25 jul. 2012

Entre sueños

Tantas horas juntando leña le están cobrando a Hugo un dolor lumbar que pincha con cada paso que va dando. Ya falta poco para llegar, piensa el pobre hombre empujando la carretilla por la calle de tierra.

Son casi las seis cuando por fin llega a la casa y deja el armatoste de leña junto a la puerta de entrada. Con la mano izquierda apoyada sobre la nalga, se frota con sus dedos de cuero seco buscando un calor que le permita una postura más erguida. La otra mano busca las llaves en el bolsillo. Mañana temprano antes que lleguen Abel y Ricardo acomodaré los troncos en el cuarto del patio; ahora tan solo necesito una ducha y descansar un poco.

Una luz amarilla despierta el interior de la casa. La atmósfera es densa. Huele a lana y a sopa de verduras. Un dolido Hugo comienza a deducir que si no toma un relajante muscular y una ducha rápidamente, el dolor se enfriará hasta dejarlo postrado en la cama y sin cena. Tanto tiempo libre en estos últimos días, me pregunto por qué tuve que esperar hasta hoy. Lo último que quiero es que después de tanto tiempo los chicos me encuentren viejo e inútil en una cama.

 De camino al cuarto se detiene unos segundos en el baño para abrir el agua caliente y comenzar a llenar la bañera. Ya en la habitación se va desvistiendo como puede, lentamente y con la ayuda de la pared. Estira y pliega el pantalón y la camisa hasta donde el ánimo le permite para luego apoyarlas sobre la silla que hay junto a su lado de la cama. En la mesita de luz está la foto en blanco y negro de Ana en el mirador del Cabo San Vicente unos días antes del casamiento. Su mirada de niña colmada de felicidad se posa sobre Hugo mientras él hurga como un ciego en la caja de zapatos donde guarda los remedios. Esa inexplicable manía de quitar los medicamentos de su caja dejando solo las tabletas lo demora aún más al viejo Hugo que empieza a irritarse por el aturdimiento que hay en su cabeza. El frio en el cuerpo, el dolor lumbar como una aguja, la ansiedad por no saber qué decir mañana. Caralho! Repite una y otra vez.

 Finalmente encuentra lo que busca y ahora sus dedos siempre grandes e insensibles, se tropiezan por sacar una de las 5 pastillitas celestes que quedan en la tableta. En el intento se salta una y va a parar junto a una pata de la silla. Hugo no se percata y llevándose el remedio a la boca, se marcha al baño en calzoncillos y dejando la caja sobre la cama. El vaho caliente se escapa por el pasillo mientras Ana sigue sonriendo tímida desde el mirador y con su pelo salado bailándole alrededor de la oreja.

 Desde la bañera se oye el canto monótono de los búhos entrar por la ventana cerrada. El viento despeina los campos con su silbido nocturno. Desde el salón llega el tic tac del reloj de pared. Todos esos ruidos se mezclan con el agua caliente y tejen cada uno un nudo de la adormecedora manta que ya cubre hasta el cuello al pobre Hugo. Poco a poco va sintiendo llegar el calor a sus huesos de piedra y astilla. La luz de aceite sobre la mesa del baño tirita en los ojos acuosos del pobre viejo hasta espesarlos y llevarlo de paseo entresueños.

 Las primeras señoras con sus sacos de hilo comienzan a aparecer por el puerto. El cielo continúa cubierto de nubes grises desde que despuntó el día hace un par de horas y hacen que la mañana esté más fría que lo habitual. Ya no queda más té en el termo y Hugo comienza a sentir el cansancio y el frio tras varias horas despierto. Mientras su padre amarra la barca al muelle, Hugo se baja de un brinco y se queda mirando los puestos del mercado.

 ¡Pam! -siente la mano abierta de su hermano en la cabeza- ¡despiértate y ayuda a bajar el pescado!

 Hugo intenta sostener la caja con sardinas que le intenta pasar su hermano pero es muy pesada para sus brazos de niño.

¡Quítate del medio si no puedes y ayuda a acomodar las sardinas sobre la mesa! Te falta tomar más sopa, hombrecito. Le grita su padre mientras tira de la soga y arrima la barca aún más cerca de Hugo.

 Algunas sardinas siguen vivas y Hugo se divierte tratando de atraparlas con sus manitas. Las hunde en las cajas y revuelve el pescado sintiéndose valiente.

 Ya la mañana se acaba y Hugo está escondido dentro de la barca. Se le cierran los ojos a causa del sueño y por más que intenta resistirlo, da cabezadas. Las manos llenas de escamas secas le huelen a pescado seco. Vigila atento a su padre y hermano que están ocupados liquidando las últimas sardinas, pero no puede vencer el sueño ni alejarse del olor de sus manos.

 Talannnnn… talannnnnnn…, llega desde el salón el grito del reloj de pared. Serán las siete o las siete y media, se pregunta Hugo sumergido en el agua caliente. La arenilla en los ojos comienza a picarle nuevamente pero Hugo no se rasca por no ensuciarse con escamas.

 Al instante vuelve a hundirse otra vez en sueños. Esta vez de la mano de Ana quien le frota cariñosamente la espalda con una esponja enjabonada. Los dos están adentro de la bañera. Ana lo abraza por detrás mientras Hugo va aflojando un poco más los hombros con cada caricia perfumada. A pesar del dolor de espaldas logra sentir el placer de los pechos de Ana rozándolo por detrás. Ve sus brazos delgados y enjabonados llegarle por los costados. Los intenta envolver con sus gruesos dedos y aprieta hasta sentir como se le resbalan de las manos. Sus tiernos brazos de sardina. Ana le besa el cuello y le habla sobre el colegio y Abel. Hugo está muy cansado para oírla pero no dice nada. Se conforma con sentir el agua caliente caerle por los hombros, las piernas de Ana atadas alrededor de su vientre y el murmullo de su voz blanda aflorando por detrás. Hugo no duerme, tampoco está despierto. Ana se recuesta sobre la bañera trayendo el peso de Hugo hacia su pecho. Sonríe ligeramente al notar el cambio de respiración de su marido.

 Abel entra en la casa ya de madrugada. Va dando tumbos. Enciende las luces y va pegando con la botella de Ron con todo lo que encuentra en su camino. Despiértate viejo, ¡despiértate! Grita borracho de alegría.

Hugo aparece por el pasillo sin entender nada y pensando lo peor.

 ¿¡Que pasa!? ¡¿Qué pasó?! ¿Por qué esos gritos? estás borracho, ¿!¿Abel?!? Hugo no logra despertarse del todo y le pican los ojos.

 ¡Papa! ¡Me han ofrecido un ascenso en la empresa y me han nombrado jefe de equipo! Me mudo a Sao Paulo papa! ¡! Me voy a Brasil¡!

 Hugo no entiende nada y ve en el reloj del salón que son casi las 2 de la mañana.

Abel entra en la cocina y al cabo de unos segundos sale forcejeando con una botella. PUM! Retumba el descorche.

 Hugo se despierta violentamente, mira a su alrededor y se da cuenta de la realidad: no hay botellas descorchándose, ni mujeres comprando sardinas al amanecer, ni Ana esta junto a él; tan solo ve la luz de aceite resplandeciendo en el baño.

Que tonto he sido por Dios! Tengo que hablar con Ana y hacerla entrar en razón. Caralho! Se remacha Hugo ya parado afuera de la bañera.

 Regresa al cuarto para vestirse con ropa limpia. Toma la caja de zapatos con los medicamentos y la vuelve a acomodar en el estante superior del armario junto a otra caja repleta de papeles y documentos. No solo ha desparecido el dolor de espaldas sino que se siente empujado por una fuerza. Por la certeza de que traerá de regreso a Ana.

Antes de salir decide acomodar los troncos que estaban sobre la carretilla y llevarlos al cuarto del fondo. Siente el aire seco y frio de la noche darle de lleno en la cara pero sabe que mañana no tendrá tiempo con Ana en casa y los chicos que no le han dicho exactamente a qué hora llegarán. Mejor lo hago ahora que me llevará un instante.

Son casi las diez de la noche cuando por fin Hugo detiene el coche frente a la casa de Fátima, su cuñada. Siente el corazón en la boca por el pavor que le provoca presentarse a estas horas en esa casa y después de tantos meses. Pero sabe que es ahora o nunca que podrá decirle todo lo que siente a Ana.

Una luz se enciende detrás de la ventana que da a la calle. Antes que Hugo salga del coche, Ana abre la puerta de la casa y camina hasta la vereda. Le sonríe mientras se envuelve más fuerte el saco de lana verde que lleva puesto. Hugo se siente despierto y fuerte. Desde las piernas bajo el volante le suben unas cosquillas y unas ganas terribles de abrazarla y escuchar sus susurros al oído.

 Abre la puerta y sin quitarle la mirada, se acerca a ella.

Perdón, Ana. Vuelve a casa por favor amor. Le dice apisonando las lágrimas.

 Ana le apoya la mano sobre los labios.

Shhh, tonto. Pensé que no te atreverías a venir nunca. No te quería ver por aquí pero en realidad ya no soportaba un minuto más la espera. Le responde Ana con su voz de noche.

 
Abel y Ricardo llegaron juntos a la casa al día siguiente. Ambos volaron a Faro con diferencia de un par de horas y llegaron a Raposeiras en un coche alquilado cuando ya casi había oscurecido y el viento soplaba seco.

 Hacía casi dos años que no veían a su padre. La última vez había sido en el entierro de su madre y por cuestiones de trabajo y tiempo no habían podido regresar desde entonces. Ambos sentían algo de culpa por haber dejado pasar tanto tiempo. Pobre papa, todo este tiempo solo.

 Tras esperar un largo rato a que les abriera la puerta decidieron ir al cuarto del fondo para confirmar si estaba allí. No había nadie tampoco en el patio de atrás, tan sol vieron una carretilla vacía junto al cuarto de la leña. Abel decidió entrar por la ventana de su cuarto de infancia y entonces fue él el primero en encontrar a Hugo en la bañera.

 Lo supo desde que lo vio, pero sin embargo no pudo evitar sentir que tal vez su padre estaba durmiendo.


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