17 sept. 2012

El viaje





Ya era demasiado tarde cuando encontré el momento para leer mis emails personales. Y pensar que la noticia había estado ahí esperando desde la mañana. Pero con todos los enredes del trabajo desde que había llegado, casi no me había acordado de abrirlo. La noticia me descubrió por fin cuando me detuve un rato para tomar un café y aguantar lo que quedaba del día. Eran pasadas las cinco de la tarde y si bien había sido un día de esos en los que el tiempo vuela agitado, llevaba contando los minutos para irme de la oficina desde que había salido al parque a almorzar.

 

 El aire aún caliente de septiembre me llegaba a través del ventilador mientras leía el email. Era breve, comenzaba sin introducciones, tan solo mi nombre coma y sin pausa se arrojaba a los hechos. Sus siete oraciones de menos de un renglón lo convertían casi en un telegrama me pareció al leerlo (y sentí un poco de ridiculez por mi empeño de fijarme en la estructura de un texto al mismo tiempo que lo leo, como si a través de este capricho lograse amortiguar su golpe). Me pregunté cómo era posible que me estuviera enviando semejante noticia a través de un correo electrónico; cómo era que no había al menos intentado llamarme. Sin embargo al final del texto y como post-data, Dora escribía: no quería darte esta noticia por escrito pero no me quedó otra opción. Te estuve llamando toda la mañana y me salía constantemente el teléfono apagado. Era hoy que había planeado irme y ya lo sabías desde hace tiempo, ¿te acuerdas? No entiendo porque te obligas a seguir aquí si ya nada nos queda más que sobrevivir. Sí, me adelanté, pero acá te espero. Llámame cuando lo leas, tal vez aún tenga cobertura.

 

 No pude evitar sonreír al leer esta última parte, era tan suya esa forma de escribirme.

 

Abrí el bolsillo pequeño de la mochila y confirmé lo que sospechaba, tenía el celular apagado y sin batería. Tal vez incluso desde la madrugada pensé mientras intentaba recordar la última vez que lo había usado. El aire del ventilador de repente comenzó a molestarme. Hice el gesto de levantarme para apagarlo pero tan solo me salí de la corriente y me acerqué a la ventana. A pesar de lo incómodo que me había dejado la noticia, sentía que podría encontrar el ánimo para continuar mi día como si nunca hubiera llegado. Tal vez la noticia sobre mi despido y la incertidumbre de mi futuro, sin trabajo ni ahorros, me había blindado ya contra cualquier clase de asombro. Era mi última semana de trabajo tras haber sido despedido el viernes pasado sin más tacto que una carta decretando que ¨la crisis financiera nos ha obligado a reducir personal por lo que lamentamos comunicarle que prescindiremos de sus servicios desde el próximo lunes 17 de septiembre¨. Lo que había hecho Dora era una reacción de la rabia que yo no me permitía sentir.

 

Por la ventana veía como un hombre vestido de gris cargaba sábanas y toallas sucias del hotel de al lado en su camioneta. Silva decía en grandes letras azules sobre la puerta corrediza que se dejaba ver desde mi ventana, y en otras más pequeñas, casi ilegibles, se leía Nettoyage. El tamaño de las letras debería ser al revés me dije mientras la noticia de Dora se me iba prendiendo del cuerpo.

 

Cerré el correo, guardé los pocos cambios en los documentos que tenía abiertos y apagué la computadora a las 17.38 según indicaba el reloj de la pantalla antes de volverse azul. De algún modo ya me había imaginado este momento. Tal vez no los hechos que habían sucedido pero sí la envidia que podrían llegar a pinchar en mí. No la creía capaz de semejante acción pero tampoco nunca dudé que la posibilidad cabía. La conocía desde hacía muchos años ya y sabia que tan solo bastaba la pizca de valor o agotamiento necesaria para dar ese primer paso. Me acordé de cuando me animé a saltar de un trampolín de casi diez metros a los nueve años y me sentí estúpido sentado en esa oficina.

 

Pensé en ir a casa, pero no, qué haría ahí adentro metido cuando todo esto había sucedido. Necesito aire, caminar. Bajé entonces por las escaleras hasta la planta baja y salí por la puerta principal saludando al guardia. -¡Au revoir, a demain!- me dijo con su acento africano-. Levanté la mano e hice un gesto de saludo; quién sabe si hasta mañana me remarqué a mí mismo.

 

Desaté la bicicleta y tomé la calle por la que bajaban los coches en dirección al centro.

 

Es curioso ver la ciudad tan animada. Nada se detiene pase lo que nos pase; todo encontrará siempre la manera de seguir su curso. Puede alguien tropezarse y romperse el alma hasta la muerte en sus calles; dejar a toda una familia en carne viva. Sin embargo yo no lo sé y aquí voy en mi bicicleta, siendo parte de la indiferencia que a su vez me hace sentir la ciudad.

 

Al pasar por la estación de trenes veo dos controladores esperando bajo la sombra de una columna, les paso por el lado y veo que están mirando su máquina de imprimir multas. Vaya mierda de invento pienso siempre que las veo, no les importa si uno es desempleado, insolvente, o peor aún, hipotecado, desempleado y con hijos. Todos somos iguales cuando de recaudar dinero se trata, ahí sí que no hay discriminación; nos necesita a todos por igual. Es así, nosotros mismos creamos la cultura que nos aleja de la felicidad.

 

En lugar de continuar hacia al centro prefiero desviarme por las calles menos transitadas. La mochila y el calor húmedo de la tarde me empapan de sudor la camisa. Sin embargo no me molesta, tengo ganas de seguir pedaleando, de seguir dando vueltas sin más intención que asimilar la noticia. Subo entonces por la calle paralela a la Rue de Servette y poco a poco los negocios y supermercados del centro se van transformando en casas con jardines. Dora me lo había advertido, es verdad, pero cómo podía yo creer que se animaría a embarcarse en semejante locura. Nunca entendía si me lo decía metafóricamente o si realmente lo creía; preguntárselo me parecía hasta ridículo pero igual lo hacía. -¡Claro que es verdad, tonto!- me repetía y me besaba porque olfateaba mi duda y eso la emocionaba más que mi indiferencia.

 

Algunos amigos suyos, los cuales yo nunca había conocido, ya se habían ido allí hacía algunos años. Y al regresar para buscar familiares aseguraban que aquel sitio era distinto. Decían con un gesto que no parecía tener intenciones de convencer, que allí había un instinto de vida primitiva nunca antes visto aquí; y que la población local era afectuosa con aquellos jóvenes y ancianos que desembarcaban como niños en su primer día de clases. La verdad es que cada vez que me contaba estas anécdotas por la noche, acababa desvelado y suponiendo por el  gesto blando de Dora al dormir, que ya estaba allí, en aquel sitio y con el resto de aquella gente de la que hablaba pero que yo desconocía y que en realidad era un mundo imaginario en sus sueños. Pese a eso, en esas noches de insomnio inofensivo balanceándome en la hamaca de la noche, me dejaba picar por la fantasía de vivir en aquel lugar remoto donde no había leyes ni multas, no había necesidad según me contaba. Un lugar donde desde este mundo sólo llegaban los osados que escapaban de la vulgaridad de subsistir una cultura decadente y escéptica sin nada por lo que luchar o creer. Alzaban vuelo vestidos con lo puesto y sin más equipaje que sus hijos en los brazos y la ansiedad por vivir y componer.

 

Era la hora del crepúsculo cuando llegué al polígono industrial de las afueras de la ciudad. El paisaje plano y ancho que se veía desde allí exageraba el cielo violeta de finales del verano. Desde abajo y junto a mi bicicleta, como una hormiga que miraba a Dora, comencé a sentirme cerca del nuevo mundo.

 

Tras un rato sentado sobre el cordón de aquella tarde inmensa, me alcé decidido. Dejé mi bicicleta apoyada sobre la parada del único autobús que llegaba hasta allí; saqué mi llavero del bolsillo pequeño de la mochila y afirmé la llave del candado sobre el sillín de cuero negro a rombos. Ya no la voy a necesitar.

 

 -¡Embarcaré mañana, no hay más que creer!

 

 Sentí un alivio, ligero pero hondo. Y al mismo tiempo logré finalmente desvestirme de la impotencia con la que me había cargado la noticia.

 

Me dejé entonces arrastrar por el viento del atardecer, el cual me cargó hasta el ocaso por un camino que jamás antes había recorrido y despidiéndome de rincones que veía hoy por primera vez. Flotaba cuesta abajo por el cuello del suburbio viendo como se dilataban y menguaban las luces de una nueva ciudad que nacía de noche. La avenida se veía cansada por el bochorno del verano y sin embargo fiel a su tenacidad materna, empujaba como un oleaje el andar de sus últimos hijos hacia arriba y abajo.

 

Si bien el aliento de la noche era amigable, ya comenzaba a ser algo remoto para mí. Me susurraba al oído palabras que yo no comprendía y la ciudad se hundía en los pasos con los que me despedía de sus calles. Era ella la única que no era indiferente a mi despedida, y eso, tal vez, la llenaba de nostalgia. La sentía lamiéndome los talones, esmerándose por recordarme que en sus dedos había yo vivido los últimos veinte años de mi vida y que en sus relojes se habían lacrado los secretos de mis sueños. Secretos que ahora se deshilaban, y sueños que comenzaban a dar sombra.

 

Llegando al centro compré algunas cosas para el viaje en un supermercado paquistaní; dos barras del chocolate con trozos de sal que le gusta tanto a Dora, tres mangos, un cuaderno y una lapicera de tinta roja, dos revistas de crucigramas y algunos caramelos ácidos.

 

Cuando llegué a casa intenté llamar al celular de Dora pero fue en vano, estaba apagado o fuera del área de cobertura me decía un contestador automático.

 

Me duché y me recosté sobre la cama con la ventana del cuarto abierta de par en par viendo como un colchón de estrellas metálicas iluminaba las sabanas. De algún modo conversaba con Dora a través de ese paisaje; la imaginaba viajando con su bolso gris y su esperanza en mí.

 

Me hubiera ido esa misma noche de no ser porque quería regresar a la oficina al día siguiente a buscar una bufanda que me había tejido mi abuela. La había dejado en la oficina uno de los últimos días del invierno. Pocas cosas llevaría en mi mochila, pero esa bufanda seguro que sería una de ellas.

 

Luego como una antorcha frente el respiro de la noche, me fui apagando hasta dormirme en un limbo.

 

 -¡El teléfono!– grité al escucharlo sonar sin saber muy bien dónde estaba ni qué hora debía ser.

 

De un solo movimiento me alcé de la cama y lo alcé del escritorio donde lo había dejado cargando la batería. Leí número privado en la pantalla y me quedé inmóvil. Tanta prisa y sin embargo ahí me paralicé.

 

Finalmente contesté.

 

Hola!...hola- repetí buscando un tono que no expresara inquietud.

 

Creí oír entonces un silencio rompiéndose desde lejos. O más bien el eco de una voz que se perdía entre fisuras mientras parecía esforzarse por llegar a mí. Me quedé callado, esperando el pinchazo de una voz, de su voz. Sin embargo no llegaba, se ahogaba en el camino, y con ella yo.

 

Cuando por fin cesó el esfuerzo del otro lado, me acerqué a la ventana y alcé la vista a la noche, con medio cuerpo asomado al exterior dije lo más clara y pausadamente que pude:

 

-Yo sé que me escuchas Dora, y solo te quiero decir que sí, que lo he decidido y me iré allí arriba contigo. Que me disculpes por dejarte ir sola y que hiciste bien en hacerlo. Te quiero y espero que me oigas. Salgo en el cohete de mañana. No te preocupes, ya sé todo, sé cómo llegar. ¿Me oyes?

 

Me callé esperando una respuesta mientras poco a poco iba apoyando los talones sobre el suelo. Es ella, yo sabía que me llamaría, no necesitaba escuchar su voz para confirmarlo. No importaba que del otro lado hubiera un silencio esperando a ser roto; su email me había dicho todo lo que necesitaba saber.

 

De repente, de forma inesperada, llegó una voz que parecía haber marchado a través de alboradas y épocas. Llegó desabrigada, suspirando, desplomándose:


-…Cree…- dijo Dora.

La lanza me atravesó. Otra vez la pausa eterna inundándome, y la noche mirándome el rostro, el sonido de la sangre azotándome el cuello y la certeza de un nuevo mundo invitándome a llegar.

 

-¿Me escuchas?- alcancé a decir cuando ya era tarde. El tono en el teléfono se había cortado y me había dejado creyendo ver a Dora afuera de mi ventana, viajando entre estrellas con su bolso de cuero gris y sus zapatos chatos.

 

Continué mirando por la ventana un rato más hasta calmarme. Luego finalmente me fui a la cama con el teléfono en la mano y su palabra en los ojos. Permanecí recostado mirando por la ventana y viajando como si ya fuera mañana. Me veía con mi mochila en la espalda y mi miedo adulto embarcándose hacia el espacio. De a ratos sonreía mientras me imaginaba en los días que vendrían, que más que días tal vez serían espacios en el tiempo, ¿quién sabe? ¿Quién puede realmente saber qué hay allí arriba? Solo los osados…Y allí voy yo, con Dora.

 

Los pensamientos se apagaron al fin y el sueño me venció.
 
 

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