29 ene. 2016

Sobre los campos del sur y su clarividad


De los paisajes del sur de la provincia de Buenos Aires, el de esta región es quizás el más seco y ventoso. Para donde sea que uno mire sólo encuentra una extensa llanura de pastizales rubios, o color miel, de modo que las vistas de por aquí, en esta época de verano, son doradas y salvajes como el pelaje de una bestia. Aunque esto es un puro decir, porque la luz opaca del sol sureño y el viento silbando tierra día y noche, hacen de este lugar un emblema nacional de desolación.
(A simple vista no parecería tener nada especial esta región recóndita de la provincia, pero sin embargo ningún viajero que haya pasado por allí pudo escapar al magnetismo que provoca este paisaje con espíritu de baldío del mundo. Tanto es así que el mismísimo Darwin, en su viaje de juventud a bordo del Beagle, desembarcó aquí en septiembre de 1832 y, fascinado por lo que veía, acabó quedándose más de lo planeado, dándole forma a lo que luego se convirtió en un capítulo completo de su libro Textos esenciales, el cual compila sus observaciones durante los años de trotamundos. El capítulo se tituló igual que aquel lugar: Bahía Blanca.)
En algún punto de la extensa llanura que hay entre Bahía Blanca y Punta Alta, no muy lejos de una rotonda que une, o despista, tres carreteras que llegan desde lejos, hay un caballo pastando. No lleva montaje ni bozal, tiene el cuello encorvado hacia el pasto y, de no ser por el movimiento de su mandíbula (con sus grandes dientes manchados de hierba), uno diría que el animal está completamente inmóvil. Son los primeros días de enero y en el mundo se respiran aires de espontaneidad y redención. El caballo ahora mueve la cola para quitarse de encima las moscas que lo molestan mientras mastica.
Si uno se adentra en el campo que se extiende por detrás de la única parada de autobuses que aparece junto a la ruta, más o menos a unos cien metros, hay una enorme piedra seca del tamaño y forma de un coche. Es el viento el que lo acerca en esa dirección. El joven ha venido caminando desde el mediodía. Ahora son algo así como las cuatro de la tarde.
Al llegar a la piedra se monta hasta su parte más alta y alza el rostro al cielo (el sol opaco cuelga sobre el paisaje desolado de pastizales rubios, o color miel), estira los ojos hacia donde está pastando el caballo y –mirándolo- se dice con la voz sorda del pensamiento: Tal vez mañana consiga empezar a ser otro, aunque a decir verdad más bien creo que seguiré siendo el mismo que  una vez más intentará situarse en este mundo; quizás por eso es que desde este lugar de enero necesito volver, una vez más, a inventar el primer enunciado de mi manifiesto; un manifiesto que nuevamente será incapaz de abarcar un  mundo que en realidad no está en ninguna parte, y es interminable.
El caballo deja de pastar y avanza unos metros a paso bien lento. El joven saca de su mochila un cuaderno y comienza a hacer anotaciones sobre el año que acaba de irse. Pero también es  cierto que en cuanto escribe cualquier palabra sobre el pasado, inmediatamente se detiene y siente desasosiego hacia el futuro, pues ve que su mundo ha quedado ya de inmediato reducido, y que su tiempo es finito. Estira nuevamente los ojos hacia el caballo –ahora ya pastando- y lo mira como quien se apoya para catapultarse. Pretende, desde el pensamiento, llevar a cabo un acto que le permita situarse en la historia de la humanidad, o por lo pronto en éste año que comienza.
El futuro se le desgaja por todos lados en barrancas hondas, y el pasado se le hunde en  un fondo que se pierde lejano. Dicen los lugareños, tal vez para evocar el espíritu iluminado de Darwin, que aquellos pastizales dorados, o color miel, tienen poderes de clarividencia para el viajero. Pero él, lo único que ve aparecer es el viento cargado de tierra. Tal vez es el viento -piensa-, que no deja crecer recto a ningún yuyo, pensamiento, o al menos un arbolito de esos  tristes que en estos lugares del sur parecen pasar la vida entera aferrados con todas sus fuerzas a la tierra seca.
Casi que se lo puede oír rasguñando el aire con sus pensamientos espinosos, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar. Vencido, remarca en el caballo que pasta a lo lejos, en su cola meneándose para ahuyentar a las moscas. Y es justamente ese vaivén despreocupado el que lo lleva a pensar que nosotros, los humanos, nos pasamos la vida entera sumidos en la actividad y la preocupación, atrapados en una eterna búsqueda del placer, haciendo todo lo posible por huir de lo desagradable. Malgastamos nuestra energía intentando una y otra vez buscar seguridad para sentirnos mejor. Entre tanto -comienza a concluir sentado en la piedra- el mundo de la experiencia real pasa por nuestro lado sin que nos demos cuenta de él.
El caballo, observado desde la cima de aquella piedra, comienza a ser para el joven una manifestación de lo real: es la realidad misma llegando cuando dejo de buscarla, se dice algo exaltado. Y es precisamente durante uno de esos primeros destellos de entusiasmo intelectual cuando el caballo deja de mover su cola y, sin dejar de pastar, comienza a defecar. El joven es de pronto arrebatado del goce científico que le generaban sus primeras conclusiones y queda íntegramente atrapado por la realidad; incapaz de reflexionar. Lo único que puede hacer es fijar con ímpetu la vista en el comportamiento indiferente del animal que, mientras come, libera unos tremendos trozos de excremento. El viento sopla, y las páginas de su cuaderno vibran ligeramente, pero el joven viajero no escucha el aleteo del papel. En su mente no hay reflexiones, no hay ni siquiera conciencia de su identidad, todo su ser está atrapado por la fascinación de lo que acontece. Y en su mente –deshabitada de todo pasado, futuro, o ambos enredándose-, sólo hay un presente inevitable que lo llena y que de tener forma, olor y sonido, sería el de la bosta cayendo sobre los pastizales rubios, o dorados, de Bahía Blanca.
 
Columna publicada en la revista cultural esQuisses. Guatemala, 29 enero: http://www.esquisses.net/2016/01/sobre-los-campos-del-sur-y-su-clarividencia/

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