9.1.18

El tocadiscos

Buenos Aires, que, como una guerra, saca lo peor y lo mejor de las personas. Buenos Aires, que con una caricia te rompe el corazón y luego va y te muestra el culo. Buenos Aires, maraña de asfalto despeinada, acrobática y celeste, valiosa chatarra que amamos sin descanso. Mañana siempre volveré a Buenos Aires (amor & odio tatuado en los nudillos) y sé que llegaré con miedo de ver al diputado, al columnista, al cholulo, al borracho o al volado que, tirado en la vereda, me ofrece sus poemas.

Qué más da volver me digo antes de ir, si hoy en día Facebook y WhatsApp son el nuevo Buenos Aires, el nuevo París, o el nuevo Nueva York (siempre tan más more); podría quedarme enredado por las diversas tierras del mundo como si tal cosa, e incluso después de muerto, como Siri.

Pero no, vuelvo siempre a Buenos Aires por responsabilidad imperial, como emperador que soy de esta ciudad; aunque no me reconozca como tal yo sé que es así. Pero es que en ese nido de ansiedades, tejido entre calles y avenidas, o serpientes y spaghettis, yergue, siempre luminoso, un espacio alrededor del cual gira y gira el Universo como un disco de vinilo.



16.2.17

Sobre pereza, obsesiones y fábricas de nada

Yo conozco a esos lectores que en verdad no son nada lectores, que se sienten incómodos avanzando si no hay luz, si no conocen plenamente de principio a fin el secreto de todo lo que concierne a una obra. Por eso en absoluta conformidad con esta disposición personal a defraudar, siempre he pensado que lo mío es reducirlo todo hasta su mínima expresión. Hasta que no quede nada más que un símbolo de ausencia diciéndolo. Y esto, a pesar de todo. Brevis esse laboro obscurus fio.

Así he comenzado la historia de mí mismo: reduciendo. Optando por evitar decir. Claro que lo suyo sería dejar de vagabundear colgado de un pino como el viajero inmóvil. Lo suyo sería decir cosas de este mundo. Pero para eso los demás. Yo prefiero no decir, como lo estoy haciendo aquí y ahora, colgado del mismo pino de siempre, con el mismo cuaderno de siempre lleno de las mismas hojas vacías de siempre, satisfecho con mis palabras, las cuales siempre dicen poco o nada. Entonces ¿por qué lo hago? Yo no lo sé. O tal vez sí: la pereza siempre preferirá evitar hacer aquello para lo que uno fue encomendado. En su lugar escribo ruido. Aunque la pereza también es maestra: mi ruido, de tanto plasmarlo, ha ido volviéndose una expresión cada vez más simple y clara. Todavía no es símbolo de ausencia, todo lo contrario, pero es algo así como una máquina que se refina día a día. (Y que en definitiva nunca ha producido nada, y ése justamente es su mayor logro). La pereza ha creado una refinada fábrica que permanece eternamente cerrada, funcionando puertas adentro. Trabajando para producir nada. Sólo se oye el ruido de su arquitectura engrasada y cada día más precisa, el cual plasmo en mi cuaderno desde el pino. La gran fábrica de la nada, así la llamo yo; forjada a base de pereza. El esfuerzo radica en no detener la fábrica hasta convertirla en la única obra capaz de dominar el arte de no decir nada de este mundo. Ésa es mi obsesión.

¿Acaso no han existido desde el comienzo de los tiempos hasta nuestros días, hombres sabios, como el propio Salomón, aficionados a dejarse llevar por curiosas obsesiones? Y si un hombre va abriéndose camino pacíficamente montado en su obsesión y no nos obliga ni a usted ni a mí a subirnos con él, ¿qué nos importa a ninguno de los dos?.



21.1.17

El sonido del comienzo

Los comienzos no deberían inspirar demasiado respeto. Sino se corre el riesgo de vivir paralizado frente a la posibilidad, y la sospecha me dice que en la acción seré mucho más de lo que creo ser. Si tan solo pudiera ignorar el paso del tiempo con el mismo empeño con el que ignoro tantas otras cosas fundamentales.
Termino de guardar mi ropa lo mejor doblada que puedo dentro del tarro de pintura en el que la transporto. Abro la puerta de la choza y el día aún no despunta. El mar arrastra basura a los pies de la isla. El ruido de las olas barriendo caracoles. El color inconfundible del día que despunta. Buenos días, me dice la mujer que lava una tela amarilla y negra sobre un tronco hueco suspendido entre dos ramas con forma de Y. Buenos días, me dice el hombre que pasa a mi lado y se detiene apenas un metro más adelante para orinar sobre los caracoles que barren las olas. (¿Estás oyendo el ruido de la orina golpear los caracoles? ¿Estás oyendo a la señora fregar su tela contra el tronco poroso? ¿Puedes escuchar al día despuntar?).
Buenos días contesto a todos. Buenos días me digo ahora en silencio, y no puedo evitar la parálisis del respeto. Los días no deberían comenzar, ni terminar. Los comienzos y los finales esconden una belleza que no me puedo permitir. Yo nací para tropezar, no para añorar.




25.11.16

Dory

I've walked the streets or at least I've walked.

The girl the woman yelling at the end of the bar. Her gaze lost in the gay noise. There's Mike serving drinks with glasses that trick or treat. There's a friendly crowd waiting for the stranger, waiting for me. There`s me.

Where am I? What's this place? ... I like your cardigan.

Now I'm here. At the end of the night I ask: Can I get a glass of water? Is there a taxi stop near by?