04: Algunos contratiempos inesperados me obligaron a
cambiar mis planes estos los últimos días. Me tendrás que disculpar por no
haberte dicho nada antes; cuando se trabaja en el mar a veces no hay tiempo para
cumplir con compromisos literarios. Ya habremos de encontrar el modo de
encontrarnos.
5.8.16
2.8.16
03: Testigo
03:
O tal vez uno se lanza a viajar para luego poder
tener historias que contarse, o contar, y así imaginarse que en la vida le ha
sucedido algo. No sé, se me ocurre. Aunque no todo viaje es movimiento. También
puede uno quedarse quieto y hacer viajes imaginarios y luego contarse esas
historias mentales, también para consolarse de que le ha sucedido algo en su
vida.
En
mi caso hubo un tiempo en que fui un viajero. En el fondo se trata de estar disponible
digo yo. Al menos lo estaba cuando era un aventurero. Moverme era mi
actividad principal aunque no era consciente de eso, no como ahora. Entonces
podía levantarme en mitad de la noche y salir a andar, o en la tardecita y ya
no volver hasta el día siguiente. Me podía subir a un tren o a un colectivo de
línea urbana y andar hasta que decidiera bajarme, usualmente eligiendo mis
paradas, o pueblos, según el sonido que hacían sus nombres en mi oído interno.
Podía bajarme y andar por las calles desconocidas, pasar la noche en un hostal,
cenar entre extraños (mochileros, comerciantes, extranjeros, viajeros, quién
sabe, asesinos), caminar por lugares muchas veces vacíos. Era un viajero
anónimo, una especie de soplido de otro lugar que observaba e imaginaba. Ésa
era para mi la aventura, la cual casi siempre tenía forma de viaje.
Pero
para esta aventura que nos incumbe hasta el día 15 necesito un testigo, un confidente tan
crédulo como vos (que en realidad soy yo), tan familiar, alguien, en fin, que
me escuche con atención y desde lejos.
1.8.16
02: Los viajeros
02:
Si queremos avanzar será necesario entender cómo
vamos a construir este blog, al menos hasta el 15 de este mes como dije ayer.
De hecho he estado pensando en este tema desde que publicamos
la primera
entrada ayer, sentado en el vagón de aquel tren. La conclusión a la que
he llegado es que esto no será un diario que narre los hechos del
día; nada me resulta más aburrido que escribir lo que ya sé. Tampoco va a
ser un cuaderno digital como dije ayer. Que por cierto no sé qué quise
decir con eso de cuaderno digital, pero te pido que me tengas paciencia si
algo es confuso, recién estoy encendiendo la maquinaria. Como
te decía, ya sé cómo vamos a llenar este blog. Lo haremos con mensajes que
te iré enviando sobre el mundo de los viajeros. Serán historias sobre esa
gente que se lanza al movimiento, de todas las clases y tipos que vaya
encontrando por ahí, o que se me ocurran, que en definitiva puede que sea
lo mismo.
Es
un tema que desde siempre me ha dado curiosidad. La creencia popular dice
que todo viajero sale a buscar algo que aún no tiene pero que sospecha lo
encontrará en el camino desconocido, en la aventura imprevista. Yo, sin
embargo, estoy convencido de que nunca nos sucede nada que no hayamos
previsto, nada para lo que no estemos preparados.
31.7.16
01: Movimiento
01: No sé, siento como si este cuaderno digital aún no hubiera ni empezado a rodar. ¿Crees que cuando llegue a un cierto número de entradas -112 por ejemplo-, o a una fecha en particular -el 27 de algún mes se me ocurre-, habrá ya nacido? Últimamente todo es una extraña asociación entre números y un lugar al que llegar; digo extraña porque me entretiene.
Esta mañana salí de casa con la valija bajo el brazo y la certeza de que llegaría a Panamá al final del día, mi primer destino en este viaje que comenzó desde Barcelona. Pero un retraso en la conexión y una serie de algoritmos que usan las compañías para calcular cuántos asientos vender de más en un vuelo, me dejaron en Amsterdam hasta mañana.
(Escribo desde un tren casi vacío, sentado en un asiento de gamuza naranja, avanzando hacia la estación central).
Aprovechemos y hagamos algo, ¿no crees? Mejor empecemos mañana que es 1ero de mes. Y ya que estamos sigamos hasta el 15, que lo divide por la mitad.
En estos asuntos del movimiento yo confirmo una y otra vez eso de que caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos.
15.7.16
Sus ojos apagados
De sus ojos apagados brotaba un chorro
caliente cuando los abrió, aún aturdido por el sueño. Afuera era noche y en las
pupilas de los gatos aún estaba la luz opaca de las farolas. Pero a él, el
privilegio de captar los acentos del tiempo a través de los cambios de luz y el
deterioro de las cosas, le había sido negado desde siempre. Conocía la
oscuridad desde antes de nacer, por lo que no sabía lo que era realmente
la oscuridad.
Sintió a la altura del esternón un ahogo que
se parecía bastante a la nostalgia, pero no pudo sentir auténtica melancolía
-cuyo sabor es tranquilo-, el sudor y el vaho trémulo que salía de su boca
negaban cualquier rastro de serenidad. Permaneció inmóvil un instante, apenas
un tramo de instante, queriendo entender su ubicación a través del recuerdo y
la intuición, que al final son las únicas herramientas con las que cuenta desde
siempre para atrapar la realidad. Su vientre adolescente, blancuzco y terso, se
contraía y se ablandaba. Más abajo, esparcida por la tela del calzoncillo,
yacía aún tibia la evidencia de que ese pánico había sido -no hacía mucho- un
terrible placer.
Se alzó ayudándose de ambos brazos y una vez
firme, giró el cuerpo hasta dejar ambas piernas colgando por el lateral
izquierdo de la cama. Luego, lentamente, consciente de que allí se escondía una
premonición, fue trayendo ambas manos hasta apoyarlas sobre el sexo, aún tieso.
Al sentir la tela húmeda y el calor de sus manos entrando en su cuerpo, por
detrás de sus ojos apagados apareció el ruido seco de las bolas de billar, la
figura negra y esbelta, la luz revelando la piel, los ojos encendidos de
Delfina helándose. Apartó de inmediato las manos, asustado, como si esa parte
de su cuerpo guardara conexión con la porción más terrible del sueño. Afuera,
en la calle, los gatos se lamian el pelaje unos a otros.
Estiró el brazo derecho y comenzó a tantear
la mesa que había junto a la cama, siguiendo el mismo movimiento inquieto con
el que examina las aceras de la ciudad con su bastón. Pasaron por la yema de
sus dedos un billete de metro y un manojo de monedas desparramadas. Finalmente
encontró el móvil. Entendió entonces que eran las tres de la mañana, que todo
había sido un sueño, y que su vida, por suerte, continuaba siendo una sombra
conocida.
Se dejó caer hacia atrás y permaneció así un
par de segundos. Luego alzó las piernas hasta quedar en cuclillas y de un solo
movimiento, se quitó el calzoncillo con ambas manos. Cuidadosamente lo dejó
caer en el pequeño espacio que había entre la cama y la mesa (más tarde
lo recogería de aquel recoveco) y volvió a abrigarse bajo las sábanas,
cubriéndose todo el cuerpo y quedando en una posición con las rodillas tocando
sus codos. En el medio de ese nudo de piernas y brazos lampiños, se asomaba el
móvil sostenido por ambas manos. Rec/Play.
I
Estábamos rodeados por cosas que no logro
explicar llanamente. Cosas materiales y espirituales: la pesadez de la
atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad. Pero sobre todo ese
particular estado de existencia que alcanzamos los seres minusválidos cuando
los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades
reposan apagadas. Stop.
II
Apareció muda como el viento. Lo supimos
porque las velas que nos rodeaban de repente alzaron esa atmosfera pesada,
húmeda, trayendo un respiro al sofoco que se vivía en la orgia. Supe
inmediatamente que había llegado por mí. Tal vez fui yo quien la invitó. Me
llamó por mi nombre que no era el mío verdadero, pero así me llamaba yo en
realidad. Me has conocido en un momento extraño de mi vida, le dije. Luego todo
a nuestro alrededor continuó sucediendo mientras ella apoyó sus labios en mi
oreja, y tomándome el rostro con todos sus largos dedos, me suplicó que
registre la luz con mi boca. Con precisión, agregó. Asentí sin entender, más
persuadido por la dulzura de sus dedos que por sus palabras. Luego sus manos
comenzaron a bajar y su lengua entró en mi oído. Stop.
III
Creo que estaba enamorado de Delfina. Stop.
IV
No puedo explicar nada sin antes decir cómo
es ella. Y no quiero hacerlo. Nadie lo entendería. Me ha pedido lo
imposible. Si digo que su cabello era rojo, ¿cómo me creerán? , ¿Cómo podrán
saber cómo es el rojo?, si no han visto como he visto yo. No, no sería la
mujer de cabello rojo que se imaginan. Lo mismo con su nombre, si les digo que
era Delfina, imaginarán cómo es el nombre Delfina y sin embargo no será ella.
Stop.
V
Mi padre dijo no hace mucho que la mejor
historia del mundo es la más fácil de contar. Conoce varias. Si es que mi padre
tiene razón, mi historia es…pues…. Stop.
VI
Me llevó al Ambos Mundos, un bodegón donde
sirven guisos después de medianoche y que olía a pescado crudo. A escamas
pegadas en la ropa. Supongo que un puerto no se hallaría lejos. Me senté en un
taburete junto a la barra. Podía escuchar a mi derecha, no muy lejos, los tacos
golpeando las bolas de billar. Delfina volvió a poner sus labios en mi oreja y
me contó que había una mujer alta, negra y esbelta, que se levantaba cada tanto
y ponía monedas en la victrola sin mirar las teclas, las presionaba de memoria.
En sus ojos se reflejaban las luces de neón amarilla. ¿Sabes cómo es una luz de
neón amarilla reflejándose en las pupilas de una mujer que quiere bailar? Me
preguntó. No, no sé. Y entonces sus labios por fin llegaron hasta los míos y su
lengua era tibia, y su sabor era una ansiedad dulce. Stop
VII
….Stop.
VIII
Me besó mientras los tacos golpeaban las
bolas. Continuó besándome hasta que dejé de oír la canción que ponía una y otra
vez la mujer de los ojos de neón. De repente estábamos desnudos. Aunque yo
sentía que sus ojos estaban fijos en los míos, me obligaba a no percibir su
expresión. Y mientras ella contemplaba fijamente las profundidades de mis
ojos apagados, su lengua adentro mío cantaba las canciones de la creación. Mi
cuerpo comenzó a quemarse por dentro. Cuando ya no pude más, cuando por fin
solté la vida, la vi claramente a Delfina absorbiendo mi sombra. Y de mis ojos
comenzó a brotar un chorro caliente. Stop.
Cuento publicado en esQuisses: http://www.esquisses.net/2016/07/sus-ojos-apagados/
1.7.16
El viajero inmóvil
Voy en un viejo globo, llegando a Lima. Voy de pie, algo hechizado, con ambas manos apoyadas sobre el borde y la cabeza asomada apenas por fuera del canasto. Abajo es 1959 y alrededor el cielo es tan gris como dicen. Silencio absoluto, calma completa de la atmósfera, sólo perturbada por los crujidos del mimbre que me lleva. En la engañosa quietud evoco a mi anfitrión limeño, Alfredo Bryce Echenique, que ya me está esperando allí abajo en una fiesta de verano, un baile de sedas y organdíes, de tules, de pegajosos calores limeños, de humedades, de jardines sumamente verdes, floridos e iluminados lindos, y con la orquesta del Almirante Jonas, allá, a un lado. Y ahí, en medio de todo aquello ya estoy yo sentado junto a mi amigo Alfredito, un adolescente al que ha abandonado su gran amor y se está pasando de vueltas con el whisky mientras Carla Parodi, la enamorada de su compadre el Peruvian Apollo, lo consuela y le dice que ya está bien de trago Alfredito, no seas tonto. Y así, con su vocecita suave y su sutil inteligencia, Carla se lo va metiendo poco a poco en el bolsillo, como lo ha hecho con todos los amigos de su enamorado. Incluso yo he saltado de cabeza a su bolsillo y desde allí adentro, recostado sobre la perfumada tela de Carla Parodi, observo Lima en 1959.
A veces pienso que gran parte de nuestra vida ocurre adentro de la mente, en recuerdos, imaginación, interpretación o especulación. Tal vez por eso simpatizo con los que se van sin irse, con los que dicen haber estado en un lugar y luego descubro que no han pisado ese sitio en su vida. Me caen bien porque corroboro a través de estos viajeros inmóviles que solo las imaginaciones limitadas necesitan los viajes al extranjero. De hecho, nada me provoca tanta curiosidad y admiración como aquellos que cierran con doble llave sus cuartos para que el encierro sople con mayor libertad su vuelo mental.
Hace quince años emprendí un increíble viaje por la Patagonia argentina; el primero que hice en solitario. El viaje duró un mes. Pero sentado en silencio he regresado mentalmente infinidad de veces, he tratado de entenderlo, de encontrarle un sitio en mis pensamientos. Ese viaje inmóvil ha durado quince años, y probablemente dure para siempre. El viaje, en otras palabras, me dio vivencias, pero sólo al sentarme en silencio es que he podido transformarlo en un libro de mi autoría que puedo leer cada vez que –inmóvil- lo desee.
Una de las primeras cosas que se aprende al viajar es que ningún lugar es mágico a menos que se lo vea con la mirada apropiada. Uno lleva a un hombre irascible al Pico de Adán en Sri Lanka, y se quejará de que las lentejas están picantes. Por eso creo que la mejor manera de cultivar una mirada más atenta y apreciativa es, curiosamente, sentándome en silencio y viajando inmóvil a través de la lectura.
Los libros —aquellos objetos que como decía el querible Oliverio Girondo deben construirse como un reloj y venderse como un salchichón— no sólo sirven para evadirse, sino que son mucho más. Son, sin exageración, un viático esencial para hacer más humano este viaje.
Leer no necesariamente nos haga más inteligentes o más prósperos, pero he confirmado que sí nos vuelve más nosotros mismos; leer, sobretodo, nos hace más humanos. El viajero inmóvil –aquel capaz de quedarse conmovido por el final de una novela, de empatizar con el silencio de un personaje que padece fiebre de amor, de desentrañar adentro suyo las cuestiones que el autor plantea para sus personajes- se vuelve con cada uno de estos viajes estáticos, más consciente de lo que ocurre a su alrededor, y por lo tanto más capaz de actuar en consecuencia.
Sigo de pie en mi globo, ahora deslizándome sigilosamente hacia París. Puedo advertir en el filo del horizonte, en brumas, el confuso sabor de 1968. Allí me espera Martin Romaña, un estudiante de filología francesa, aprensivo, limeño, y futuro amigo de Alfredito. Martín está durmiendo en la hondonada mientras yo sobrevuelo techos manchados por excrementos de palomas y humedad de lluvia. Martin duerme sin saber que más tarde, mientras él y yo andemos exagerando la noche por la Rue Mouffetard, Inés ya habrá tomado la decisión de abandonarlo por su inseguridad, timidez e indecisión.
Mañana la resaca será terrible, lo sé, y mi amigo Martin estará insoportable y nuevamente atrapado por una crisis “positiva” de melancolía – y unas hemorroides que aún no sabe pero que lo llevarán hasta Barcelona. Martin pasará la tarde sentado en su sillón Voltaire, anotando en su cuaderno azul las peripecias de un latinoamericano en la ciudad de la luz. Mientras tanto yo, sentado a 48 años de distancia, estaré observándolo inmóvil; puliendo el kafkiano arte de irme muy lejos para quedarme aquí.
22.6.16
La decisión de Paty - en 100 palabras
Realmente la había cagado, a veces no
puedo evitar decir lo que pienso. Luego duermo y al despertar me siento un
estúpido irremediable. El caso es que desperté y salí corriendo hacia su casa. Encontré
la puerta sin llave y al entrar escuché mi nombre. Decía algo como así es
Santiago Salgado, un pavorreal presumido y tonto, y sus poemas, su agotadora
danza de amor hacia mí. Pero ya no lo amo, anoche murió para mí (así lo dijo). Se puede conquistar una
muchacha con un poema, pero no retenerla con un poema. Vaya, ni siquiera con un
movimiento poético.
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