18.12.15

Pongamos que hablo de Buenos Aires

Esta ciudad mata. Pero eso no es noticia, lo sabe todo aquel que haya vivido aquí en los últimos setenta años. Quien avisa no traiciona. Esta ciudad mata en pequeñas dosis, a través de sus precios cada día más lejanos; de sus habladurías políticas y sus monumentos pintados con aerosol, sus calles contaminadas de ofertas comerciales; mata con sus relatos paralelos, siempre en favor de un oportunista que narra; mata con la rabia de sus conductores y el ruido blanco de sus todólogos; no, sobre todo mata con su neurótico hoy ya no aplica la lógica de ayer. Esta ciudad parece que por fin va a  estallar esta noche y no obstante siempre acaba en una destartalada resurrección. Esta ciudad es una fatalidad que me enardece a menudo, me indigna, me escandaliza, pero muy de vez en cuando también me produce un entusiasmo nocivo.
 
(Y sin embargo quien escribe no es de aquí). Llegué hace casi veinte años, con dieciséis primaveras recién cumplidas y el acento de uno que desafinaba con el canto inconfundible de los capitalinos. Desembarqué lleno de furia contra el silencio y el tedio de las ciudades del interior del país. Llegaba de un lugar gris, también con puerto, pero una ciudad donde nunca pasaba nada y desde la cual sospechaba que no había mayor peligro para mi desconcierto que quedarme allí. Además todo parecía estar sucediendo aquí. Y yo, aunque no entendiera nada, quería verlo todo.
 
Anotaciones personales
 
Fotografía: Javier DelgadoMartes 7 de mayo de 1996. Estoy confundido. No sé si detesto esta ciudad o si estoy fascinado. Hoy me escapé de nuevo del colegio. Di el presente y durante el primer recreo me escapé por la puerta de atrás; nadie nunca se da cuenta, los beneficios de ser nuevo e  ignorado. Me vine a pasear al centro, la parte de la ciudad que más me atrapa, o al menos la que más me intriga. Siento que estas calles tienen atmosfera de lugar prohibido para gente de mi edad (o tal vez es que cada vez que vengo no debería estar acá). Cuanto más camino menos abarco, y esto no es una contradicción poética. Me veo como un detective estimulado por la adrenalina del misterio. Alguien que entiende que la trama de su caso se resuelve con más maña que fuerza. Hay en el centro un mecanismo oculto moviendo los engranajes de una intriga que se burla de mí.
 
Viernes 20 de septiembre de 1996. No sé qué me gusta más, si viajar en subte o sentarme en algún café. En todo caso no hay dudas que la ciudad es algo que veo sin participar, todavía no entiendo nada. Lo mejor que me ofrece es observar su movimiento desde la quietud. Tal vez acabe convirtiéndome en uno de los bancos de madera verde que hay en las plazas.
 
Lunes 7 de marzo de 2005. Sólo basta alejarse de una ciudad para comprender lo que ella significa. Una vez más tengo que escaparme y reconstruirlo todo desde lejos y a mi modo. Cuando estoy acá, esta ciudad ya no es lo que yo pensaba. Por cierto, la hora más distintiva es alrededor de las ocho y media de la noche, sobre alguna avenida que desemboque en el centro, a contracorriente de la muchedumbre.
 
 
Luego, cuando cumplí los dieciocho años y terminé el colegio, también abandoné el proyecto de resolver el misterio. Empecé a vivir la ciudad. Ya no era un espectador o un detective, que en definitiva es lo mismo, sino que pasé a ser un engranaje más del misterio. Y así empecé a querer esta ciudad. Un poco. Sin saberlo. Empecé a ver que en todas partes había historia, en cada esquina, aquí la casa de tal escritor, aquí el taller de tal pintor. Allá, el parque que inspiró a tal personaje. Un poco más allá, el centro, sus bares, el café del vermut, donde fui a releer el principio de mi cuento favorito, que transcurre en este lugar, entre dos varones, uno de ellos preocupado. Y supongo que empecé a ser parte de la intriga de otros detectives. Dejé de hacer fuerza. Se disolvió la ambición de entender. Solté las cuerdas. Me gustaba andar anónimo entre la multitud y a la vez ser participe. Me sentía bien. En mi casa. Yo, que siento que no soy de ninguna parte. Dividido entre varias identidades. Inmune a las habladurías nacionalistas.
 
Pero no por eso se dejó de formarse la extraña sensación de vivir dos vidas. Una que avanzaba con la fuerza inevitable del tiempo y lo cotidiano, con protagonistas de carne y hueso, repleta de rutinas e historias. Y otra con la ciudad, compuesta por figuras, escenas, fragmentos de diálogos que no me correspondían, restos muertos que continúan renaciendo cada vez que se activa el mecanismo oculto de la intriga. Nunca coinciden con nada estos fragmentos, pero no me importa, lo acepto.  Tan sólo registro sin ambición.
 
El relato irracional. Alguien hace algo que nadie entiende, un acto que excede la experiencia de todos. Ese acto es espontáneo y decadente, no es narrativo pero otro alguien (quizás un oportunista) juzga que tiene sentido narrarlo. Sobre ese relato -oral o escrito-, un tercero habla y otras personas comienzan a opinar. Al poco tiempo aquel acto espontáneo y decadente adquiere forma de relato paralelo y se hace popular. Se convierte en un mal –justificado- del cual poder contagiarse. Por primera vez comprendo que el lenguaje servía para otra cosa que para nombrar o dar órdenes.
 
Perjudicial para la salud. Hay un hombre que fuma desde que es adolescente. Cada vez que saca un cigarrillo del paquete, mientras se lo acomoda en los labios, no puede evitar leer el anuncio en letras negras que avisa que fumar mata. Lo lee al menos unas quince veces al día. Es un acto reflejo se dice a si mismo cuando repara en que lo está leyendo, una vez más. Sin embargo el placer que le provoca el humo de tabaco entrando en sus pulmones es mayor que cualquier aviso. Sabe que está muriendo a través de pequeñas dosis de placer, y no hay nadie con quien ajustar cuentas más que consigo mismo. Quien avisa no traiciona.
 
Plaza de Tribunales. Hay días en que se vuelven a  cruzar en el café La Cala. Ella atraviesa en diagonal la plaza de Tribunales con el enorme teatro por detrás. Él ya está adentro del café. Alto, de pelo canoso, usa un impermeable color caqui; al sentarse se lo acomoda con un gesto rápido y hunde las manos en los bolsillos y empieza a desparramar sobre la mesa sus papeles. Ella entra al café y al verlo se gira y vuelve a salir, nerviosa, tal vez todavía enojada. Él no se da cuenta y continua fiel a su obsesión, tiene la mirada enviciada de los que se han dejado ganar por una ambición comercial. Pide un cortado y al volver a sus papeles remarca en un adolescente que está sentado junto a la ventana: bebe una coca-cola, lleva pantalón gris, remera con el escudo de un colegio y escribe en un cuaderno. Es martes por la mañana.
 
Ir perdiendo ciudades. Hay un Toyota Célica del año 81 que avanza por la autopista que circunvala la ciudad. Está comenzando a amanecer y un grupo de amigos vienen alegres y borrachos entre risas y bromas. El auto toma la salida que lo saca de la autopista para dejar atrás la ciudad. Alguien ahora sube la ventanilla y ahoga el ruido de adentro del coche; las voces y las risas se ven forzadas a acomodarse a la nueva atmosfera encapsulada. Momentos más tarde está el grupo de amigos observando la ciudad a lo lejos, desde la costanera, entre bromas, cigarrillos y botellas de agua. ¿Dónde estoy yo? Quizás subiendo la ventanilla del coche, quizás ya sentado en el césped. Invisible en el recuerdo, soy el que mira la escena y reconstruye todo desde lejos y a su modo.
 
 
Esos ojerosos cafés de las calles que trenzan el centro de la ciudad, cercanos todos a la plaza de Tribunales o a la del Congreso, allá donde todavía es posible ver callar a algunos de los mejores hombres: varones de hierro forjados en tantas batallas, callando hoy por los rincones de las tabernas. Son los hombres que dijeron que un día volverían, y lo hicieron, pero ya libres de sentimentalismos. (Había caído en la alegre certeza que aquel adolescente que escribía empujado por la adrenalina del misterio ya era el mismo hombre que ahora narra libre de sensiblerías y vaguedades: “…somos el mismo; los dos descreemos del fracaso y del éxito”). Las calles de esta ciudad ya son mi entraña. Pongamos que hablo de Buenos Aires.
 
 


Columna publicada en esQuisses el 18 de diciembre, 2015: http://www.esquisses.net/2015/12/pongamos-que-hablo-de-buenos-aires/
 

5.12.15

Un hombre común


Sobre su nombre y origen hasta el día de hoy las historias no están de acuerdo: fue desconocido y común. Cuando la gente le conversaba, en seguida le olvidaban, para marcharse, sin notarlo, un poquito más alegres, más en paz. Hay quien dice que habitó en el ruido, que dejó familia y que ganó el pan.
Cuando salía de su casa en la cañada a la mañana oscura, él iba, como todos, hacia las lentas horas, la luces de tubos fluorescentes, el rango bordado en la camisa, los sobres clasificados por peso y destino, el sello seco de tinta roja, la decisión de que alguien superior movía los hilos de la secreta trama. Se expresaba discretamente. Estaba siempre donde se lo debía encontrar.
Sólo nos consta que solía, al salir de su casa en la cañada, alzar la vista al cielo y, al bajarla, ausente, tropezar. Que le gustaba andar despacio, ir silbando melodías improvisadas, ver pasar la gente, hacer programas detallados para guardarse de la prisa y la indecisión. Demostraba una capacidad desbordante para aceptar el mundo tal como realmente es, en todo su raquitismo, emoción y bestialidad. Sólo por hoy, se decía cuando era consciente de que el mundo y su velocidad lo negaban, sólo por hoy no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.
Si algún compañero, durante las pausas de café, le opinaba sobre política o le imponía una palabra a su oído, como por ejemplo compromiso, él sonreía. Él no sabía nada, no deseaba entre horas. Esperaba. Medía la superficie del día mientras aguardaba el bote que lo llevaba de regreso al hogar. Volvía entre la gente con su camisa gastada y su sombrero de ala corta y su rostro pálido y humildemente él mismo.  Quien lo veía asomándose entre la muchedumbre pensaría que es saludable que a veces se dé esa transposición y en medio de lo importante aparezca un detalle lateral, de apariencia insignificante, que nos descubre el derecho de lo mínimo a ocupar su espacio.
Nada parecía cambiar. Las calles de la cañada con sus agujeros cubiertos con maderas, la puerta de rejas negras, la mesa, el pan, ¿qué era el pan de cada día? Vivía en las atmósferas de un mundo que camina entre polvo: el mundo de un hombre común. Sin pensarlo mucho, rezaba con costumbre de olvido; sobretodo confiaba.  Y se entretenía sentado en el fresco de la tarde, descalzo, escuchando a las chicharras zumbar. La vida para él era algo caliente e inexplicable: el aliento manso de sus hijos mientras soñaban, la voz de su mujer.
Tenía amistades virtuosas porque sabía acercarse al alma del hombre solo. Se mantenía próximo a aquel que cómo él oía cómo lentamente los leños caían sobre el empedrado y anunciaban el invierno, y todo lo escuchaba como un centinela, sin sentir la necesidad de hacer nada, salvo oír ese sonido, sordo y repetido, el sonido de la vida común.
Los sobres clasificados por peso y destino, el sello seco de tinta roja, la decisión mayor de que alguien movía los hilos de la secreta trama. Murió al atardecer, entre zumbidos de chicharras, sin que nada altere su curso. Y despertó sorprendido al encontrarse allá. Riega milagros pequeños que a nadie den nada de qué hablar.
 
Columna publicada en esQuisses, 4 de diciembre 2015: http://www.esquisses.net/2015/12/un-hombre-comun/
 

4.12.15

Tonos contagiados

Llegaba ya tardísimo y estaba aún quieto, clavado en un cruce de calle y avenida en el D.F mexicano, buscando un taxi. Estaba agitado pero atento como un pescador (uno sin experiencia ni arte pues la ciudad entera me esquivaba como lo hace con todo aquel que vaya a contracorriente del caos). Por fin el semáforo cambió de color y los autos se amontonaron como peces en la red. Esta es la mía, pensé al ver que se acercaba un taxi. No lo dudé y abrí la puerta del copiloto soltando ya las indicaciones. El conductor me lanzó una mirada de esas que debe recibir la parca y atrás, en el asiento, un pasajero bajó el celular por el que hablaba y se aferró al asiento como si mi aparición fuera a catapultarlo por el techo de aquel Volkswagen. Se asustaron ellos pero más me asusté yo. Y supongo que el pánico se leyó mejor en mi rostro porque aquel viajero con aires de director de cine, al enterarse de que no era más que un turista a la deriva, se apiadó y me preguntó a dónde iba. Al, al centro, tartamudeé, y antes de que suene la primera bocina del mar de coches que se amontonaba por detrás, ya estábamos codo a codo rodando por la ancha avenida.
Durante el trayecto no paró de hablarme. Sin haberme dado tiempo tan siquiera de presentarme, empezó diciéndome que en el mundo todo iba muy mal y que, tras los hechos de los últimos días, todo iría aún mucho peor en las próximas semanas, meses y años. Todo fatal, sentenció. Y después no paró de hacerme preguntas. Qué pensaba sobre esto, sobre aquello, sobre los 43 estudiantes desaparecidos, sobre los recientes ataques en París, sobre el cine mexicano, sobre la privacidad en internet y la big data, sobre la eterna estupidez humana a la hora de gobernar países o nuestra propia vida. Detuvo unos segundos la intensidad de sus preguntas pero sólo para regresar con una mirada concentrada y decirme que no hay momento del día ni de la noche en que dejemos de pensar.
“La única pregunta procedente es ¿en qué?; ¿qué decidimos rumiar en los ratos perdidos del día y en la oscura quietud de la noche? ¿A dónde va nuestra mente cuando no hay ningún lugar específicamente definido a donde ir?”
La pregunta es importante, dijo conservando la mirada, porque su respuesta define la clase de personas que decidimos ser. Y acto seguido se quedó mudo. Por fin, pensé. Fue un momento casi poético porque su silencio me permitió concentrarme en el caos que se proyectaba por mi ventana y caer en la cuenta de que estaba donde estaba, yendo a donde iba. Pero también es cierto que entendí mejor todo cuando se bajó del taxi y me quedé solo adentro de aquella burbuja móvil.
Había ya recuperado la calma cuando el taxista me dijo de repente: "Ese chavo hablaba muy bien, ¿se ha fijado? Pero que muy bien. Y sabía preguntar.” Le correspondí con una sonrisa muda. “A mí también me gusta preguntar", dijo mirándome por el espejo retrovisor. Y entonces quiso saber si no pensaba que raramente tratamos con personas razonables y no sé cuántas otras cosas más quiso saber y se fue haciendo evidente que se le había contagiado el tono de aquel pasajero.
Está naciendo un sentido pensé. Y aturdido por tantas preguntas y por estar llegando terriblemente tarde a mi encuentro, se me ocurrió que tal vez el primer sentido nació así: alguien en la noche de los tiempo, cuando todo era desconcierto, habló con otra persona y se contagió del tono de su discurso, y así, en medio del caos nació el sentido, como acababa de suceder en aquel taxi. La idea me quedó dando vueltas.
Esa tarde con mi amiga paseamos por el centro defeño, cenamos en un salón de la calle Bolívar, seguimos bebiendo en una cantina de la calle San Jerónimo, y acabamos bailando toda clase de ritmos en un bar pintado de rojo sobre la calle República de Cuba. Ya de regreso, ambos rumbo al sur de la ciudad, compartimos un taxi. Como se sabe, en el D.F. el más corto trayecto puede durar más de una hora. Por suerte el viaje se fue haciendo más ameno gracias al relato tragicómico que mi amiga, tocada por las tequilas, me iba contando sobre su familia. A medida que desplegaba aquel abanico de tíos, primos, cenas de navidad, peleas y reconciliaciones, el relato se volvía cada vez más extraño y caótico, como la historia de toda familia. Tras casi cuarenta minutos de viaje llegamos a casa de su hermana, donde se estaba quedando. Una vez abrió la puerta y se perdió por detrás de la verja negra pensé que se habían acabado las charlas por esa noche.
“Sí que tiene historias esa chava….” Oí que me dijo el piloto mientras salíamos hacia la avenida. E inmediatamente supe que el tono narrativo de mi amiga se le había contagiado a aquel conductor. “Nosotros somos nueve hermanos, seis en León, dos aquí en el mero sur del D.F., y uno que murió aun chamaco el pobre” y así, en la media hora que siguió de viaje hasta Coyoacán, aquel taxista, contagiado por un sentido, me fue revelando los detalles tragicómicos de su familia.
Escribo este texto al día siguiente, desde un café en la calle Regina, a pocas manzanas del histórico Zócalo. Pero se me ocurre que bien podría estar escribiéndose desde Sao Paulo, Buenos Aires, o Ciudad de Guatemala, o Damasco, París, o Moscú. Bien podría este texto tratar sobre el tono que se contagia por las calles de cualquier lugar. Y por cierto, ¿qué tono anda contagiando usted? ¿Qué sentido está naciendo en el caos de su ciudad?
 
 
Publicada en esQuisses, el 20 de noviembre: http://www.esquisses.net/2015/11/tonos-contagiados/
 


9.11.15

Crónica de un opinólogo estreñido


No hace mucho yo era un joven que gozaba de una gran lucidez para entender las cosas de este mundo, y además, sobre cada una de ellas tenía una opinión formada. Adentro mío había una fuerza apasionada e intelectual de la cual brotaban, rápida y elocuentemente, argumentos que siempre, siempre, pero siempre, tenían razón. Mis interlocutores, pobres ignorantes, se desmoronaban como castillitos de arena cuando llegaba la marea de mis opiniones. Eran tiempos divinos, llenos de luz, fuerza y deleite.

Pero algo terrible sucedió un buen día. No sé si fue una mañana precisa yendo medio dormido al baño, o si sucedió regresando a casa con la cara pegada a la ventana del autobús. Lo cierto es que mi cielo se nubló y ya no entendí más nada de este mundo. De repente ahora son todas dudas y preguntas, y poco a poco mi castillito de arena se está desmoronando por la marea de… ¿la involución? ¿La madurez? No sé, no me pregunten, yo ya no sé más nada. Y ahora siento que la única opinión personal que aguanta el paso del tiempo (y a la cual me aferro como el último retazo de aquel joven lleno de certezas que una vez fui), es que me gusta mi café corto y espeso, por favor no lo agüe, verá, es que sino no se me activan estas neuronas, que por cierto andan cada día más amotinadas contra las convicciones de su portador. Además sucede que estoy empezando a desconfiar de aquellos que acumulan certezas intransigentes a medida que envejecen (muy probablemente lo hago para justificar mi nuevo yo). Pienso que todos deberíamos irnos de este mundo envueltos en una incertidumbre sobre quiénes somos.   
Sin embargo no parece que eso esté sucediendo, sino todo lo contrario. No sé si soy yo o son ustedes, pero lo cierto es que tengo la impresión que cada día se opina más y con mayor fanatismo, lo cual no significa que se esté opinando mejor. Las opiniones exprés son el plato del día. Brotan como burbujas de gaseosa, y me explotan en la cara cada vez que la hundo en los medios de información o en las redes sociales. Hay tantas cosas sobre las que opinar, tantos espacios para hacerlo, y es tan fácil juntar dos o tres elementos y armar una opinión, que por qué no hacerlo sobre refugiados sirios, independentistas, yihadistas, resultados electorales en mi país o en el tuyo, adopción igualitaria, estudios sobre carne, harina, marihuana, etcétera etcétera. Mientras que los hechos se tornan cada día más complejos e interrelacionados, las opiniones más apresuradas y exaltadas.  
Es curioso que cada vez se conteste más y se pregunte menos. Sobre todo en los medios informativos, donde últimamente se ven más opinólogos ofreciendo respuestas que periodistas haciendo preguntas. ¿Acaso contestar no es lo contrario a la idea del periodismo? ¿Acaso informar sobre un hecho de relevancia social no implica preguntar a especialistas de uno y otro lado y mantener una cierta imparcialidad? Sin embargo pareciera que se valora más el periodismo de opinión que el de información, y mientras que a éste último lo manejan unos pocos, la opinión, como las ganas de orinar, la tenemos todos. Menos yo desde aquel fatídico día, claro.
No me llamen místico, pero se me ocurre que en los últimos años, tal vez desde la explosión de las redes sociales, el periodismo se ha convertido en un acto de fe. Según quien escriba o hable, las personas creen o no. Y para colmo de colmos los espacios y tiempos se han vuelto tan breve, que toda opinión es un momento efímero de descargo personal. Un argumento acalorado. Una opinión radical. Por eso preferiré siempre los ensayos a los tuits, porque ellos, antítesis de la opinión exprés, al igual que la literatura, me ayudan a situarme mejor en la historia y a amortiguar esta incertidumbre absoluta.
Y es que las cosas de este mundo se han vuelto tan complejas e interrelacionadas, que cuando me preguntan mi opinión sobre el veganismo, el ciclismo o el comunismo, no puedo evitar contestar con el silencio de un opinólogo estreñido….o a veces, raramente, con un perpetuo descargo que ni el amor de madre tiene la paciencia de escuchar. Es que adoro la continuidad, pero ella no me quiere a mí. Por lo tanto debo opinar para acabar y, con mi opinión, limitar el sentido que le doy a mi mundo, o al mundo de esta columna, y opino que exige mucho esfuerzo opinar. Por eso es que siempre preferiré a aquellos que, más que opinar, aportan una reflexión que ilumina una nueva forma de ver las cosas de este mundo, a aquellos que aportan una quietud en medio del caos. 
 


 
Columna quincenal para la revista esQuisses (Guatemala), publicada el 6 de noviembre http://www.esquisses.net/2015/11/cronica-de-un-opinologo-estrenido/

31.10.15

Por favor, sea breve.


- Por favor sea breve en sus cuentos, Señor Salgado. Ya habrá leído en los periódicos que la crisis financiera ha obligado al gobierno a hacer recortes en cultura, educación y sanidad. Y nuestra revista, pues, se ha visto afectada.
- (…) Sí, estaba al tanto, claro, pero como buscaban editores no se me había ocurrido que los recortes habían llegado a la revista.
-  Pues sí, verá, justamente toda esta restructuración que estamos atravesando se debe a que nos hemos visto en la obligación de tomar un rumbo más…digamos beneficioso, y pues la sección de cuentos y ficciones por su –y disculpe si suena fuerte- inutilidad para el lector, ha sido reducida a cien palabras; el resto del espacio original estamos pensando en cubrirlo con publicidad y una nueva sección sobre listas, ya sabe, del estilo “10 cosas que todo soltero debe saber antes de ir al supermercado”, ¿me explico?, breves textos útiles para el lector.
- Entiendo. Pero yo nunca he…

- Mire, parte de la restructuración ha implicado despedir aquellos editores que tendían a lo infinito y buscar un escritor de brevedades, como me cuentan que es usted.
(Larga pausa reflexiva, muy poco beneficiosa para entrevistas de trabajo).
- No es mi intención iniciar una discusión filosófica o –y disculpe si suena fuerte-, soltarle el rollo, pero si los políticos justifican los recortes alegando el beneficio o utilidad que pueda generar la cultura, me temo que si eliminamos lo inútil estaremos perturbando el futuro de la humanidad. Sé que puede sonar exagerado y hasta dramático, pero imagínese nuestro presente sin esas novelas supuestamente inútiles del pasado. No sé, se me ocurre Edgar Allan Poe. O Felisberto Hernández, u Oliverio Girondo. ¿Qué beneficio le genera a alguien haber leído sus cuentos? Y sin embargo….  Además no puedo mentirle señora Lezama, debe saber que yo, como todo escritor de brevedades, nada anhelo más en este mundo que escribir textos interminables.

- Entiendo, pero aquí no es el lugar. Por favor sea breve, se lo vuelvo a pedir, de otro modo no tiene sentido que continuemos con esta entrevista. La nueva política de la revista es generar un contenido útil, estético y ligero. La gente no tiene tiempo para dedicarse a una lectura extensa. La gente está cansada Señor Salgado, y cuando lee, pues quiere distraerse sin esfuerzos. Y hoy en día, lo extenso espanta. En la redacción tenemos editores de ficción con una gran capacidad para corregir hasta hacer todo cada vez más pequeño. Pero deberá ayudarnos. Por eso le pido que por favor que sea breve al contar sus historias. Además seamos honestos Señor Salgado, nada es más pesado que soportar lo innecesario. A buen entendedor pocas palabras, ¿no? De hecho, su columna, como decía el aviso, sería de cien palabras, ni una más ni una menos. Por cierto, ¿ha traído las cuatro muestras que se solicitaban en el anuncio?
- Entiendo, y disculpe que siga con el rollo, pero después de todo nadie ni nada está exento del drama de nuestros tiempos, la contaminación hasta de lo inútil con la idea del beneficio y el lucro. Me limitaré en la extensión Señora Lezama, pero teniendo en cuenta que la crisis que hay allí afuera no es sólo financiera, también me limitaré a mantener mis cuentos inútiles y absurdos, me temo que es necesario. Gracias por su tiempo; la amabilidad, por más que ocupe espacio, nunca está de más. Y ahora sí, aquí le dejo mis cuatro muestras de cien palabras cada una:

Borrachera cara         
Regresaba borracho como nunca antes. El motivo exigía: terminaba el colegio con 32 años. Cerca del parque tropecé y caí sobre la nieve. Sin fuerzas para levantarme preferí dormir mientras los copos me iban cubriendo. Supongo que mi corazón latió al mínimo vital y el alcohol se encargó de conservarme pues dormí cuatro meses bajo nieve. En Abril desperté con hambre. Lo primero que hice fue preguntar por mi diploma. Confundidos de verme regresar, dijeron que mi certificado de defunción lo había anulado y que debía rendir un nuevo examen, el cual hoy, con 45 años, todavía no logré aprobar.

La alegría del día
La conferencia sobre crisis alimentarias terminó y los participantes apagan computadoras, intercambian tarjetas y recogen abrigos. En pocos minutos la sala se vacía mientras espero a un costado. Cuando entro para recoger basura y aspirar la alfombra advierto un participante en el fondo. Me acerco y corroboro lo que supuse: está profundamente dormido y  ahogándose en ronquidos. Su cinturón se oculta bajo una barriga perfectamente redonda sobre la cual se apoyan sus brazos cruzados. En el cuaderno frente a él,  círculos y garabatos. Espero quince minutos en silencio y me retiro apagando la luz. Regresando a casa en autobús, sonrío.

El Caribe
En pocos segundos el cielo se oscureció y el viento se avivó con tal furia que los granos de arena revoloteando pinchaban como agujas.

¡Sal del agua ya mismo! grité a mi hija mientras el huracán apareció envolviéndola en su hélice. Sentí la premonición del final y corrí hasta saltar en su ojo con el único objetivo de encontrarla entre su maraña.
De a ratos creía verla mientras volaba entre latas y maderas. Finalmente caí y el cielo se despejó. Caminando entre escombros escuché su voz.
- Yudelka, ¿eres tú? ¿Sal de ahí?

- Estoy desnuda, papá, me da vergüenza-.

Maté la mata
Maté la mata un martes al mediodía. Me llenó de melancolía mirar la melena -que hace minutos era mía- yacer muerta sobre el mármol. Más de mil días mirándola crecer. ¡Mierda, mierda, y más mierda! Maldije mi repentina madurez, mi mediocre afán por modernizarme. Me vino a la mente Marta, mi mujer, también su madre (la muy militar). Pagué con monedas al maldito que me masacró y salí mudo de esa monstruosa barbería. Me fui molesto, marchando con una mirada que imploraba milagros, y sin mencionar la más mínima palabra, me dije a mi mismo: menos mal que todos moriremos.


Publicado en esQuisses, 23 de octubre: http://www.esquisses.net/2015/10/por-favor-sea-breve/

Publicado en el suplemento cultural del periódico guatemalteco La Hora, 30 de octubre:
http://issuu.com/lahoragt/docs/cultural_31-10-2015

10.10.15

Salir(se)

María me dijo por whatssup, desde Gotemburgo, que antes de que un escritor pueda lograr un texto trascendental, primero debe atravesar ciertas batallas vitales contra el mundo. Debe resolver cierto enigma de su propia historia antes que pueda ofrecer otra más valiosa a los lectores. No sólo dijo eso María, sino que además, como si no hubiera sido ya bastante trágico su veredicto, remató que no basta con atravesar batallas y resolver enigmas, -que ya es mucho pedir-, sino que además el escritor debe aprender de todos esos obstáculos si lo que pretende es, por fin, un texto valioso. (Todo venia más o menos bien hasta eso de aprender, pensé mirando la pantalla del celular). Siempre entendí que lo único que se requiere para escribir es una oscura capacidad para salirse de toda batalla y enigma.
 
Tal vez porque ella nació en uno de los países más nórdicos del planeta y yo bien al sur, es que pensamos distintos sobre cómo afrontar la escritura, una aspiración compartida. Tal vez porque ella viene de un lugar donde, por ley de gravedad, se exige cierto esfuerzo para salirse del planeta por su extremo más inmediato, mientras que de dónde vengo yo, sin mayor esfuerzo, tan sólo dejándome en manos de las leyes naturales de la física, ya me salgo por el culo. Tal vez por eso ella piensa que escribir requiere voluntad de madurar, mientras que yo sostengo que solo hay que dejarse caer. Suficiente con las teorías.
 
En todo caso Maria y yo coincidimos en que se escribe desde afuera: desde afuera de todo ese ruido frívolo que aturde a la escritura y que muchas veces se confunde con ella, desde afuera de todos esos detalles innecesarios que distraen a un escritor, de todas esas comparaciones, celos, envidias, o lo que es igual, de todo juicio personal o ajeno sobre nuestras oraciones siempre tan tartamudas aún.
Hay que ser sublime sin interrupción, decía Baudelaire el maldito, cuyas palabras sobre este mundo parecían concebidas desde otro, y escondían, pienso yo, la sospecha de que lo sublime  «es ahora pero afuera»: si hay gloria en los desdenes que atravesamos, sospecho que se esconde en las creaciones que logramos desde afuera del mundo, pero paradójicamente, de mundo hasta el cuello. Salirse por una causa mayor. Y es que sucede que en algunos oficios hay que desarrollar la locura necesaria para salirse siempre por caminos que lleven a la perdición. Tal vez conduzcan a un lugar hermoso y nuevo. Hermoso. Nuevo. ¿Acaso no son esas dos palabras las que le calzan al texto que buscamos?
 
No hay nada como la ansiedad que provoca suponer que hay que atravesar, resolver y encima aprender, antes de poder lograr una historia. Nada como creer que es después y no ahora, allí y no aquí, donde debemos estar. Demasiados hijos, demasiado desierto, demasiadas horas en ese trabajo vil, demasiadas dudas, demasiadas cosas faltan resolver antes de sentarme a escribir. Pero el verdadero escritor, eternamente atrapado por sus propios enigmas y batallas, sabe que lo más importante es escribir, aun cuando la derrota esté anunciada. No, SOBRE TODO cuando la derrota esté anunciada. Muy probablemente por eso escribe después de todo. No se sería escritor de lo contrario.
 
Le contesto a María que no sé qué contestar, que aquí abajo no hace tanto frío como para andar pensando esas cosas. Además estoy caminando por el puerto y tengo demasiada hambre como para masticar teorías. Nos despedimos entonces con un emoticón, que es la forma más breve que tenemos para decirnos adiós. Por fin encuentro un carrito de hot-dogs. Le pido a la señora que hay detrás del delantal blanco por favor uno con mostaza y me siento a comer en uno de los bancos de hormigón que hay en muelle.
 
Es reconfortante pensar que si te sales de toda seguridad, si arrojas todo por la borda y escribes como si por fin abandonaras la isla en la que naufragaste hace años, lanzándote al oleaje sobre unos troncos atados sin más reservas que una cantimplora con un sorbo de agua dulce, apuesto a que al fin tendrás un texto valioso, y por un momento, aunque solo dure un instante, serás sublime sin interrupción.
 
 
 
Columna publicada en la revista cultural guatemalteca esQuisses. 9 de octubre de 2015:  http://www.esquisses.net/2015/10/salirse/

28.9.15

Fulanos y menganos

Cierto fulano siente vocación de escritor de ficciones. Pero si a resultados se remite, le alcanzan los dedos de una mano para contar las historias que ha logrado terminar; su voluntad hacia la escritura parecería estar siempre aguardando algo. Veamos. No más de tres noches por semana, que son las que su novia hace guardia en el hospital, el fulano se dedica a escribir. El proceso de inspiración, como le gusta llamarlo, es prácticamente ceremonioso: la calma del apartamento vacío, las luces de la cocina alumbrando el salón, una cerveza bien fría o una medida de whisky, recostarse sobre la hamaca junto a la ventana, el paisaje de su calle desierta.

Comienza entonces a imaginar, reflexionar, especular con imágenes que le brotan repentinamente, teorizar moralejas, descartar, eso sí, todo final predecible o narrativa fantasiosa. En eso está cuando por la ventana ve a un hombre de unos sesenta años paseando un pastor alemán bastante gordo y cansado; ambos avanzan lentamente bajo la luz amarilla de las farolas.
La imagen parece salida de un cuento de Salinger piensa, y eso lo lleva a una voz narrativa que a su vez lo lleva a una historia: un coche gris avanza por una carretera nocturna, adentro un hombre con sombrero de ala conduce mientras una mujer sentada a su lado se pinta los labios; el hombre fuma y algo del humo se escapa por el pequeño espacio que se abre en la ventanilla; parece perturbado por algo; sin girarse le ordena a la mujer que apague la luz del espejo en el que aparecen sus labios rojos, ella ignora sus palabras y contesta con una pregunta, ¿piensas que estoy guapa, Walter?, por favor te lo suplico Sally, no seas una niña caprichosa, sabes que están al acecho escondidos con las luces apagadas; Walter fuma sin quitar los ojos de la carretera; Sally deja caer la mano con la que sostiene el pintalabios rojo y cierra de un golpe el espejo; comienzan a discutir; el coche avanza por las curvas cerradas; ella alza cada vez más la voz; él repite una y otra vez ¡cálmate Sally!, mientras gira el volante con ambas manos y no quita la vista del triángulo de luz que se proyecta en el asfalto.
De repente el fulano se levanta de la hamaca y sale disparado hacia su cuarto. Sortea la mesa con los platos de la cena, el sofá azul con la mochila hasta por fin llegar al escritorio. Del tazón amarillo donde acumula lápices y bolígrafos saca uno al azar y comienza a escribir oraciones que intentan atrapar al hombre con sombrero de ala. No, no está allí, piensa y desiste. Comienza entonces a anotar de forma aislada los elementos que forman la historia: el auto girando por una curva cerrada, la autopista trepando por oscuros cerros, esos labios rojos, contención en el ambiente, un diálogo. No quiere dejar afuera ningún detalle para que luego, cuando se siente a escribir, logre revivir toda esa atmosfera que está sintiendo a través de su imaginación.
Al cabo de unos quince minutos de escritura arrebatada, cuando llega la cuesta arriba que se adentra por los terrenos que hay más allá del entusiasmo, el fulano comienza a apagarse poco a poco. Las oraciones pasan a tener largas pausas meditabundas donde el se pierde en conjeturas. Finalmente el fulano suelta el bolígrafo y abandona la historia. Deja entonces caer los hombros y levanta la vista hacia un punto del cuarto. Lee lo escrito pero algo ha cambiado, ahora considera que la historia es una imitación barata de algún cuento que ya leyó. Aleja el papel hacia un costado sintiendo un arrebato de violencia, se levanta y vuelve a la hamaca. Jamás pierde esos trocitos de papel con tramas moribundas o personajes en incubadoras…pero tampoco prosperan.
El fulano vuelve a la suspensión de su salón y reflexiona sobre lo que rodea al proceso de creación, desde la voluntad del artista hasta la apreciación de su obra por parte de un público. Mira hacia la calle, ahora desierta, y piensa que tal vez su pretensión por escribir es en realidad una pulsión negativa, una atracción por la nada. Y por lo tanto pertenece a ese selecto grupo de escritores que prefirieron no escribir nunca un libro; una negación para nada disparatada, piensa.

Decide aplazar hasta mañana la escritura de un ensayo sobre el tema, esta noche se dedicará a reflexionar y apuntar preguntas que guíen el texto de mañana. Piensa. “¿Cuántos sueños, sistemas de pensamiento, intuiciones y frases realmente nuevas han escapado de la escritura? ¿Cuántas inteligencias han permanecido libres, dedicadas simplemente a nutrir y embellecer una vida, sin someterse jamás al servil proyecto de forjar una estrategia para producir o para obtener reconocimiento?”. Dicho de otro modo, ¿cuánta mente brillante ha pasado desapercibida en la historia por el hecho de no haber dejado constancia escrita de su existencia? ¿Es, entonces, más relevante para la historia de la literatura una mente que ha materializado un proyecto que aquella que simplemente lo imaginó o que, conscientemente, prefirió prescindir de la necesidad de crear? ¿Dejan de ser artistas quienes no crearon aun habiendo influido decisivamente en otros que sí lo hicieron? ¿Qué importancia tiene entonces Sócrates para la filosofía griega si prefirió no escribir nada? ¿Acaso no influyó en Platón? ¿No fue una voz activa de la época? El fulano se duerme.

Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, un mengano junto a una taza de café, escribe y rescribe laboriosamente historias sobre fulanos.
 
Columna publicada en la revista cultural guatemalteca esQuisses. 25 de septiembre de 2015:
http://www.esquisses.net/2015/09/fulanos-y-menganos/