7 ene. 2013

Santos Inocentes (Parte III: La juiciosa realidad)


A todo esto una nube cubre el escaso sol que me iluminaba mientras permanecía inmóvil frente al café. Y percibo a mi ciudad, bajo el cambio de luz, como si fuera un cuerpo violado y mutilado. Lo veo claramente moribundo mientras yo descanso agitado y a cierta distancia del cuerpo, el inacabable.

Casi irreconocibles, las calles están impresas con una luz de atardecer y una dinámica que me resultan histéricamente desacertadas; como todo lo que llevo viviendo desde que salí de aquel baño hace sólo unos instantes. ¿Acaso estoy fantaseando? me pregunto aterrado mientras siento que me caigo entre los pliegues de una realidad. Me acaricio las muñecas con las manos y encuentro un efecto sedante en este acto.

Tal vez cerrando los ojos pueda vivir como un alquimista. O al menos darle cimientos a  la esperanza de convertir todas esas líneas que se me cruzan al abrir los ojos, en una sola visión agradable. Capaz de explicar esta fiebre que marcha pero regresa, y siempre me deja como a un niño perdido en su habitación.

Es en vano. Al cerrar los ojos siento las miradas sobre mí; todas recorren sobre un lienzo negro con intención de ser distinguidas entre su pares. Algunas, desesperadas, piden piedad bajo mi autoridad, otras, juiciosas, se hinchan ante mi incapacidad para entender sus acusaciones. Y al abrir los ojos confirmo mi miseria. Una ola de gente va y viene por la ciudad pero todos me miran al pasar como si fuera un extraño objeto.

Un niño me señala claramente. Tira del abrigo de su madre mientras sus ojos saltan de los míos al poste de luz que hay junto a su madre. Ella, ignorando lo que el niño intenta decirle, lo sube al tranvía.

Me acerco. Caminando sin percibir lo que sucede a mi alrededor. Sin saber realmente si estoy siendo parte de todo lo que me rodea, así como tampoco jamás he sabido si estoy realmente activo.

Sobre el poste de luz hay un afiche con mi rostro. Me identifico inmediatamente en una foto tomada hace unos meses; o no, en verdad dudo del tiempo. La opresión en las sienes finalmente se evapora y siento como, poco a poco, un proceso cargado de alivio ensancha mi cabeza, y con ella mi lucidez. El cartel dice que soy Moritz Gleixner, que tengo 26 años, que he asesinado seis mujeres y estoy fugado de un centro penitenciario desde hace diez días, y que soy una persona que  padece serios trastornos de percepción.

Caigo al suelo, ahogado y boqueando como un pez en la superficie. No puedo evitar romper en un llanto desolado. Siento culpa e impotencia. A mi lado, un periódico dice que hoy es lunes siete de enero del 2013. Y no sábado.  

FIN.

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