10 jul. 2012

Eugenia

La madrugada del 14 de febrero jamás la imaginó Eugenia aconteciendo en Praga. Y mucho menos que la encontraría recostada sobre una cama de hotel en el barrio de Žižkov, lejos, fumando, bañada por la luz opaca de luna entrando aliviada por la cortina, con ese hombre desnudo durmiendo a su lado, lejos, tranquila y cansada, con raspones en las piernas y muslos, lejos.
La taza de café se enfría sobre el escritorio mientras Eugenia, sentada en el borde de la cama y ya sin la toalla marrón que la envolvía como una oruga, se queda suspendida con un calcetín a medio poner. Que fatiga, no es la oficina, es …. Que pocas ganas de salir, son las 8 y media ya? si me quedo en casa podría…, y encima la pesada de Silvia….
Eugenia es una chica buena dirían los que la creen conocer, tiene treinta y dos años y una juventud lánguida e íntima que en nada se asemeja a la de sus amigas o  vecinas. Tal vez por eso reserva sus pensamientos para las hojas que se aglomeran y esconden por todos los rincones de su vida. Vive lejos de todo peligro y ya desde niña aprendió a domar el miedo que provoca el encierro de sentimientos con el pasar de los años. Cuando la veo caminando por la calle, siempre tengo la impresión de ver en su paso invisible, una pesadez colmada de agua y obligaciones que arrastra con los pies. Va por las veredas con sus ojos encendidos y presentes, deslizándose lentamente como un camaleón sin pies.
Sin embargo a veces, comúnmente los jueves o viernes, aunque también lo he visto suceder un lunes, su paso acuoso se rompe y sintoniza con el de los demás peatones. Es un pequeño cambio de ritmo, mínimo aunque notorio para el que conoce su andar y la ha escuchado hablar. Y en esos días, a pesar de ser una más entre la masa humana de las mañanas, su andar sincronizado lleva el color chispeante de lo que sucede ocasionalmente. Sus botas negras sin taco se separan unos centímetros más de lo habitual, su pecho parece ir prendido a una tanza de cobre que la jala hacia adelante, y su cuello finalmente se ablanda y gira ante las novedades de la ciudad. Siempre envuelta en ese aire silencioso y distante tan propio de Eugenia, claro está. Pero en esos días, el ritmo de su mirada es distinto, como si sus botas se secasen de aquella humedad y dejasen paso a una ansiosa y pasiva curiosidad por lo inesperado. Estos días, no obstante, son la minoría.  
Eugenia se sube las medias hasta la rodilla, se levanta de la cama y bebe un poco de café. Las ocho y veinte. Si pierdo el bus de las 8.45 entonces el próximo me deja en la oficina sobre las 9 y media. Apura el paso y entra al baño a secarse el pelo en medias y ropa interior. La radio encendida es un ruido indescifrable aunque propio de las mañanas desde que vive sola. El alboroto del secador se apaga cuando el reloj del baño indica las 8 y 27 y entonces Eugenia se ve forzada, una vez más, a rematar la salida en diez minutos. Se viste con lo habitual (hoy, como siempre, tampoco habrá tiempo para elegir una vestimenta más meditada), llena el bolso con todo lo que reposaba sobre el escritorio, billetera, llaves que en unos instantes tendrá que volver a buscar para cerrar la puerta del departamento, celular, pañuelos kleenex y el cuaderno negro con su birome de tinta azul por si siente el impulso de apuntar algún pensamiento que luego suele tomar forma de texto por la noche. Sale a la calle y llega a la parada del bus justo unos segundos antes de que llegue el 28. Se sube y se sienta en el primer asiento de la derecha con el bolso sobre la falda y ambas manos por encima, como cada mañana.
Eugenia vive una vida que se compara a un libro lleno de hojas empapadas con las mismas palabras aunque ordenadas de maneras diferentes en cada capítulo.
Por las mañanas va a la Universidad donde trabaja como asistente administrativa para el departamento de filología española. Cuando su tutor de tesis le ofreció el puesto y ella lo aceptó hace ya 3 años, nunca imaginó que sería tan aburrido. En realidad pensó que ese puesto le permitiría por fin cobrar algo de dinero y mantenerse al mismo tiempo en el ámbito académico y dentro de la universidad, sitio que tan bien conocía y dentro del cual se encontraba satisfecha. Sin embargo, en la práctica, la realidad fue otra. Eugenia pasaba las mañanas enteras llenando planillas con informaciones sobre alumnos y respondiendo a las infinitas tareas grises que le exigía con tono mandante la rectora del departamento, Silvia. Silvia Bustamante es una señora de unos cincuenta años e infinidad de características que decir de ella, aunque me bastará con solo rematar que sus senos y su personalidad ansiosa y arrolladora son los comentarios –ocultos- de todos los empleados del departamento.
A pesar de que las horas nunca pasan en esa maldita oficina,  Eugenia sabe que es tan difícil cambiar. De trabajo, de vida, de ciudad, en fin…de todo lo que se fue cuajando. Las mañanas para ella se dividen en dos segmentos exactamente similares aunque separados por un café de maquina en el patio de la Universidad. Es curioso como los pensamientos son necesidades fisiológicas que parecieran tener la disciplina de asomarse siempre a la misma hora. Así le sucede a Eugenia de Lunes a Viernes a las 11 de la mañana cuando sale al patio del pabellón de Humanidades para tomar su café. Con el sabor dulce y lúcido de la bebida, siempre llega su primo Luis y su toque sobre la osadía y el riesgo. Entonces en ella se destapa un panal de abejas que revolotean por todo su interior pero sin apoyar sus dulces patas en ninguna decisión. Controlarlas y llevarlas de vuelta al panal no es tarea fácil, pero Eugenia se conoce bastante bien y solo le basta suspirar mientras se escucha decir su eterno mantra: Si, puta, es difícil cambiar.
Sentada en el bus, Eugenia se queda inmóvil como una pared. Si no fuera por el agua brillosa de sus ojos, casi diría que esa muchacha está apagada. Pero no, simplemente se contrae en pasividad para aprender de sus sentidos. Quietita ahí, ella es dueña de un mundo al que se accede genéticamente y se habita por seguridad. Siente los pies adentro de sus botas negras, el olor a hierro  tibio y a mañana del autobús, la base de su lengua, el gesto de los pasajeros que al igual que ella viajan solos, el peso de sus pendientes, la sombra violeta sobre todo el lado izquierdo de la máquina. Ver y sentir estas cosas le regala distancia y pertenencia a lo que la rodea. Así mismo, encuentra  consuelo en el poder que le da ver todo esto por más que sea parte de una vida que quisiera cambiar. Pero no, ya costó bastante llegar hasta aquí, ya es tarde para cambiar, cómo lo haría, es tan espinoso y pesado el solo hecho de pensar en estos temas que ni me quiero imaginar lo que sería materializar ese pensamiento.
El bus gira por la avenida y Eugenia logra ver el puente que pasará a su izquierda en unos instantes. Sí, como voy a pagar el alquiler si le digo a Silvia que en realidad no me gusta lo que hago y que me sentiría más útil ayudando con la preparación de los cursos en lugar de llenar la estúpida base de datos. No lo aceptaría nunca! Silvia seguro que se enojaría conmigo y hasta me dejaría de hablar unos días mientras desparrama el chisme de que no encajo con el espíritu del equipo. En la vida no se puede tener todo, parte de crecer es aceptar lo que uno tiene y yo tengo un trabajo que mal que mal me ayuda a sostenerme.
Que ganas de irme lejos y empezar de nuevo.
El puente aparece  justo con el pensamiento, Eugenia le clava la mirada a sus brazos de hierro y le arroja esa idea loca para que le ate una piedra al cuello y la ahogue en el lago. Sin embargo, la esperanza parece rebotar y volver a ella en forma de un deseo irreflexivo por pararse y echarse a la calle. Así lo hace, sin pensar, como un impulso que busca traer aire a los pulmones. Se baja del bus unas cuantas paradas antes de su destino y ya en la calle, recupera el aliento y se pone a marchar para no llamar la atención.
Caminando, el sol de la mañana le acaricia la nuca y le llena un poquito ese vacío interior que provoca la cobardía de sentirse demasiado viejo para cambiar. Sus pasos llenos de agua la hacen pensar que la ciudad se está inundando. Ay Eugenia, que tonta sos!
(…)
Empieza a sentir la salada tentación, por primera vez. Por qué no! porque no! Afirma al preguntar y se pregunta al afirmar. Entonces se detiene junto a un portal y concentra, en el punto que hay entre los dos ojos, toda esa visión que de repente le ha llegado. Allí lejos donde se funden en una sola imagen el mundo derecho con el izquierdo se va formando la imagen. Con el bolso en la mano, proyecta la mirada en la acera y a ella se arroja como el agua de un balde que inunda toda la vereda con lo que hace instantes era una mano fría en el pecho.  Vuelve a sentir los pies dentro de sus botas siempre mojadas, su abrigo respirando, el bolso y el peso de todo lo que dentro lleva, siente el pelo, los anteojos, los pendientes, al abrazo del pantalón en la cintura, el sostén por delante y por detrás, las medias. Siente todo lo que por fuera está y ve en la acera todo lo que por dentro siempre sintió pero que ahora galopa.
Y ve surgir de ese charco inmenso, la materialización de su deseo. Llegan luces de lámpara color naranja y cobre, hormigas negras sin hojas sobre su cabeza, rinocerontes y tigres, muchos tigres, toboganes de lengua caliente, olor a pan tostado, ventanas abiertas y cortinas flameando, papeles de cartón y chocolates derretidos, finas láminas de madera y rayas azul marino, platillos dorados y cepillos que los golpean, febrero en verano.
Eugenia despierta y lo ve claro. El miedo de siempre esta más presente que nunca, sí, de eso no hay dudas, pero ahora por fin tiene forma y por lo tanto ya no es imaginación. Alguien le está ofreciendo un regalo que Eugenia parece estar aceptando. Ay Eugenia, que tierna sos!
Camina por la calle, con las botas secas y como un pez nervioso que rompió el huevo y está aprendiendo a conocer su aleteo. La ciudad va pasando por los costados como aquellos arboles que Eugenia veía por horas en la ruta camino a la casa de sus abuelos. Viaja con paso de miércoles pero algo se va apoderando de sus pantorrillas, un cosquilleo que no es propio de sus mañanas. Por qué acabo de doblar en la esquina? Bueno, es igual, sigo por esta calle y luego….mira esa chica con el abrigo largo de cuero cuando en realidad hace calor…..el reloj de la estación marca 9 grados, tampoco hace tanto calor, por qué este calor? Es el abrigo….
La luz verde del semáforo le abre paso hacia el puente que había visto desde el bus. Lo comienza a atravesar sin duda alguna y no recuerda haberle pedido nada hace instantes. Pero la inmensa masa de hierro suspendida sobre el lago no deja nunca de despertarle pensamientos a Eugenia. Esta vez se detiene imantada por el agua que pasa  por debajo, limpia y helada. Los coches a su espalda van camino a las oficinas empujados por el bostezo de este miércoles. Pasan uno, cinco, diez, muchos. Todos van y vienen a un ritmo del que Eugenia parece estar prófuga, como si ella fuese la única partícula estática sobre ese puente histérico que flota sobre una corriente de agua. Con el pelo en el rostro y el mentón sobre las manos que abrazan la baranda, Eugenia sonríe. El reloj de la oficina pública que ve a su frente marca las 9.20 de la mañana. Mierda! Ya ha pasado más de un cuarto de hora desde que tendría que estar en la oficina. Es igual, que más me da. De última llamo más tarde y digo que estoy enferma. Pero Silvia va a….mierda! Es igual. Que se vaya a la mierda Silvia, la computadora y el café!
Ya consciente que atrás queda el sitio a donde se dirigía esta mañana, Eugenia sigue caminando con las manos dentro de los bolsillos del abrigo y la tanza de cobre jalando su pecho. La ciudad esta hermosa esta mañana. Nadie parece estar caminando sin un propósito o destino y este contraste la hace sentir nuevamente poderosa.
Ya en la avenida huele el olor a masa tostada de un puesto ambulante de pretzels. Cuanto me gusta el olor a pan tostado piensa mientras mira las semillas de sésamo sobre la piel de plástico de aquellos rulos que giran frente a una parrilla eléctrica. Me da uno por favor? creo que tengo una moneda de 5, a ver en el bolso, pucha me quedan dos pañuelos, que rico olor. Gracias, buen día! La calle sigue pasando como árboles en la ruta. Eugenia corta un trozo y se lleva el pretzel a la nariz dejando entrar a todo ese vaho caliente que solo el corazón húmedo de la masa recién tostada logra emanar.
Llegando a la parada del tranvia, cuando la avenida hace esquina con la juguetería, se gira y ve un coche azul estacionado y con la puerta del acompañante abierta frente a una casa de cambio de moneda. Inmediatamente siente la anormalidad de la escena pero la tanza de cobre la lleva directo en esa dirección. A unos metros de la tienda siente la premonición de lo que está por ver. Y así es, al llegar y mirar la escena que está sucediendo dentro del local,  inmediatamente entiende el motivo de aquel coche con la puerta abierta. Se agacha para ver quien está al volante y logra ver el rostro de un hombre de barba oscura.
Eugenia comienza a sentir los pies dentro de las botas y el algodón de sus medias. El tiempo se suspende mudo pero todo sigue sucediendo. Y en un instante siente la base del cuello, desde adentro y como una tela viscosa. La humectación de los ojos, el abrigo calzar en las axilas, el ano, las marcas de expresión en los ojos al apretar su mirada, la piel que se alza entre la boca y la nariz. Cuando quiere darse cuenta, ya está metida adentro del coche por voluntad propia mientras siente la fuerza de una mano apretando su codo y queriéndola empujar hacia afuera. Mierda! Pero qué estoy haciendo!?! Es igual!
La puerta del negocio finalmente se abre y de adentro salen 2 hombres encapuchados y armados. Arrojan unas mochilas negras por encima de Eugenia y al engullirse en el coche se asustan al ver a esta mujer respondiendo con agresividad ante el forcejeo del conductor. Ya vamos!, grita entonces ella sintiendo la falta de espacio, estamos perdiendo tiempo!. No acaba de decir esto que el hombre a su izquierda se lanza sobre ella y abriendo su puerta, la empuja hacia afuera. Eugenia cae sobre el pavimento aunque con la mano derecha aun prendida de la ventana trasera del coche. El conductor sale disparado y Eugenia con ambas piernas afuera del coche siente el pavimento quemarle el muslo derecho. Métela en el coche, no la dejes caer! Grita el conductor nervioso y con la vista saltando de atrás hacia adelante. Pero estas loco! Qué dices?? Responde el otro desde atrás y dispuesto a quitarse a Eugenia de encima. Que lo hagas, mierda!! Y ante la mirada amenazadora del conductor, la toma de ambas manos y en menos de un segundo la jala y vuelve a meter al coche con la misma agresividad con la que hace instantes se quiso librar de ella. Cierran finalmente la puerta trasera y continúan velozmente por la angosta calle. En la esquina, sin dudar ni mirar, toman la calle hacia la izquierda y cuando ya en la avenida, giran hacia la derecha y se montan en la autopista. Nadie habla, todos atentos. El conductor marca una presencia dominante que no parecen tener los otros dos hombres. Ya bajando la velocidad del coche, Eugenia se percata que están saliendo de la ciudad.
Quien eres? quien mierda es esta? Pregunta desde atrás uno de los hombres. Mi nombre es Eugenia y ya no tiene sentido quien soy, soy parte de esto nos guste o no. El conductor hace una mueca que podría tomarse por sonrisa mientras la mira por el espejo retrovisor.
Lo que contó Eugenia a lo largo de las dos horas que duró aquel viaje, y lo que sintieron los tres delincuentes al escucharla -en especial el conductor-, lo dejo a otros de describir. Va más allá de mis capacidades.

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