15.8.15

Ciberactivismo: ¿mucho ruido y pocas nueces?


Si de regiones pioneras hablamos, Centroamérica fue quizás la primera en usar Internet para movilizarse y hacer públicas sus protestas. De hecho sucedió no muy lejos de Guatemala. Fueron los zapatistas y el levantamiento campesino de la región de Chiapas en México, liderado por el siempre encapuchado subcomandante Marcos. Esa fue tal vez la primera revuelta social que recibió atención mundial gracias a Internet.
Por la misma época, un poco más arriba, en Seattle, las tecnologías digitales también eran las responsables de movilizar miles de personas contra la Organización Mundial de Comercio, llegando incluso a hacer fracasar la llamada Ronda del Milenio, y todo esto sucediendo al margen de cualquier partido político.
Desde entonces hasta hoy ha pasado mucha agua bajo el puente que une a las nuevas tecnologías con las causas sociales. Aparecieron Facebook, Twitter, y con ellos un sinfín de movimientos de protesta gestados desde plataformas digitales. Pero tranquilo lector, no he venido a escribir otro artículo sobre la historia de las redes sociales, sino más bien a ver si juntos logramos entender cuánto cambio en realidad logra una protesta virtual, ya que tengo la impresión de que, paradójicamente, una masa de activistas virtuales no siempre se ha traducido en una solución sostenible. La pregunta que intento plantear por lo tanto es: ¿qué es lo que hace posible una solución a largo plazo?
El ciberactivismo, entendido como acción política en la red, ha sido determinante para organizar, en cuestión de horas, movimientos de gran repercusión social y política, algunos logrando derrocar vicepresidentas, como sucedió aquí en Guatemala hace tan sólo semanas, o gobiernos enteros, como en la llamada primavera árabe y sus levantamientos de Bahréin a Túnez, pasando por Egipto y Libia. Otros ejemplos: los indignados en España, Italia, Grecia, las protestas del parque Gezi en Turquía, Taiwán, Euromaidán en Ucrania, la revolución de los paraguas en Hong Kong, y movimientos más recientes, como por ejemplo, los hashtag “#ReunciaYa”, "#BringBackOurGirls", “#YoSoyNisman” y “#JeSuisCharlie”. Es indiscutible que hoy en día un tuit puede desencadenar una campaña mundial de información, y una página de Facebook puede convertirse en un medio de movilización de masas.
Pero si analizamos en detalle estos movimientos, y comparamos la cantidad de clics o cyber-activistas que juntaron en pocas horas, con la calidad de los resultados que lograron, ¿acaso se puede afirmar que los logros están a la altura del tamaño y el ardor que los inspiró? Yo diría que no, diría que lo que han conseguido han sido más bien pequeños cambios estéticos, y no tanto verdaderos cambios sostenibles – casi 20 años después las protestas de Seattle la conversación global sobre la desigualdad, y las políticas que la provocaron están aún presentes.
Parte del problema de las protestas de hoy, según expertos, tiene que ver con que imitan el modelo de las start-ups comerciales, es decir que focalizan toda su energía en conseguir “clientes”, olvidando desarrollar un espíritu de esfuerzo común.
Si estudiamos los movimientos sociales anteriores a las redes sociales, y tomamos aquellos que lograron cambios positivos, sostenibles y sobre todo a través de medios no violentos - como por ejemplo el movimiento por los derechos civiles liderado por M. Luther King que extendió el acceso pleno y la igualdad ante la ley a los grupos que no los tenían, sobre todo a los ciudadanos negros, o el movimiento de liberación de la India liderado por Gandhi-, podemos observar que han sido procesos largos en los cuales sus miembros debían interactuar para organizarse, movilizarse para reunirse y conocerse, crear consenso, discutir ideas, resumirlas, escribirlas, difundirlas. Hoy en día es mucho más simple organizar una protesta, basta una página de Facebook, una cuenta de Twitter, y en pocas horas se captarían seguidores a través de actualizaciones, imágenes sugestivas, o breves mensajes ingeniosos de 140 caracteres.
Pero al usar las plataformas digitales para el activismo, ¿acaso no estamos optando por un camino más fácil, desaprovechando los beneficios de hacer las cosas en equipo y por el camino más largo? De ninguna manera pienso que la solución está en redactar un folleto a mano y atravesar un país en bicicleta para distribuirlo, pero tampoco creo que se encuentre en un hashtag ingenioso, sino más bien en la capacidad de crear un tipo de organización que puede pensar en equipo y tomar decisiones difíciles de forma conjunta, llegar a un consenso e innovar y continuar juntos a pesar de las diferencias encontradas en el camino.
Las causas que han inspirado movimientos en los últimos años son críticas: el cambio climático es incuestionable, la desigualdad continúa afectando el desarrollo de las personas y la corrupción está presente en muchos países. Es evidente entonces que necesitamos soluciones más eficaces. Los movimientos de hoy tienen que ir más allá de la participación a gran escala para encontrar la manera de pensar juntos colectivamente; no sólo señalar y acusar, sino desarrollar propuestas fuertes, crear consenso, averiguar los pasos necesarios para lograr cambios y relacionarlos para aprovecharlos, porque todas las buenas intenciones, la valentía, y el sacrificio por sí mismas no van a ser suficientes.


Columna publicada en la revista guatemalteca esQuisses, el día 14 de agosto de 2015: http://www.esquisses.net/2015/08/ciberactivismo-mucho-ruido-y-pocas-nueces/

1.7.15

El viajero inmóvil

Voy en un viejo globo, llegando a Lima. Voy de pie, algo maravillado, con ambas manos apoyadas sobre el borde y la cabeza asomada apenas por fuera del canasto. Abajo es 1959 y alrededor el cielo es tan gris como dicen. Silencio absoluto, calma completa de la atmosfera, solo perturbada por los crujidos del mimbre que nos llevan. En la engañosa quietud evoco a mi anfitrión limeño, Alfredo Bryce Echenique, que ya me está esperando allí abajo en una fiesta de verano, un baile de sedas y organdíes, de tules, de pegajosos calores limeños, de humedades, de jardines sumamente verdes, floridos e iluminados lindo, y con la orquesta del Almirante Jonas, allá a un lado. Y ahí, en medio de todo aquello ya estoy yo sentado junto a mi amigo Alfredito, un adolescente que ha perdido a su gran amor y se está pasando de vueltas con el whisky mientras Carla Parodi, la enamorada de su compadre el Peruvian Apollo, lo consuela y le dice que ya está bien de trago, que no sea tonto. Y así, con su vocecita suave y su sutil inteligencia, Carla se lo va metiendo a Alfredito poco a poco en el bolsillo, como lo ha hecho con todos los amigos de su enamorado; incluso yo he saltado de cabeza a su bolsillo y desde allí adentro, recostado sobre la perfumada tela de Carla Parodi, observo Lima en 1959.
 
A veces pienso que gran parte de nuestra vida ocurre dentro de la mente, en recuerdos, imaginación, interpretación o especulación. Tal vez por eso simpatizo con los que se van sin irse, con los que dicen haber estado en un lugar y luego descubrimos que no han pisado ese sitio en su vida. Me caen bien porque corroboro a través de estos viajeros inmóviles  que solo las imaginaciones limitadas necesitan los viajes al extranjero. De hecho, nada me provoca tanta curiosidad y admiración como aquellos que cierran con doble llave sus cuartos para que el confinamiento sople con mayor libertad su vuelo mental.
Hace 15 años emprendí el viaje más alucinante por la Patagonia argentina; el primero que hice en solitario. El viaje duro unas pocas semanas. Pero sentado en silencio he regresado mentalmente infinidad de veces, he tratado de comprenderlo, de encontrarle un sitio en mis pensamientos; ese viaje inmóvil ha durado 15 años, y probablemente dure para siempre. El viaje, en otras palabras, me dio algunas vivencias increíbles, pero sólo al sentarme en silencio es que he podido transformarlo en un libro de mi autoría que puedo leer cada vez que, inmóvil, lo desee.
Una de las primeras cosas que se aprende al viajar es que ningún lugar es mágico a menos que se lo vea con la mirada apropiada. Uno lleva a un hombre irascible al Pico de Adán en Sri Lanka, y se quejará de que las lentejas están picantes. Por eso creo que la mejor manera de cultivar una mirada más atenta y apreciativa fue, curiosamente, sentándome en silencio y viajando inmóvil a través de la lectura.
Los libros —sí, aquellos objetos que como decía el gran Oliverio Girondo deben construirse como un reloj y venderse como un salchichón— no sólo sirven para evadirse, sino que son mucho más; son, sin exageración, un viático esencial para hacer más humano este viaje.
Leer no necesariamente nos haga más inteligentes o más prósperos, pero he confirmado que sí nos vuelve más nosotros mismos; leer, sobretodo, nos hace más humanos. El viajero inmóvil - capaz de quedarse conmovido por el final de una novela, de empatizar con el silencio de un personaje que padece fiebre de amor, de desentrañar adentro suyo las cuestiones que el autor plantea para sus personajes- se vuelve con cada uno de estos viajes estáticos, más consciente de lo que ocurre a su alrededor, y por lo tanto más capaz de actuar en consecuencia.
Sigo de pie en mi globo, ahora deslizándome sigilosamente hacia París. Puedo advertir en el filo del horizonte, en brumas, el confuso sabor de 1968. Allí me espera Martin Romaña, un estudiante de filología francesa, aprensivo, limeño y futuro amigo de Alfredito. Martín está durmiendo en la hondonada mientras yo sobrevuelo techos manchados por excrementos de palomas y humedad de lluvia. Martin duerme sin saber que más tarde, mientras él y yo andemos exagerando la noche por la Rue Mouffetard, Inés ya habrá tomado la decisión de abandonarlo por su inseguridad, timidez e indecisión.
Mañana la resaca será terrible, lo sé, y mi amigo Martin estará insoportable y nuevamente atrapado por una crisis "positiva" de melancolía - y unas hemorroides que aún no sabe pero que lo llevarán hasta Barcelona. Martin pasará la tarde sentado en su sillón Voltaire, anotando en su cuaderno azul las peripecias de un latinoamericano en la ciudad de la luz. Mientras tanto yo, sentado a 47 años de distancia, estaré observándolo inmóvil; puliendo el kafkiano arte de irme muy lejos para quedarme aquí.

Publicada en la revista guatemalteca esQuisses el 30 de julio 2015:
http://www.esquisses.net/2015/06/el-viajero-inmovil/

25.6.15

Hay una historia.


Hay una historia que me digo que debo contar, aunque en verdad no sé cómo hacerlo. No, en realidad no sé si deba hacerlo. Por la noche me acuesto y pienso en esta historia, cómo contarla, qué palabras usar; imagino el rostro de quien la escuchase. Me digo que no me corresponde hacer la revolución, sino ocuparme de contar cómo se siente, a qué huele, a qué sabe esta historia. Luego me duermo y aparece ese hombre fumando, esa mujer esperando, ese ascensor averiado. Me despierto y siento que sé cómo contar la historia, luego dudo si realmente deba hacerlo.

22.6.15

Sobre tranvias y tropiezos


Desde que descubrí que nada hay tan aburrido como la diversión, evito frecuentar lugares a los que antes iba. Y eso ha ido modelando mi carácter como el mar esculpe a una roca. Precisamente un 5 de febrero de 2009 me encontraba yo aburridísimo en una fiesta en Ginebra, rodeado por desconocidos que, igual que yo, éramos nuevos en la ciudad y habíamos llegado a esa soirée para amortiguar el duro golpe que era llegar a Ginebra joven, solo y en invierno.
Llevaba en el bolsillo de mi abrigo un libro de la periodista catalana Rosa Regàs, titulado Ginebra y el cual me había regalado una amiga ecuatoriana asegurándome que en esas páginas no solo había una aguda  y entretenida descripción de la idiosincrasia ginebrina, sino que además sería una guía fundamental para un sudamericano poco familiarizado con el exceso de reglas y corrección cívica. Lo empecé a leer ese mismo día en el tranvía. De hecho me resultaba una novedad tan divertida eso de viajar en tranvía y además me entretenían tanto las anécdotas de Rosa Regàs, que decidí dejar de aburrirme en aquella fiesta y salir a divertirme con mi libro en el tranvía.
Parado en la estación Place du cirque, me tuve que quitar los guantes para poder alcanzar las monedas en el fondo del bolsillo de mi pantalón. Estaba poniéndolas en la máquina de boletos cuando vi doblando por la esquina mi tranvía, el número 14. Me resultaba tan novedosa esa imagen de un tranvía viniendo hacia mí, de las calles vacías con sus árboles pelados y unos tenebrosos pájaros negros mirándome desde ramas secas, que entré al vagón embobado por el presente y olvidando mi boleto en la máquina expendedora.
Iba yo cómodo en mi asiento, saltando del paisaje de la ventanilla a mi libro, de las calles melancólicamente húmedas a Rosa Regàs contándome que Ginebra, el lugar donde Calvino pudo realizar su sueño puritano, no era precisamente una ciudad alegre, pero sí una ciudad extremadamente cómoda. Apenas comencé a leer capítulo en que narra sobre el transporte público y los revisores de boletos, cuando de  repente tenía uno de éstos frente a mí. Debía ser al menos seis veces más alto que yo, o así lo parecía desde donde yo lo miraba - todavía con las palabras recién leídas dando vuelta por mi cabeza. Supongo que confió en su uniforme y en el aparato electrónico que llevaba en la mano porque no dijo ni una sola palabra, más bien fue su mirada la que habló. Éramos los únicos en el vagón y debieron pasar unos tres minutos, o una eternidad, no recuerdo, hasta que me di por vencido y con todos mis bolsillos escrutados caí en la cuenta de que había olvidado el boleto en la máquina. Comencé entonces a explicarle en un pobre francés nervioso, que en realidad había pagado mi pasaje pero que lo había olvidado en la maquina; me abstuve de contar que fue por estar mirando el tranvía y los árboles secos y los pájaros negros, pero sí le dije que era nuevo en la ciudad, que venía de aburrirme en una fiesta, y que “realmente” me había olvidado el boleto en la máquina. De nada sirvió todo mi esfuerzo por hacerme entender porque en pocos segundos ya estaba usando la multa de 100 francos como señalador en el capítulo que paradójicamente hablaba sobre revisores de boletos y el exorbitado precio de las multas.
En aquellos días, no sólo me sentía un extraño en la ciudad sino que, además, tenía la impresión -y así lo escribía continuamente- de que a mí me pasaban cosas raras. Hoy en día, ya no puedo decir lo mismo porque el mundo en los últimos tiempos se ha vuelto tan absolutamente extraño que es difícil que algo no nos parezca raro. Y digo extraño por no decir violento. Sin embargo cuando miramos atrás y nos servimos de la historia para entender el presente, podemos ver que el movimiento histórico siempre tropieza con la misma piedra: la violencia y los intereses políticos jugando con la fe de un pueblo. Cuando nos enteramos de las atrocidades cometidas por las fuerzas armadas yihadistas en el oriente cercado, las decapitaciones perpetradas por el Estado Islámico, la destrucción de estatuas milenarias en museos, el secuestro y asesinato de cristianos en diversos países africanos, pienso en lo que sucedió siglos atrás durante las Cruzadas y la Inquisición. ¿Cuáles son los verdaderos intereses detrás de esta violencia?
Se me viene a la mente la expresión italiana corsi e ricorsi, tomada de la teoría que la historia no avanza de forma lineal empujada por el progreso, sino en forma de ciclos que se repiten, es decir, que si bien siempre avanzamos, lo hacemos dando dos pasos para adelante pero uno para atrás. No se trata de un eterno retorno de todas las cosas, sino que es una piedra con la que tropezamos una y otra vez y que nos devuelve a un estadio que se creía superado, pero ahora visto desde una nueva perspectiva. ¿Cómo hacer para no olvidar el daño que causa la violencia y los intereses políticos por encima del bien común?
No muchas semanas después de haber sido multado en el tranvía de la línea 14 leyendo aquel libro de Rosa Regàs, subí un día a otro 14 con una copia gratuita del diario local 20 minute. Compré un billete y, por temor a que después me lo pidiera el revisor y no lo encontrara, me lo puse en la boca; pensé que así lo tendría más a la vista del inspector si éste se presentaba. Iba tan concentrado en la lectura, o en tratar de descifrar lo que leía que, sin darme cuenta fui chupando como un loco el billete. Cuando llegó el revisor me quedé anonadado: era el mismo que me había multado semanas atrás y, para colmo,  llevaba en la boca el lápiz electrónico con el que anota en su máquina expendedora de multas. Ambos nos miramos como dos perros amigos sosteniendo un hueso entre los dientes. Me sonrió y se quitó el lápiz de la boca, es para no perderlo me dijo, ya van varios. Yo le correspondí con una sonrisa sincera y también me quité el boleto de la boca, o lo que quedaba de él, pues no era más que un trozo de papel ilegible. Sin tocarlo me dijo que no se alcanzaba a ver la fecha de expedición y que eso era motivo de multa. Con un francés algo mejorado y el recuerdo vivo de nuestra historia, le expliqué que yo también lo llevaba en la boca para no tropezar con la misma piedra y volver a ser castigado. El inspector, que tampoco era tan alto después de todo, aceptó mi verdad y continuó trabajando.
Al llegar a mi casa me di cuenta de que esta vez había olvidado el paraguas en el tranvía. No tengo cura me dije a mí mismo, e inmediatamente pensé en la cantidad de cosas que deberíamos llevar  siempre en la boca para no olvidar, y poder romper con este corsi e ricorsi.

Ensayo publicado en la revista esQuisses, 3 de junio 2015, Guatemala
http://www.esquisses.net/2015/06/sebastian-salvador/

19.6.15

Escándalo y violencia: deme un clic y sabrá…


…y sabrá que todo era un artificio para que me dé un clic, que aquí no hay nada de eso que venía a buscar.
Discúlpeme si se siente frustrado, si como se dice lo he dejado con las ganas, es cínico decirlo pero realmente poco importa cómo se sienta o lo que haga a partir de ahora, pues ya me ha dado su clic, y con eso ya ha dejado su marca en algún remoto algoritmo que engorda estadísticas digitales; no las que miden su frustración (esas sólo generan ganancias para su psicólogo o barman amigo) sino las que estudian su comportamiento en la web. Debo advertirle que sus clics -vehementes y fugaces- tienen más poder del que usted piensa, créame si le digo que tienen tanto poder que están delineando nuestra cultura. Así de contundente parece estar el panorama hoy en día. Le resulte extraño o no, usted tiene atada a nuestra cultura de ese mouse que reposa inquieto bajo su mano derecha.
No es noticia que las redes sociales han cambiado el mundo de la información: hoy en día  todos estamos conectados y todos tenemos voz. La cantidad de energía que esto deposita en la forma en que consumimos información no debe ser subestimada. Pero tranquilo, no he venido a escribir otro artículo anti-redes sociales o sobre lo sano que se vivía antes de que inunden nuestras vidas, sino más bien he venido a hablarle de belleza - sí, belleza.  
En La decadencia de la mentira, de Oscar Wilde, los personajes Vivian y Cyril discuten sobre si el arte imita a la vida, o la vida imita al arte. Según plantea Vivian –el más lúcido de los dos-, no es menos cierto que la Vida imita al Arte mucho más que el Arte imita a la Vida, dice y continúa: “todos hemos visto estos últimos tiempos en Inglaterra cómo cierto tipo de belleza original y fascinante, inventado y acentuado por dos pintores imaginativos, ha influido de tal modo sobre la vida que la gente se comporta y luce como verdaderas obras de arte.  Y siempre ha sido así. Un gran artista inventa un tipo de arte que la Vida intenta copiar y reproducir bajo una forma popular;  los verdaderos discípulos de un gran artista pues, no son sus imitadores de estudio, sino los que van haciéndose semejantes a sus obras.”
Me gustaría usar la máxima de Vivian sobre cómo la vida acaba imitando al arte, y tomarme el atrevimiento de cambiar la palabra arte por internet ya que hoy en día ésta tiene tanta presencia en nuestras vidas como el arte la tenía en la de los ingleses del siglo 19, y preguntar si la forma y sustancia que parece estar definiendo a internet actualmente, es un modelo de vida a imitar. Si, como diría un Vivian del 2015, la vida, gracias a internet, adquiere no tan sólo la espiritualidad, hondura de pensamiento y de sentimiento, la turbación o la paz del alma, sino que también la dota de belleza.
Muy probablemente todos estemos en contra de la información basura o distractora, y seguramente también muchos piensen que actualmente hay graves problemas de civismo tanto en la calle como en la web, pero también supongo que la gran mayoría está haciendo clic en la misma noticia morbosa o el mismo insulto, difundiendo como consecuencia un ruido que alimenta los impulsos más bajos de nuestra sociedad. En este escenario, lo más obvio parecería culpar a los medios por la mediocridad de la información, pero hay que pensar que si la basura se vende es precisamente porque la estamos comprando. En un panorama mediático cada vez más ruidoso, el incentivo es hacer más ruido para ser oído, y esa tiranía de lo escandaloso alienta la tiranía de lo desagradable.
El dilema es si uno está dispuesto a hacer un sacrificio personal para cambiarlo. No me refiero a renunciar a Internet, me refiero a cambiar la forma de hacer clic, porque hacer clic es, en definitiva, dar poder. Hoy en día, nosotros decidimos lo que llama la atención en base a lo que le damos atención. Usted puede pensar que las opiniones o noticias que publica en su muro de Facebook, o a través de su cuenta personal de Twitter son actos privados porque solo lo leen sus amigos. Error. Todo lo que buscamos en Google, todo lo que tuiteamos, y a todo a lo que hacemos clic, es un voto que estamos dando a favor de algo.
Para empezar, hay dos cosas que todos podemos hacer, o más bien una que podemos hacer y una que deberíamos dejar de hacer. Primero, no quedarse callado cuando vemos a alguien agrediendo a otro en la web. Pienso que debemos participar contrarrestando lo negativo con lo positivo, el insulto con la reflexión, lo dogmático con el humor. Y en segundo lugar, debemos dejar de hacer clic sobre aquello que nos lleva a la información basura y engorda las estadísticas de lo más visto. Debemos dejar de morder el anzuelo. Recuerde que los clics tienen consecuencias tanto para usted como para el resto de nosotros. Cada vez que haga clic en un titular salaz, no sólo está consumiendo información que no necesita (¿cuánto más realmente necesita leer acerca del culo de Jennifer López?), también está asegurando que ese medio continuará impulsando ese tipo de información. Cada búsqueda que usted hace en Google es analizada por los editores de noticias que buscan ver qué temas son "una tendencia" y así elegir cuáles historias publicar en sus sitios web.
Si no nos gustan los políticos que se insultan mientras los problemas sociales persisten, dejemos de hacer clic en las historias morbosas sobre políticos - o en los insultos entre sus seguidores por las redes sociales. Hacer clic en este tipo de historias sólo lleva a que la basura crezca y cubra nuestra cultura. Nuestros hábitos tienen un inmenso poder, y eso lo saben los medios de comunicación. Si, como decía Vivian, los verdaderos discípulos del arte no son sus imitadores de estudio, sino los ciudadanos que van tornándose semejantes a sus obras, le propongo asemejarnos a aquello que nos enriquece y no a lo que nos embrutece. Si el trato aquí parece ser que gana el que obtiene el mayor número de clics, entonces tenemos que hacerlos valer usándolos para dar forma a la cultura que queremos.
 
Ensayo publicado en la revista esQuisses, 25 de mayo 2015, Guatemala

http://www.esquisses.net/2015/05/escandalo-y-violencia-deme-un-clic-y-sabra/

23.5.15

Maté la melena

Maté la melena un martes al mediodía. Me llenó de melancolía mirar la mata -que hace minutos era mía- yacer muerta sobre el mármol. Más de mil días mirándola crecer. ¡Mierda, mierda, mierda! Maldije mi repentina madurez, mi mediocre afán por molar. Me vino a la mente Marta, mi mujer, su madre la militar, me vinieron muchos más a la mente. Pagué las monedas al maldito que me masacró y salí mudo de esa monstruosa barbería. Me fui marchando con la mirada implorando un milagro, y sin mencionar la más mínima palabra, me dije mentalmente: menos mal que todos moriremos.

27.3.15

El poeta que un día no tenía versos.

En los senderos no transitados,
en la vegetación que crece en los márgenes de las charcas,
fugitivo de la vida ostentosa,
de todas las normas promulgadas, de los placeres, ganancias, convenciones
a los que durante mucho tiempo he ofrecido sacrificios para alimentar mi alma,
son claras para mi ahora las normas aun no promulgadas,
es claro para mí que el alma,
que el alma del hombre por el cual hablo se regocija aquí, solo, lejos del bullicio del mundo,
para regalarme el verso que ahora les canto
desde una fisura en el océano
(enorme masa de agua que también es mía, pues respiro bajo el agua).

¿Quién es misterio y duda? ¿Quién el salto al vacío?
¡Ese soy yo!
¡y también soy todos ustedes!

Yo soy el poeta que un día no tenía versos.

Soy hombre y agua rodando por la ciudad,
soy plástico, ladrillo, brea, madera, y tela secándose al sol,
soy lo que callo y también el camino que invento cada día,
soy los ojos que vienen llegando,
la luz de la mañana a través de mi cortina desteñida,
y también soy las partículas de aire que flotan en mi cuarto,
y los trocitos de mí que recojo al despertar.
Los gatos llegan a mi puerta,
se trenzan entre mis piernas desnudas para recordarme que los debo alimentar,
Pero….y si no los alimentara, ¿acaso seguirían viniendo a mí?
Y si no te amara, ¿acaso me seguirías eligiendo?

Soy el recorrido incansable de mi conmoción,
Soy mis sentidos…. sí, eso soy por encima de todo.
Y también soy el asfalto de la mañana, el cielo azul del mediodía en la ruta, y el bostezo de la noche que me engulle,
y al cual le alzo los brazos como un niño.
Soy ira, rabia, fuerza y furia. Soy grito aullador.
No soy violencia,
ella no me puede reconocer,
mi cuerpo nunca la ha convocado, y si un día me encontró,
me atravesó como un cardumen,
pues yo además floto, bajo el agua, sobre el aire o en la ciudad nocturna.

Yo soy el poeta que un día no tenía versos.

A todos ustedes acepto, porque en todos me reflejo,
quien se acerca y quien me observa de lejos,
en ambos estoy yo.
No hay nada ni nadie que pueda evitar mi vagar,
yo no construyo ni intento recordar quien fui, no asumo grandes responsabilidades, ni tengo mayores ambiciones,
yo reduzco todo a una simple forma de existir,
imitando un tronco en la corriente,
un gorrión en la ciudad.

Yo no envidio al sol, pues sus rayos solo abrazan la superficie,
yo ilumino lo que existe bajo tierra.
No admiro a la luna, cuya luz es vencida por el alba,
yo vivo el día con la luna en la mirada.

Yo soy el poeta que un día no tenía versos.

Y voy cantando mi canción,
Inventando la palabra, escribiendo el libro
que hoy empieza a existir gracias a mi soledad y a mi silencio,
gracias a estas manos que hacen de tripas corazón y palabras ordeñan,
Yo soy el poeta que escribe, rescribe, se enfada, se frustra, y mira por la ventana
orgulloso cuando marca el punto final.

Yo soy el poeta que sale a la calle con las hojas bajo el brazo, recién nacidas,
dejándolas por los rincones de la ciudad.

Yo soy el poeta que un día no tenía versos.