21 jul. 2012

El verano intermitente




Dani, sal del agua! Te lo he pedido ya tres veces y no quiero volver a repetirlo- grita mama desde la orilla.

 

No le contesto. La veo parada justo ahí donde el lago apenas tiene fuerzas para llegar y sé que no se animará a entrar más allá de los tobillos. Entonces miro de reojo a través de mis antiparras, respiro hondo por la boca un instante antes de sumergirme como tragado por una bestia acuática, y nadando como una rana a centímetros del fondo me alejo aún más de ella. Ya bajo el agua, imagino que me persiguen y que debo huir midiendo mi respiración. Me alejo. Cuando ya por fin siento la necesidad de respirar, controlando mi ansiedad salgo lentamente de aquel mundo silencioso asomando primero la cabeza y luego los brazos. Me giro y la veo a mama por fin yéndose hacia donde están mis hermanas. Ja!

 

Todos estamos jugando. El sol rebota sobre mí y el resto de niños que llenamos de alboroto esta tarde de verano. Lo veo sostenerse sobre el agua con sus rayos y cubrirla de brillos metálicos. El calor agobia a los más grandes, que se esconden en sus sombrillas. Hace sudar a los heladeros y demás vendedores ambulantes, y yo sigo creyendo que me persiguen los soldados. Ay sí! Eso es el verano, las chispas sobre el lago y la ansiedad por todo.

 

Salgo del agua y me quedo un instante en la orilla viendo las piedras que se mojan con cada ola que llega. Ya el sol hace un rato que ha comenzado a esconderse y yo me abrazo el cuerpo temblando de frio. Comienzo a reírme exageradamente para dejar escapar la electricidad que me provoca el viento. Me gustaría llevarme una de estas piedras blancas para mi casa pero ya las he visto volverse opacas y tontas cuando luego las quito de mi mochila. Esta vez elijo una de color rojizo y rayas marrones. A ver si esta noche me seguirá gustando. Me la meto en el bolsillo del bañador y me voy corriendo hacia donde están los demás.

 

Mama me envuelve en una toalla que saca del bolso mientras me dice no sé que. No presto atención a sus palabras y espero a que me suelte para irme a sentar en el pasto.

 

Quédate aquí ya y sécate- me dice frotándome la espalda.

 

Me alejo unos metros de ella y me dejo caer de espaldas creyéndome una oruga que intenta sentarse. Ya incorporado, imagino el color morado de mis labios que vi en el espejito de mama hace unos días cuando salí del agua y me sorprendió la imagen. De algún modo, desde aquel momento, he comenzado a notar el color y la forma de los labios.

 

Y papa? – pregunto

 

No está, no ves? – me dice mi hermana desde atrás y su tono me deja claro que no me quiero girar a verla.

 

Se volvió antes a casa, tiene que hacer unas llamadas – dice mama.

 

Hundo la nariz en el pliegue de toalla que se forma entre mis rodillas y me invade la paradoja de querer y no querer que papa este allí, de sentirme enfadado y al mismo tiempo aliviado ante la noticia. Creo que no me molesta que se haya ido a la casa, sé que tampoco lo hubiera ido a molestar de haber estado aquí con nosotros -papa nunca me dice nada pero yo sé que a él no le gusta que lo moleste-. Hundo aún más la cara forzando a que se amplíe el pliegue de toalla y me enfado porque una vez más se fue y no se metió al agua a jugar, me enfado porque yo tampoco me animé a pedírselo, porque siempre que le pido algo, me hace sentir pequeño y tonto. Pero igual quiero verlo, igual quiero que este aquí y seguir esperando a que se levante y venga al agua conmigo.

 

Esta paradoja de sentir dos emociones tan opuestas y a la vez tan naturalmente unidas, la recuerdo haber reconocido por primera vez durante aquellos días. A los 11 años, claro, no se sabe exactamente qué es el tiempo, ni mucho menos el empeño con el que se reflejarán en nuestros ojos adultos aquellas primeras premoniciones. Tan solo podía intuir que existía algo que condicionaba mi vida y que olía a toalla limpia apretándose contra los ojos y a ganas de estar solo. Porque a pesar de que la vida hasta entonces no había sido más que un manojo de años, estos ya me habían enseñado que los veranos se acaban. Así, de repente. Y no porque yo lo quiera.

 

Eran los últimos días de Febrero y faltaba poco para mi cumpleaños. Pero si nadie me lo hubiera dicho y fuese un secreto, habría sido uno fácil de descubrir para mí. Lo podía intuir por la desolación inexplicable y repentina de los atardeceres en el lago. El sol comenzaba a bajar más pronto y el cielo se tornaba naranja antes de que mama terminara de levantar nuestro pequeño campamento diario. Me tenía que poner un suéter para regresar a casa, y muchos de los puestos de sándwich y helado ya estaban cerrados para cuando esperábamos el bus. Las familias en el lago cada día eran menos, y poco a poco, uno a uno, se iban regresando a la ciudad todos mis amigos. A la mayoría de ellos no los volvería a ver hasta el verano siguiente.

 

Papa tenía que regresar antes a Buenos Aires porque lo habían llamado para decirle que tendría que viajar por trabajo. Así que la última noche antes que se regresara, a modo de despedida, cocinó dos pollos en la parrilla que había en el jardín. Yo lo ayudé a preparar la cena sin que nadie me lo pida. Quería decirle algo pero no sabía exactamente qué, gritar y pegarle y al mismo tiempo hacerlo reír y sorprenderlo. Revoloteaba alrededor suyo asegurándome de que todo esté a su alcance. La sal gruesa, el papel de diario para limpiar los hierros de la parrilla, un palo para que reparta las brasas. Corría a la cocina en cuanto notaba la falta de algo y traía cuchillos y platos mientras mama me gritaba que no corra con cuchillos en la mano. Me paraba al lado suyo anticipándome a todo, buscando su mirada con una sonrisa estreñida y la duda de estar molestando. Con cada sorbo de vino que bebía, se secaba el sudor de la frente mientras yo coreaba qué calor, no? Y bebía de mi vaso coca cola con hielo. Me acuerdo que los dos estábamos sin camiseta. Me sentía ansioso, desunido.

 

Mama, mis hermanas y yo, regresamos cinco días después atravesando el país de este a oeste en un viaje de casi 8 horas y en un bus de dos pisos de la compañía Pulman. Le insistí a mama que me dejase ir en el de arriba, en parte por la excitación de la altura pero principalmente porque sabía que ellas se mareaban con el movimiento espeso del segundo piso. Necesitaba ver el paisaje yéndose por la ventana y quedando atrás. Me sentía rabioso por el final del verano, por el mutismo de papa, por mi cobardía. Y quería despedirme con la misma violencia pasiva que masticaba desde hacía días: viendo como el verano se enterraba rápidamente y sin piedad en el paisaje que dejaba atrás aquella ventana de la compañía Pulman.

 


 

Finalmente pegué un estirón y mi cuerpo se desvistió de aquel cuerpo de niño rana. Se me ensanchó la espalda y mis piernas se volvieron fuertes y aventureras; mi cabeza cambió y lo primero que hizo fue desprenderse del pasado, o así lo sentí. Me fui de casa para estudiar arquitectura en una ciudad con mar. Una vez más, lo que creía buscar era distancia y aventura. Mama me llamó cada día al principio para preguntarme cómo iban las cosas, bien le contestaba yo siempre; papa se despidió con un abrazo que supo a silencio de borracho. Sentí que me quería decir algo pero el óxido llega incluso hasta a las palabras. Ambos callamos y apretamos el abrazo cuando sentimos el musgo. Tal vez no sabíamos exactamente qué decir, o más bien cómo comenzar a decirlo.

 

Y entonces hubo una chica en otra ciudad a la que llegué un día. Y hubo versos y besos. Terminé los estudios y con Sofía nos fuimos a vivir juntos. Y hubo más versos y con ellos una vida que fue tomando forma sin casi percibirla. Fue natural de algún modo. Como ir viendo a un niño crecer sin percatarse del cambio diario.

 

Nunca me creí capaz de darle una forma definida a mi vida. Sin embargo llevó tiempo pero aprendí la receta; dejarme llevar, dejarme querer. Los días donde me sentí lejos de lo que me rodeaba se fueron achicharrando hasta convertirse en un sentimiento infantil, o así quiero creer.

 

Cuando cumplí 40, Sofía me propuso irnos de viaje con los niños a un sitio que me hiciera ilusión conocer. Le propuse entonces regresar a la ciudad con lago de aquel primer verano. No había vuelto desde entonces. Fue una decisión que incité inconscientemente, como si hubiera estado esperando aquel momento todos estos años.

 

Viajamos en bus. Sofía a mi lado y los niños en el piso de arriba. Sentí entonces el paisaje devolverme a través de la ventana todo aquello que se había guardado. Arrojándome a la cara algo más que un verano lejano. Intento nunca regresar a los sitios del pasado. De algún modo me incomoda ver en los ojos de lo que una vez conocí, el descarado paso del tiempo. Incluso esta vez siento que no fui yo el que decidió llegar hasta allí sino las fuerzas ocultas que parecieran ser las verdaderas dueñas de nuestras acciones.

 

Pasamos unos días felices. En total debían ser dos semanas. Por las mañanas me quedaba en el hotel, trabajando y leyendo. Ver desde la ventana del cuarto a Sofía yéndose con los niños hacia el lago me llenaba de error y acierto, de querer irme con ellos y al mismo tiempo de preparar una mochila e irme lejos para soltar estas ganas de aventura que tantas veces intenté matar pero resucitó.

 

El quinto día fuimos juntos a pasar el día al lago. Llegamos antes del mediodía y casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. Sentí una toalla en el rostro y el vértigo de la responsabilidad llenando de nudos mi libertad. Pero no podía decidirme a decírselo a Sofía. Me limité a sentarme bajo la sombrilla y ver a los chicos jugar en el agua. Me sentí feliz de verlos bajo el sol y volví a sentir mi amor intermitente hacía Sofía mientras dormía a mí lado.

 

Ese mismo día recibí una llamada de mi socio. Finalmente había conseguido una entrevista con la gente de Bogotá. Estarían llegando a Buenos Aires mañana mismo por otros asuntos pero había logrado comprometerlos para que almorcemos juntos el miércoles, lo cual sería estratégico para nuestra reunión del jueves. No podía, ni quería perder esta oportunidad.

 

Me regrese antes a casa a preparar la valija y salí de regreso al día siguiente. Sofía y los chicos decidieron quedarse y aprovechar los últimos días de Febrero bajo el sol.
 



 

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