3 oct. 2011

Papelitos entre las piedras del muro de los recuerdos



Era un martes de enero (aún conservo el periódico de aquel día en el cajón del escritorio, como un trasto siniestro del cual no atreví a deshacerme). Yo estaba recostado sobre mi cama y te escuchaba a ti por la casa. Era el ruido de lo que hacías con tus manos lo que destilaba tu presencia ya que siempre ibas descalza por la casa, apenas pisabas. Me preguntaste algo desde el salón que no logré entender por lo que no contesté. Unos segundos más tarde te apareciste en el cuarto y desde la puerta, apoyada de costado sobre el marco, me preguntaste -con una mano en la cintura y un tono cómplice- si tenía hambre. Contesté que no tenía mucho para comer pero que mejor te fijaras en la nevera para ver si encontrabas algo que picar. No contesté tu pregunta luego pensé mientras te ibas a la cocina.

Me quedé en la cama leyendo una noticia sobre infidelidad recuerdo, la había impreso en la oficina ese día para luego leerla en el tren de regreso a casa pero que al final, sentado dentro el vagón ya no tuve ánimo de hacer. En lugar viajé mirando por la ventana las primeras nevadas que ya cubrían casi todo el paisaje.

Escuché que abriste la heladera y pusiste algo sobre la mesa, oía tus movimientos atropellados por el silbido de los coches y el tranvía que entraban intrusos por la ventana de la cocina. Luego percibí que cerraste la ventana y entonces, gracias a la nitidez sonora que llega tras anular un bochinche, te oí comer algo crujiente. Realcé la postura como habiendo mordido el anzuelo de una curiosidad, erguí la cabeza en diagonal hacia arriba como si esto me ayudase a identificar mejor el sonido, y ante la incertidumbre de no saber qué era aquello que estabas comiendo y que yo escuchaba, te llamé para que me convidases (más con ánimos de curiosidad que de hambre).

Llegaste con unos trozos de pepino cortados en bastones y apilados en un plato junto a una taza pequeña de café rellena de salsa de soja y semillas de sésamo machacadas. Tomé uno, lo mojé en la salsa y me lo puse en la boca, primero saboreando el sabor del condimento y luego mordiéndolo. Vos no dijiste nada recuerdo, me convidaste, me sonreíste y te regresaste a la cocina. Yo me recosté de nuevo y puse el papel con la noticia a un lado. Recuerdo que miraba el techo en silencio y desde mi cuarto. No pensaba en nada, tan solo oía como comías los bastones de pepino desde la cocina. Esto fue hace algo más de 3 años ya y aun retengo una memoria latente del pequeño crujir del pepino en su boca esa tarde.

La gente deja pequeñas y curiosas memorias de sí mismas cuando mueren.

Algunos párrafos de la carta que aquel domingo siguiente le escribí, decían:

Ahora que me levanto solo desde hace cuatro días y no te tengo a mi lado, no hay mañana que no me inunde tu presencia al despertarme. Curiosamente me he dado cuenta que te recuerdo a través de animales. Abro los ojos y pienso en vos cuando escucho a las palomas hacer ese ruido tan propio de ellas desde la ventana del cuarto, y entonces recuerdo tus piernas golpeando la persiana desde la cama para que se fuesen y te dejasen dormir. Pienso en vos también cuando veo las llaves de la casa con el llavero sonajero ese en forma de loro que me regalaste. De hecho, cuando camino por la calle y lo siento tilintear desde el bolsillo de mi mochila, me llegan las imágenes de loros revoloteando entre los árboles del parque de la Ciudadela y te pienso recostada con la cabeza sobre el pasto y peinándote el pelo hacia atrás con las manos.

Se siente bien pensar en vos cuando estoy en la cama, siento como si estuvieras ahí hecha un rulo junto a mí, durmiendo con la cabeza tapada por la almohada como lo hacés cuando te despertás y seguís durmiendo un rato más por la mañana. Me acuerdo de todo esto y me pregunto qué estarás haciendo. Cuando uno viaja por trabajo normalmente no conoce los tiempos de la nueva ciudad y por eso al despertarse no puede darse el lujo de pensar en otra cosa que no sea la logística para llegar a donde se tenga que ir, o en asuntos de trabajo. Supongo que eso te debe estar pasando y me pregunto si a pesar de todo, te acordarás de mi cuando te despertás allí donde sea que estés.

Yo sé que aún faltan 3 meses para que te vea, y que incluso nadie sabe qué será de nosotros cuando nos volvamos a ver. Yo sé que así lo quisiste y así lo acepté cuando me lo propusiste antes de irte de viaje. No sé porque escribo esta carta siquiera, si luego la guardaré en mi cajón para que duerma ahí junto a la esperanza de que si algún día volvemos a despertarnos juntos, tus ojos la puedan leer y te rías de mí al hacerlo.

Hasta el miércoles pasado cuando me diste ese beso tibio al despedirte en casa con las valijas en el pasillo, mi corazón nunca se había ahogado ni tampoco mi paciencia nunca había sido puesta a prueba. Ahora solo me queda hacer lo mejor con lo que tengo. Siempre estuve preparado para cuando tu sonrisa llegase.

Que inútil es esta carta leyéndose hoy, me digo.

 

3 comentarios:

  1. Muy bueno, bueno pero triste. Acaso siempre tienen que ser así las historias de amor para que nos marquen y que nos sigan marcando tres años después. Lo bueno es la experiencia vivida y punto, el momento del ruido del pepino. Haberlo tenido porque peor hubiese sido nunca haberlo probado.

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  2. Gianni C. Sibngo9:43:00 p. m.

    "Todas las cartas de amor son
    ridículas.
    No serían cartas de amor si no fueran
    ridículas.
    En mis tiempos también escribí cartas de amor,
    como las demás,
    ridículas.
    Cuando hay amor, las cartas de amor
    tienen que ser
    ridículas.
    Y es que, en fin,
    sólo las criaturas que no han escrito jamás
    cartas de amor
    son las que son
    ridículas.
    La verdad es que hoy
    mis recuerdos de aquellas cartas de amor
    son los que son
    ridículos
    (todas las palabras esdrújulas,
    como los sentimientos esdrújulos,
    son naturalmente
    ridículas.)"
    Fernando. Pessoa.

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  3. Gracias por tu comentario y por visitar mi blog Gianni (espero te haya gustado). A mi me gusta mucho este poema de Fernando Pessoa:

    No basta abrir la ventana
    para ver los campos y el río.
    No es suficiente no estar ciego
    para ver los árboles y las flores
    Tambien es necesario no tener ninguna filosofía.
    Con filosofía no hay árboles:sólo hay ideas.
    Hay sólo cada uno de nosotros, como una isla
    Hay sólo una ventana cerrada, y todo el mundo allá afuera
    y un sueño de lo que se podría ver si la ventana se abriese,
    que nunca es lo que se ve cuando se abre la ventana.

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