12 abr. 2012

El lavandero

Desde que me sentenciaron culpable y trajeron a esta celda, vivo zambullido en un sueño que no dejo de saborear. Yo que en la ciudad llevaba una vida invisible y pastosa como días de Febrero, ahora bajo los tubos de luz fluorescente de esta jaula soy un aliento liviano y hasta gozo de autoridad intelectual.

Mi humor se ha vuelto naturalmente astuto, despierto risas tanto en mis compañeros presidiarios como en los guardias armados que recorren los pasillos. Cada día me sorprendo gratamente cuando el deber de afeitarme me cruza con el espejo de la mañana devolviéndome una sonrisa estampada sobre un rostro aliviado. Veo en el reflejo de mis ojos limpios y arrugados, lo acertada que es mi nueva vida aquí entre los marginados.

Yo, que era un mediocre entre los justos, soy un distinguido entre los injustos.

Aquí el dinero no existe, lo cual además de ser un alivio es el motor de mi pasión. Todo lo hago por motivos que desconozco, aunque en realidad, tanta tenacidad anónima despierta en mí la certeza de que son las alabanzas y la admiración de mis allegados lo que motiva mis acciones. Me dedico, digamos, que a la escritura fantasma. Escribo cartas a petición, de todo tipo, desde legales hasta familiares e incluso, en total discreción y confianza, redacto cartas de amor impaciente para algunos hombres que llegan tímidos y mansos a mi celda de madrugada. Soy invitado especial en cuanta confesión se lleve a cabo en mi pabellón. Asesoro, escucho, influyo.

Mi trabajo según las planillas administrativas es “lavandero”. Y allí abajo, entre olor a jabón y a vaho húmedo de sótano, mi alma es una pluma que se pierde durante horas entre las corrientes de aire suspendido. Va y viene escurriéndose entre el espacio que me distancia de los días, palpita como las alas del colibrí, se recuesta y duerme siestas durante semanas, a veces se pierde sin despertar en mi una pizca de inquietud, siempre acaba volviendo como gato rasguñando la puerta del balcón. Y mientras cumplo mi condena, en mi mente no hay nada más que el silencio del fondo del mar y el placentero aleteo del colibrí.