14 nov. 2012

El libro huérfano


Llego al edificio fumando el último calo del cigarrillo, inhalando el humo profundamente mientras el frio me curte el cuero. Ya bajo el portal lanzo la colilla lo más lejos posible, no quisiera que el viento la devuelva sobre mi cuerpo de papel provocando un suicidio indeseado. Es un hábito horrible el fumar, decía papá durante los ocho meses que duró mi parto, pero si no te mata eso, seguro que otra cosa será. Y cuánta razón tenía. Aquí parado frente al geriátrico entiendo que la muerte que nos imaginamos para nosotros mismos es en realidad tan sólo una especie de oscuro anhelo. La verdadera, en cambio, puede que vista un atuendo tan negro como el que sospechamos, pero siempre llevará bordados impensados. A veces especulo –no sin culpa- que hubiera sido mejor que papá muriera con sus pulmones chamuscados a causa del cigarrillo, pero conservando hasta su último respiro toda esa creatividad cargada de sentido y sombra que nunca dejo de exprimir. Aquella sin la cual yo no existiría.

Mirando el portal me doy cuenta que olvidé el código de entrada y maldigo por ser tan olvidadizo. Es algo que nos sucede a nosotros los libros. Sólo recordamos nítidamente y sin esfuerzo aquello que llevamos escrito en el cuerpo; el resto de la información nos es tan frágil como a los humanos. Me lanzo a adivinar la combinación apretando números y letras pero es inútil, se me mezclan fechas y antiguos códigos de otras puertas. Qué ironía no recordar el código que abre la puerta a un sitio donde sus inquilinos han perdido la memoria.

El viento me tambalea con su soplo húmedo. Aprieto fuerte mis tripas de papel y ajusto el cinturón que me ayuda a mantenerme cerrado. No tendría que haber venido hoy, este viento puede despedazarme, o peor aún la lluvia que comienza a amenazar. Ya he tenido pesadillas donde voy en medio de una tempestad sin encontrar un lugar donde resguardarme, corriendo mientras el agua me va mojando y desfigurando hasta dejarme ilegible y perdido entre manchones de tinta. Mi mayor miedo: perder la identidad; volverme un trasto inútil sin nadie que se interese o apiade de mí para al menos regalarme un estante donde vivir. Es así, nosotros los libros vivimos con el miedo latente a la meteorología y al olvido.

Una enfermera me reconoce desde adentro y se compadece al verme peleando con el código de entrada. Apenas baja el picaporte el viento empuja groseramente la puerta hacia ella, asustándola. Me escabullo rápidamente y al cerrarse el cristal detrás de mí, me golpea el olor del interior. Es inconfundible, no podría decir con exactitud a qué huele este sitio, sin embargo a mí siempre me ha parecido un olor a juventud remota y sala de espera.

 

– Gracias, le digo y comienzo a atravesar el pasillo de suelos alfombrados.

Al pasar por la cocina entro un instante a saludar a mi amiga la tostadora. Me asomo desde la puerta y veo que duerme desenchufada. Nos hicimos buenos amigos conversando durante las noches que pasé aquí los primeros meses que trajeron a mi papá. Siempre me ha resultado alguien asombrosamente positiva y alegre, tal vez por eso buscaba su compañía aquellas primeras noches. Llegó aquí hace unos cuantos años gracias a una enfermera que la encontró en la calle. Según me comentó en una de nuestras charlas nocturnas, su dueño la había cambiado por un modelo más moderno. Hay que ser una tostadora abandonada en la basura para apreciar el gesto de aquella enfermera. Supongo que por eso ella es tan feliz en este sitio al que yo siento tan desconsolado.

Finalmente llego a la habitación número catorce de la planta baja. Golpeo la puerta antes de abrirla suponiendo que el sonido llegándole desde tan bajo le revelará que soy yo. Abro y lo veo sentado en su silla junto a la ventana. Respiro hondo, me desabrocho el cinturón que comprimía mis hojas y lo llamo por su nombre. Sebastián. No, no se gira ni tampoco parece percatarse que alguien ha entrado.


Se aprende a asimilar las estampas que el paso del tiempo va sellando en nuestros seres queridos, esas que los transforma en existencias cada día más pequeñas e inmaculadas; no obstante, es una puñalada ver la mirada de quien te amó y crió con tanta energía, ahora ausente como si fueras un fantasma. O peor aún, reconociéndote como un raro objeto que nunca solicitó. En esa ausencia de vida me irrumpe como una contrafuerza los recuerdos más enérgicos. Veo sus manos escribiéndome mientras va tomando forma la espina dorsal de mi personalidad, llenando cada una de mis casi trescientas hojas con ese mundo que sólo él veía con tanta claridad e ímpetu.

Se requiere de nervio para no sucumbir frente a un fantasma, y mamá parece no tenerlo. No la culpo. Decidió dejar de venir a visitarlo justificando que la persona que vive allí no es la misma que conoció a lo largo de sesenta años. La demencia que se apoderó del hombre que yo ahora veo sentado junto a la ventana también se ha robado todas sus cualidades.

Le acomodo una bufanda alrededor del cuello y abro la ventana para que el aire frio de la tarde ventile el cuarto. Ya me han regañado por hacer esto, pero supongo que las enfermeras son insensibles al aire que se respira en estos cuartos y el cual no aprendo a tolerar.

Cierro la ventana mientras le pregunto a papá si quiere un chocolate. Sólo se oye mi voz en el cuarto. Del armario saco la caja de bombones que traje en la última visita y noto al abrirla que faltan más de los que recuerdo haber dejado. Elijo uno con relleno de dulce de leche y se lo llevo a la boca. Papá tensa los labios obligándome entonces a empujar el bombón hasta que finalmente huele el sabor dulce del chocolate y ceden. El relleno espeso se le pega entre los dientes y veo que lentamente, muy lentamente, alza la mano derecha para intentar quitárselo con el dedo índice. Mientras remueve el caramelo de las muelas se gira y me sonríe como un niño que busca complicidad. He aprendido a valorar esos instantes de felicidad tan fugaces pero visualmente reconocibles. Siento que son chispazos de lucidez en una vida enflaquecida y de la cual supongo que también él es consciente.

Leí hace unos meses que la lectura u otras actividades cognitivamente estimulantes ayudan a mantener los niveles de una proteína vinculada con el mal de Alzheimer. Es por eso que en cada visita procuro leerle algún libro. Hoy, sin embargo, elijo leerme a mí, su sonrisa de hace instantes me llenó de necesidad de que me reconozca. Me acomodo sobre el pequeño espacio que hay bajo la ventana y abriéndome en la décima página comienzo a recitar en voz alta.

No quisiera, créanme, sentir el nervio que empuja a que aparezcan estas palabras. Pero a veces ellas son un amparo, o el grito cohibido en la noche. El silencio que las viste jamás comulga con el ruido que las empuja o la necesidad que las libera para que yo intente atesorarlas en un papel. Me pregunto qué es la decisión. ¿Una ventana respirando?, ¿una vela amarilla tiritando?, ¿un vaso inacabable?, ¿alguien? Cuando la mirada se marcha con el humo que brota por la boca, las manos arriman el hombro a esa alma inquieta. Siempre dispuestas a satisfacer la necesidad de escribir; si el coraje lo permite. Las palabras que nacen traen alivio, y son las manos las que salen al socorro del escritor, recordándole que ellas existen, aun, siempre, afortunadamente. Son un guiño de ojo. Quien escribe siempre lo hará desde su soledad. Sus palabras podrán evocar multitudes pero siempre serán articuladas por las manos de un hombre en silencio.

Cuando el tiempo parpadea y evoco el vientre que algún día gestó mis palabras, no deja de resultarme curioso que nunca viene el recuerdo del nervio que las empujó. No aparecen más que los colores que repasan, las sombras que conciben y los sentimientos que encharcan. Escribir no es solo una forma de vivir, sino también de revivir.


Continúo leyendo unos minutos más pero el sueño me vence.

Al despertar me cuesta entender dónde estoy. Me giro y veo el vaso con agua sobre la mesa. El paisaje ya casi oscuro del parque a través de la ventana me devuelve a la realidad. Papá sigue sentado en el mismo sitio pero ahora me mira fijamente, a mí. Lo veo y creo leer algo en sus ojos acuosos. Hola, me dice con una voz áspera que desentona con el gesto suave que la verbaliza. Hola, respondo tomándole la mano.

 

Uno…dos…tres…cuatro…se inclina hacia atrás en su silla y noto su mano relajarse mientras vuelve a su habitual postura lejana.

Mi papá, el escritor Sebastián Salvador, murió unas semanas más tarde. Cuando lo leí en el periódico no sentí tristeza, sino soledad. La muerte de tu creador te deja como único lazo suyo con el mundo.

Aquel noviembre llovió casi a diario, lo cual me obligó a quedarme en casa durante días enteros por el miedo latente a perder mi propia memoria.







 
 

1 comentario:

  1. Que belleza lo que escribis...no tiene desperdicio. Cada palabra me deja al filo de mi alma atrapada en la intemperie.

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