me dejé entonces arrastrar por el viento del atardecer, el cual me cargó hasta el ocaso por un camino que jamás antes había recorrido y despidiéndome de rincones que veía hoy por primera vez. Flotaba cuesta abajo por el cuello del suburbio viendo como se dilataban y menguaban las luces de una nueva ciudad que nacía de noche. La avenida se veía cansada por el bochorno del verano y sin embargo fiel a su tenacidad materna, empujaba como un oleaje el andar de sus últimos hijos hacia arriba y abajo.

 

Si bien el aliento de la noche era amigable, ya comenzaba a ser algo remoto para mí. Me susurraba al oído palabras que yo no comprendía y la ciudad se hundía en los pasos con los que me despedía de sus calles. Era ella la única que no era indiferente a mi despedida, y eso, tal vez, la llenaba de nostalgia. La sentía lamiéndome los talones, esmerándose por recordarme que en sus dedos había yo vivido los últimos veinte años de mi vida y que en sus relojes se habían lacrado los secretos de mis sueños. Secretos que ahora se deshilaban, y sueños que comenzaban a dar sombra.

 

Llegando al centro compré algunas cosas para el viaje en un supermercado paquistaní; dos barras del chocolate con trozos de sal que le gusta tanto a Dora, tres mangos, un cuaderno y una lapicera de tinta roja, dos revistas de crucigramas y algunos caramelos ácidos.

 

Cuando llegué a casa intenté llamar al celular de Dora pero fue en vano, estaba apagado o fuera del área de cobertura me decía un contestador automático.

 

Me duché y me recosté sobre la cama con la ventana del cuarto abierta de par en par viendo como un colchón de estrellas metálicas iluminaba las sabanas. De algún modo conversaba con Dora a través de ese paisaje; la imaginaba viajando con su bolso gris y su esperanza en mí.

 

Me hubiera ido esa misma noche de no ser porque quería regresar a la oficina al día siguiente a buscar una bufanda que me había tejido mi abuela. La había dejado en la oficina uno de los últimos días del invierno. Pocas cosas llevaría en mi mochila, pero esa bufanda seguro que sería una de ellas.

 

Luego como una antorcha frente el respiro de la noche, me fui apagando hasta dormirme en un limbo.

 

 -¡El teléfono!– grité al escucharlo sonar sin saber muy bien dónde estaba ni qué hora debía ser.

 

De un solo movimiento me alcé de la cama y lo alcé del escritorio donde lo había dejado cargando la batería. Leí número privado en la pantalla y me quedé inmóvil. Tanta prisa y sin embargo ahí me paralicé.

 

Finalmente contesté.

 

Hola!...hola- repetí buscando un tono que no expresara inquietud.

 

Creí oír entonces un silencio rompiéndose desde lejos. O más bien el eco de una voz que se perdía entre fisuras mientras parecía esforzarse por llegar a mí. Me quedé callado, esperando el pinchazo de una voz, de su voz. Sin embargo no llegaba, se ahogaba en el camino, y con ella yo.

 

Cuando por fin cesó el esfuerzo del otro lado, me acerqué a la ventana y alcé la vista a la noche, con medio cuerpo asomado al exterior dije lo más clara y pausadamente que pude:

 

-Yo sé que me escuchas Dora, y solo te quiero decir que sí, que lo he decidido y me iré allí arriba contigo. Que me disculpes por dejarte ir sola y que hiciste bien en hacerlo. Te quiero y espero que me oigas. Salgo en el cohete de mañana. No te preocupes, ya sé todo, sé cómo llegar. ¿Me oyes?

 

Me callé esperando una respuesta mientras poco a poco iba apoyando los talones sobre el suelo. Es ella, yo sabía que me llamaría, no necesitaba escuchar su voz para confirmarlo. No importaba que del otro lado hubiera un silencio esperando a ser roto; su email me había dicho todo lo que necesitaba saber.

 

De repente, de forma inesperada, llegó una voz que parecía haber marchado a través de alboradas y épocas. Llegó desabrigada, suspirando, desplomándose:


-…Cree…- dijo Dora.

La lanza me atravesó. Otra vez la pausa eterna inundándome, y la noche mirándome el rostro, el sonido de la sangre azotándome el cuello y la certeza de un nuevo mundo invitándome a llegar.

 

-¿Me escuchas?- alcancé a decir cuando ya era tarde. El tono en el teléfono se había cortado y me había dejado creyendo ver a Dora afuera de mi ventana, viajando entre estrellas con su bolso de cuero gris y sus zapatos chatos.

 

Continué mirando por la ventana un rato más hasta calmarme. Luego finalmente me fui a la cama con el teléfono en la mano y su palabra en los ojos. Permanecí recostado mirando por la ventana y viajando como si ya fuera mañana. Me veía con mi mochila en la espalda y mi miedo adulto embarcándose hacia el espacio. De a ratos sonreía mientras me imaginaba en los días que vendrían, que más que días tal vez serían espacios en el tiempo, ¿quién sabe? ¿Quién puede realmente saber qué hay allí arriba? Solo los osados…Y allí voy yo, con Dora.

 

Los pensamientos se apagaron al fin y el sueño me venció.
 
 

10.9.12

La revelación


Había sido una estupidez lo que acababa de hacer. Arrojarse al vacío desde un vigésimo piso había sido una verdadera estupidez. Otra más en una larga lista acumulada en cuarenta y dos años. Sólo que esta vez la estupidez era irreversible. Así de irónica alcanza a ser la vida, o la muerte (qué más da). Lo cierto es que ni bien se dejó caer por la cornisa, comenzó a sentir los chicotazos del miedo azotándolo por todo el cuerpo con aun más furia que cuando estaba parado frente al vacío, algo dubitativo. Ahora, en caída libre, sentía una furia ardiente, eléctrica, llenándolo de fuerza por dar lucha, por gritarle en la cara a cada uno de los habitantes de este mundo: AQUÍ ESTOY YO, CARAJO! Era más que una furia, era una rabia que aunque se estaban conociendo por vez primera, la sentía propia. El vértigo, por otro lado, le tiraba sin piedad del nudo en su garganta, y esa sí era una fuerza familiar. El estúpido iba cayendo como un loco peleando con cuerpos invisibles. Y tristemente en esa lucha de desahogo y miseria con final irreversible, el pobre hombre descubrió que el olvido no existía. Dejarse caer desde aquella altura le había despertado de un manotazo toda la modorra; ya nada dormía en él. Más bien todo lo contrario. La impotencia que lo había empujado al vacío se había quedado allí arriba, sin coraje para lanzarse con su dueño. En cambio quien bajaba ahora a toda velocidad y cortando el paisaje como un meteorito, era un saco lleno de vida, nítida y hambrienta. Era todo lo que creía perdido en el olvido. Lanzarse al vacío le estaba mostrando que en realidad todo había estado durmiendo desde siempre en algún lugar remoto a la que se podía llegar también con paciencia y voluntad...o con la revelación repentina -jamás divina- de un acto tan huérfano como el que acababa de cometer.
El aire que había sentido en falta desde hacía años ahora rebasaba abriendo de par en par las puertas a la ciudad antigua, la eterna metrópolis de sus días que ya eran claramente finitos. Y en esa imagen que muestra la vida en un instante vio las ruinas de las primeras construcciones aun aguantando las demás versiones que fueron construyéndose tras guerras y protagonistas de épocas anteriores.
Una de las columnas tumbadas, la más bella e inútil de todas, le recordó su adolescencia más rebelde y las voces de aquella época. Allí había escuchado eso de que muchas de sus  incertidumbres y curiosidades podían convertirse en hoces abriendo el paso de su propio camino si tan sólo lograba tejer con lecturas y actos el lazo que lo uniría con el mundo exterior; que los silencios se podían volver melodías sobre el ruido blanco si se animaba a tocar los instrumentos que lo rodeaban. En definitiva, que todo un instinto de vida podría haber irrigado su desgano.
Sintió entonces nuevamente la verdadera estupidez de su decisión, llena de un sabor agrio como de leche podrida, y ante el inminente golpe que le estaba por partir el alma contra el pavimento, se consoló aún más neciamente evocando aquello  que todavía le quedaba mientras el corazón latiera y la razón conste. Recordó entonces el perfume de sus axilas de limón, la seda líquida de sus cabellos azabache, la palidez primaveral de sus pechos, pero por encima de todo recordó –casi físicamente- el amor paciente que ella le había regalado por haber visto en él lo que él recién veía ahora.
Gritó: Mierd...!

 
 

 



5.8.12

Lo inconcluso

Es un hecho que Salustiano Pereyra murió el 29 de Agosto de 1898 por balas (o quizás tan solo bastó una) del ejército nacional. El cuerpo ya sin vida viajó en tren hasta Buenos Aires ese mismo día para ser exhibido ante el General Godoy, quien había dado la orden de ejecución y el cual estaba a mi lado cuando destaparon el rostro de aquel gaucho. La imagen de la muerte, siempre desagradable en el rostro de quien sea que la vista, fue un brusco alivio que identifiqué claramente en el General. Llevaba años intentando apagar el mensaje de aquel hombre.
Lo que no es un hecho y me dispongo a contar a través de este corto relato, es cuándo su vida realmente se disipó, si unos días antes o varios años después.
Salustiano Pereyra fue detenido en su rancho de las afueras de Victorica, con el sol del otoño aun animando y mientras dormía, nueve días antes de la ejecución. Recostado sobre su catre con la ropa del día soñaba su verdadera vida, la infinita e ineludible que le permitía darle forma a la otra, aquella que aparecía cuando abría los ojos y que siempre resultaba más breve y vertiginosa. Salustiano se encontraba jalando de una soga con la esperanza de que el agua que sentía llegar desde el fondo de aquel pozo fuese potable y le permitiera continuar su viaje. Llevaba incontables días caminando por el desierto por lo que el sol del mediodía aplastando con todo su ímpetu, lograba de a ratos infundirlo en dudas y reducir al silencio aquel ardor que lo había lanzado al éxodo. No iba a ningún sitio sino que más bien regresaba por fin a casa después de varios años. Era por eso que el peso de aquel balde subía cargado con algo más que la esperanza de agua, acaso era el remate decisivo de su viaje. Cuando comenzó a sentirlo cada vez más cerca, notó a su vez llegar con igual medida la premonición de una compañía intrusa abriéndose camino en su desierto. Inmediatamente dejó de jalar y buscando la amenaza a su alrededor, olvidó la convicción que lo había llevado hasta aquel sitio, ¿a dónde era que iba? Se asustó por estar confundido ante semejante obviedad. Entonces el tiempo sucedió más rápido que su pensamiento y la sospecha se cumplió. Salustiano abrió los ojos para ver un mar de manos atrapándolo por el poncho.
Se lo llevaron en cuestión de segundos y sin tocar nada de la casa, no buscaban más que lo que habían encontrado al abrir la puerta. Una vez vacío el rancho, la puerta de entrada abierta y el soplo de la siesta barriendo el olor a sueño, eran las únicas señales –ya pereciendo- de que algo acababa de suceder. El resto continuaba trascurriendo inmóvil: la cacerola con restos de humita yacía tibia sobre la hornalla, el acero de la pava estaba frio aunque la yerba del mate aun húmeda y tibia en su ánimo; el manifiesto inconcluso desde siempre respiraba junto al catre, como si su sitio fuese ahí, justo al alcance de quien viene llegando del mundo de los sueños; Causas perdidas se titulaba, y era la madre pendiente de todos los hijos que parió Salustiano a lo largo de sus 46 años. Fue a su vez lo último que vio de sus posesiones al ser sacado de la casa con las manos atadas, como si desde aquellos papeles amarillentos se enlazase una tanza a los ojos de Salustiano. Al salir del rancho y encontrarse con el mundo exterior, sus ojos taciturnos regresaron repentina y definitivamente de algún desierto para posarse muertos ya en los del soldado aquel que lo empujaba del brazo derecho; un joven que escasamente tendría 20 años y quien comprendió a través de aquellos ojos que lo tenían en la mira, que su cobardía era irremediable. Para compensar el miedo con coraje o tal vez para quitarse esa mirada negra de encima, cerró el puño y se lo hundió de un golpe en el estómago emponchado.
Enroscado como un feto Salustiano entreabrió los ojos sin memoria de sueños, como arrojados despectivamente hacia la realidad y llegando de ninguna parte. Sintió pánico y miedo al no estar acostumbrado a despertar así, tan vacío. Llegando por los barrotes de la ventana vio la sombra de un animal recorriéndole su cuerpo bajo el marco de luz que se reflejaba en el suelo. Oyó el atardecer a través de su albor y profesó el desplome del día alcanzándolo también a él. Sintió el final y ésta aprensión lo aterrorizó, no así los rostros de la muerte que parecían estar abriéndose camino en el frio de aquella celda. Un gato gris se sentó finalmente sobre el marco interior de la ventana.
Salustiano ya había muerto infinidad de veces y hasta en un mismo día. Estaba al tanto de los ambientes y la convicción con que aprieta la muerte. La había sentido en su paladar seco cuando éste arropaba sus ojos y los libraba al sueño perpetuo dejándolo a él aliviado en algún desierto; sabía también que podía rasguñar sin piedad, podía ser tan intensa como la misma naturaleza y dejarlo divagando en una canoa en medio del mar o girarlo entre sueños y no encontrarla a su lado, confundirlo hasta dudar, crecer como planta tropical hasta cubrir su casa y ahogarla en la selva sin rastros de que alguna vez existió. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Sin embargo nunca antes había sentido su visita concluyente, reconocible por su triste ausencia de amor u odio pero repleta sin embargo de indiferencia y ansias por rematar la jugada con desgano, liquidar finalmente la tarea y pasar a víctimas más entretenidas. Así transcribió Salustiano el mensaje del General cuando éste le fue leído para anunciarle su sentencia y fecha de ejecución; las palabras que pronunció aquel militar no fueron escuchadas ni necesarias para Salustiano.
La primera noche fue la más difícil de las nueve. Derrumbado en el suelo e inmóvil por el dolor físico, conoció por primera vez al insomnio. Entendió por su fuerza desesperanzadora e imposibilidad de evasión, que era más cruel que la muerte que había conocido en sus sueños, la cual siempre le había infundido bravura y lucha en ambos mundos. Sintió el miedo que provoca ir listando lo inconcluso para luego perderse en el laberinto inútil de suponer un futuro sin uno. A pesar de haber vivido varios años advirtió que su lista era extensa.
Cuando rebasó la noche con toda su luz empujando por la espalda del gato, Salustiano sucumbió ante la alucinación de que su vida no había valido nada. Que nada había hecho y por esa nada sería recordado. No había hechos ni acciones en sus memorias, tan solo ideas y teorías –todas salidas del mundo de sus sueños- que no parecían beneficiarse de valor alguno en el miedo nocturno de aquel gaucho. Un hombre es recordado por sus acciones y no por sus ideas, pensó y se venció.
Fue entonces cuando el gato saltó desde la ventana hacia el interior de la celda y con su inesperada aparición llegó la realidad del presente. Recorrió el calabozo como si éste estuviera vacío (tal vez lo estaba desde hacía instantes); se paseó con paso lento y la cola flotando sobre su lomo mientras los ojos desolados de Salustiano le seguían el movimiento. Retraídamente se acercó hasta su poncho y él apoyó su mano sobre el espinazo del animal. Al acariciarlo sintió envidia por él; su desunión con el tiempo y su instintiva manera de vivir en el presente le daban ante los ojos de Salustiano una inocencia comparable a la de un niño. Entonces se durmió.
El final la soga dejo ver un balde repleto de agua fresca. Bebió hasta sentirse hinchado y el resto del contenido se lo echó sobre la cabeza desde lo alto de sus brazos alzados y mientras tapaba el sol del mediodía con aquel cubo metálico. El agua le cerraba los ojos con la misma intensidad con que se escurría por la sonrisa de su expresión. Decidió pasar el mediodía junto a la sombra de aquel pozo; dormir para soñar y así entender su despertar. Soñó que era anciano y el tiempo pasaba lentamente como cuando era niño y los veranos Pamperos eran gozosamente interminables. En su sueño, el paso de los días se adaptaban a los acentos de su antojo, ellos aún le reglaban nuevas experiencias y él su esmero por vivirlas; le nacían hijos y nietos nuevos cada día que crecían más rápido que él y por lo tanto lograba disfrutarlos lentamente a su ritmo; los veía partir y regresar para contarle que las tierras seguían libres y traerle noticias de sus amigos. Soñó que vivía varios días en una misma jornada; Salustiano ya no percibía el paso del tiempo como una representación exacta de la realidad, sino que el daño del tiempo le era ajeno mientras él siguiera encontrando una forma nueva de vivir cada día. Ahí radicaba el secreto de su inmortalidad y vitalidad.
Carmen Hidalgo, cuñada de Salustiano y de un terrible parecido con su difunta hermana, no lograba conciliar la imagen del gaucho legendario que había interpuesto entre él y el resto de la humanidad una distancia de casi mil páginas, con la del adolescente aquel de piel curtida y pelo blanco que enseñaba a cazar vizcachas a sus nietos por las mañanas y aprendía a tejer lana con las mujeres por las tardes mientras tomaban mate.
Poco a poco, año tras año, Salustiano fue saldando en forma de cuotas la deuda que tenía con la vida. Dejó de escribir el mismo día en que regresó a la casa rescatado por fin para el corazón de los suyos; y si bien jamás añoró su vida anterior ni le pesó el recuerdo, a lo largo de los 45 años que le quedaron de vida, tampoco volvió a recordar ni una sola vez lo que soñaba. No percibió el sueño sino como algo que sucedía mientras dormía y que se quedaba allí al abrir los ojos; el anhelo que lo empujaba al sol de la mañana era la vida que sucedía afuera y no dentro de sus sueños. Si no es la guerra, que sea la vida.
El 21 de Marzo de 1943, después de comer, Salustiano se sentó en la terraza de su casa donde solía tomar mate. No sintió ánimo como para dormir la siesta que prefirió quedarse sentado viendo como el cielo se iba preparando para la lluvia. La casa estaba vacía y el resto de la familia regresaría de su viaje por Buenos Aires recién mañana. Permaneció toda la tarde viendo llover sobre el jardín y la calle de tierra que comenzaba en su portal. Cuando por fin escampó y la gente comenzó a aparecer caminando en dirección al centro del pueblo, él continuó inmóvil en su silla.
Creyó escuchar el ruido de varios caballos llegando desde el arroyo. En efecto, un grupo de militares montados se entrevió por encima del muro de piedras. Al pasar junto al jardín y ver a Salustiano en su silla de mimbre, el menor de ellos, un joven que escasamente tendría 20 años, le saludó tocándose la visera de su gorra; si has de irte otra vez -le dijo con un tono amable- trata de recordar cómo eras hoy. Continuaron camino arriba por la calle en dirección contraria a la que venía bajando un grupo de niñas tomadas del brazo.
Una lengua seca le lamia los ojos cuando despertó ya casi al anochecer. Se incorporó y vio que un gato gris maullaba junto al balde. Lo acarició y sintió empatía por el animal; supuso que tenía sed y volvió a lanzar la soga al fondo del pozo. Salustiano decidió no esperar a que amanezca y aprovechar el soplo de la noche para avanzar camino. Se sentía descansado y de buen humor por el nuevo compañero que había encontrado.
Los hombres que lo llevaron del calabozo al patio de fusilamiento no entendían la conducta anestesiada de Salustiano, quien tuvo que ser mojado para que despierte antes de ser ejecutado. Abrió los ojos y se dejó llevar hipnotizado. Juzgando por la facilidad con que permitía que lo guiaran y la mueca desconcertante que lo envolvía, los soldados comenzaron a suponer que aquel hombre debería estar borracho o bajo la influencia de alguna sustancia. Sin embargo Salustiano se mantenía firme en su paso; preguntó la hora cuando caminaban por el pasillo del pabellón, casi las seis de la tarde contestó un soldado. Salustiano preguntó si estaba lloviendo y si sabían a qué hora llegaba el tren proveniente de Buenos Aires, pero ya nadie le respondió.
La lluvia de la tarde había desatado un olor fresco en el aire; Salustiano trajo la pava caliente desde la cocina y la apoyó sobre la mesa de lomo de vidrio que había en la terraza. Se podían ver las gotas aun sujetas antes de caer sobre la loza naranja. Salustiano se quedó viendo a la gente pasar en el fresco de la tarde mientras tomaba unos amargos. Comenzó a sentir frio y se cubrió hasta la cintura con la manta de alpaca que había traído de su cuarto. La tarde se ponía cada vez más roja, más nítida, más viva. Un hombre de aspecto cansado se detuvo dubitativo frente al portal de su casa. Salustiano se puso los lentes y llego a ver que un gato gris caminaba por la tapia del muro. Levantó el brazo con intención de saludar al hombre pero éste pareció no verlo y continúo caminando desconcertado.
Aquella noche Salustiano Pereyra se quedó dormido en la terraza de su casa. Ni los truenos de la tormenta, retumbando como balas en el cielo, lograron despertarlo en la madrugada.