16 jul. 2013

El silbido

El carcelero cierra la celda y se aleja sin hablar. Adentro queda un hombre en un calabozo de apenas cinco metros cuadrados. Otra noche más, es lo primero que piensa el recluso al escuchar las llaves del centinela alejándose. Las voces y la compañía han concluido por hoy, al menos así lo decreta una autoridad superior a la suya. Y es en ese preciso momento cuando añora la compañía de los demás reclusos, cada noche con más afán que la anterior; mismos si apenas habla con ellos, mismo si rechaza sus aires y conductas, pues los ve como animales toscos que nada tienen que ver con él. Pero por más que hace fuerza con la razón para espantar una sensación de abandonado y de frio en verano, la presión en sus tripas siempre impera al escuchar el CLAC! que hace la celda al cerrarse.

Otra noche más ese ruido le indica que no le quedan más opciones que aceptar la realidad, resignarse como un crío abrazando los barrotes de su cuna mientras la autoridad se aleja paso a paso, hasta finalmente desaparecer por completo del tramo de pasillo que le permite el ángulo de su celda.

El rito es cada noche el mismo e iniciado siempre por la mescolanza de soledad y necesidad que inundan el calabozo de aquel hombre. Se ha vuelto un verbo encarnado, pero no por eso menos sentido o verdadero, para nada. La secuencia es más o menos así: el varón se acerca a la ventana enrejada que hay sobre los pies de su cama, las luces llegando desde la avenida se van acomodando sobre su rostro, enciende un cigarrillo y es entonces cuando, sin prestar mayor atención a lo que ve, comienza a silbar. La melodía improvisada atraviesa las rejas de la ventana mientras se va desvistiendo del humo de tabaco, baja con la corriente de aire que la pilla apenas se asoma, y llega hasta la ciudad.

Toma la avenida sobre la que algunos oficinistas rezagados todavía se escurren para regresar a sus casas. Es empujada por los tosidos tóxicos de los coches hasta alcanzar la entrada del parque sin haber perdido un solo cabello en la hazaña. Lo entra por el espacio que hay entre las rejas de su entrada principal y una vez dentro se deja sobrevolarlo. Su avance zigzagueante entre corrientes va rozando las ramas húmedas de rocío y smog. Al desfilar por los arbustos del jardín botánico, su cuerpo es tocado por los suspiros de una pareja de adolescentes haciendo el amor a escondidas del mundo. Continúa hasta salir por una de las puertas trasversales del parque y avanza por las calles de un barrio porteño en una noche de verano. Viaja aferrándose a las corrientes que generan las persianas y puertas de negocios que comienzan a bajarse o cerrarse. De una ferretería aparece una melodía de violín llegando desde una estación de radio AM y la cual, al toparse de frente con el silbido, éste último se abraza fuerte a sí mismo para no confundirse con la cadencia del violín.

Recorre las calles sin prisa ni propósito, avanzando sin más proyecto que la que pueda tener un suspiro melodioso.

Cuando la noche finalmente marca su hora más espesa, llega también una clara sentencia de final. Fatigado y débil pero aún vivo, el silbido busca un árbol donde celebrar su dilución. Pero su fuerza ya casi no existe y va derrumbándose antes de llegar a su destino. Acaba desmoronándose y cayendo, más bien flotando cuesta abajo como un alfiler en el agua, hasta desplomarse moribundo sobre el lomo de un gorrión de ciudad. El animal, que hasta el momento descansaba sobre una rama, ahora se percata de que algo le ha caído encima. Se sacude agitando la cola y revoloteando sus alas mientras el silbido agoniza aferrado al lomo del animal como una funda invisible. El animal irgue el cuello y sin moverse de la rama, comienza a cantar. Son las tres y cuarto de la mañana pero cualquiera diría que suena a amanecer.
El silbido del pájaro recorre las veredas vacías y entra por la ventana de una casa en la que encuentra a un hombre desvelado en la mesa de la cocina. El canto lo apresa apenas entra por sus oídos, recorre el cuello y pecho de aquel hombre y lo hace pararse a buscar un papel, baja entonces por el codo y llega a los dedos que sujetan este bolígrafo madre. Finalmente aparece un silbido diluido en el papel. 





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