4 dic. 2015

Tonos contagiados

Llegaba ya tardísimo y estaba aún quieto, clavado en un cruce de calle y avenida en el D.F mexicano, buscando un taxi. Estaba agitado pero atento como un pescador (uno sin experiencia ni arte pues la ciudad entera me esquivaba como lo hace con todo aquel que vaya a contracorriente del caos). Por fin el semáforo cambió de color y los autos se amontonaron como peces en la red. Esta es la mía, pensé al ver que se acercaba un taxi. No lo dudé y abrí la puerta del copiloto soltando ya las indicaciones. El conductor me lanzó una mirada de esas que debe recibir la parca y atrás, en el asiento, un pasajero bajó el celular por el que hablaba y se aferró al asiento como si mi aparición fuera a catapultarlo por el techo de aquel Volkswagen. Se asustaron ellos pero más me asusté yo. Y supongo que el pánico se leyó mejor en mi rostro porque aquel viajero con aires de director de cine, al enterarse de que no era más que un turista a la deriva, se apiadó y me preguntó a dónde iba. Al, al centro, tartamudeé, y antes de que suene la primera bocina del mar de coches que se amontonaba por detrás, ya estábamos codo a codo rodando por la ancha avenida.
Durante el trayecto no paró de hablarme. Sin haberme dado tiempo tan siquiera de presentarme, empezó diciéndome que en el mundo todo iba muy mal y que, tras los hechos de los últimos días, todo iría aún mucho peor en las próximas semanas, meses y años. Todo fatal, sentenció. Y después no paró de hacerme preguntas. Qué pensaba sobre esto, sobre aquello, sobre los 43 estudiantes desaparecidos, sobre los recientes ataques en París, sobre el cine mexicano, sobre la privacidad en internet y la big data, sobre la eterna estupidez humana a la hora de gobernar países o nuestra propia vida. Detuvo unos segundos la intensidad de sus preguntas pero sólo para regresar con una mirada concentrada y decirme que no hay momento del día ni de la noche en que dejemos de pensar.
“La única pregunta procedente es ¿en qué?; ¿qué decidimos rumiar en los ratos perdidos del día y en la oscura quietud de la noche? ¿A dónde va nuestra mente cuando no hay ningún lugar específicamente definido a donde ir?”
La pregunta es importante, dijo conservando la mirada, porque su respuesta define la clase de personas que decidimos ser. Y acto seguido se quedó mudo. Por fin, pensé. Fue un momento casi poético porque su silencio me permitió concentrarme en el caos que se proyectaba por mi ventana y caer en la cuenta de que estaba donde estaba, yendo a donde iba. Pero también es cierto que entendí mejor todo cuando se bajó del taxi y me quedé solo adentro de aquella burbuja móvil.
Había ya recuperado la calma cuando el taxista me dijo de repente: "Ese chavo hablaba muy bien, ¿se ha fijado? Pero que muy bien. Y sabía preguntar.” Le correspondí con una sonrisa muda. “A mí también me gusta preguntar", dijo mirándome por el espejo retrovisor. Y entonces quiso saber si no pensaba que raramente tratamos con personas razonables y no sé cuántas otras cosas más quiso saber y se fue haciendo evidente que se le había contagiado el tono de aquel pasajero.
Está naciendo un sentido pensé. Y aturdido por tantas preguntas y por estar llegando terriblemente tarde a mi encuentro, se me ocurrió que tal vez el primer sentido nació así: alguien en la noche de los tiempo, cuando todo era desconcierto, habló con otra persona y se contagió del tono de su discurso, y así, en medio del caos nació el sentido, como acababa de suceder en aquel taxi. La idea me quedó dando vueltas.
Esa tarde con mi amiga paseamos por el centro defeño, cenamos en un salón de la calle Bolívar, seguimos bebiendo en una cantina de la calle San Jerónimo, y acabamos bailando toda clase de ritmos en un bar pintado de rojo sobre la calle República de Cuba. Ya de regreso, ambos rumbo al sur de la ciudad, compartimos un taxi. Como se sabe, en el D.F. el más corto trayecto puede durar más de una hora. Por suerte el viaje se fue haciendo más ameno gracias al relato tragicómico que mi amiga, tocada por las tequilas, me iba contando sobre su familia. A medida que desplegaba aquel abanico de tíos, primos, cenas de navidad, peleas y reconciliaciones, el relato se volvía cada vez más extraño y caótico, como la historia de toda familia. Tras casi cuarenta minutos de viaje llegamos a casa de su hermana, donde se estaba quedando. Una vez abrió la puerta y se perdió por detrás de la verja negra pensé que se habían acabado las charlas por esa noche.
“Sí que tiene historias esa chava….” Oí que me dijo el piloto mientras salíamos hacia la avenida. E inmediatamente supe que el tono narrativo de mi amiga se le había contagiado a aquel conductor. “Nosotros somos nueve hermanos, seis en León, dos aquí en el mero sur del D.F., y uno que murió aun chamaco el pobre” y así, en la media hora que siguió de viaje hasta Coyoacán, aquel taxista, contagiado por un sentido, me fue revelando los detalles tragicómicos de su familia.
Escribo este texto al día siguiente, desde un café en la calle Regina, a pocas manzanas del histórico Zócalo. Pero se me ocurre que bien podría estar escribiéndose desde Sao Paulo, Buenos Aires, o Ciudad de Guatemala, o Damasco, París, o Moscú. Bien podría este texto tratar sobre el tono que se contagia por las calles de cualquier lugar. Y por cierto, ¿qué tono anda contagiando usted? ¿Qué sentido está naciendo en el caos de su ciudad?
 
 
Publicada en esQuisses, el 20 de noviembre: http://www.esquisses.net/2015/11/tonos-contagiados/
 


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