16 nov. 2012

Enrique

¿Acaso dije ya que el otoño me inquieta? Sus días cada vez más cortos los vivo como una premonición de que algo terriblemente importante se está acabando, y que durante los meses que faltan hasta la primavera no sabré con certeza qué fue aquello que se me escapó. Son temporadas en las cuales mis paseos por la ciudad se vuelven circulares y los días comienzan a tener un rasgo peligrosamente mecánico.
Parecería como si el otoño fuese en la práctica un proceso de estancamiento, de estabilidad bochornosa. Y para colmo mi carácter y mi lucidez, afectados, se tornan espesos y trabados, abandonándome en manos de una parsimonia para asimilar aquello que me rodea. Aun vivo el verano cuando de repente un día me despierto y las hojas de los arboles ya han cubierto todo el mar. Ni bien comienzo a asimilar este paisaje que ya la nieve se está burlando de mis zapatos. Trato de buscar las pistas de lo que vendrá a través de los pequeños detalles que hay en la ciudad, pero no alcanzo, soy tan lento con cada detalle que recojo, que acabo barrido por el viento del calendario.
En una de esas temporadas y buscando uno de esos detalles, fue cuando encontré a Enrique. Un catalán de sólo 23 años y recién llegado de Melilla tras haber cumplido, muy a su pesar según me contó, un año de servicio militar obligatorio durante el cual hizo todo lo posible por fingir una chifladura que le permitiese la baja. En ningún lugar más lejos que la demencia se encuentra parado ese joven de mirada severa. Y eso lo supe desde que lo escuché hablar, aunque no mientras lo observaba de lejos. Cargaba con unas ojeras húmedas sobre las cuales podía verse una mirada amable aunque distante. Por lo demás era preciso y bohemio, y era tan desgarbado como formal y triste, a pesar de su inevitable juventud.
Nos conocimos por casualidad durante una lectura pública un miércoles por la tarde, y me bastaron sólo unos minutos de charla para entender que era un hombre de extremo escepticismo e incapaz de adaptarse a lo que le rodeaba, es decir más o menos la clase de tipo en el que temporalmente me había convertido yo durante esta época de días cortos. La torpeza de sus movimientos revelaba su juventud, sin embargo algo en lo que callaba me hacía suponer que había vivido más años de los que en realidad aparentaba. Le di mi teléfono, dirección y le dije de vernos un día de estos. A los pocos días me olvidé de él.
Hoy salí del trabajo cuando el cielo invernal estaba violeta y el día aún agonizaba. Llegué a casa y comencé a preparar la cena antes de lo habitual, más para entretenerme que por hambre. Me encontraba cortando una cebolla cuando escuché que golpeaban mi puerta con los nudillos de una mano. No son comunes las visitas imprevistas en Suiza, y como no esperaba a nadie, tal vez por eso es que sentí un poco de aprensión cuando el ruido volvió a insistir. Al abrir la puerta lo vi a Enrique saludándome con una sonrisa y excusándose por no haber llamado antes para avisarme que vendría.
Lo invité a pasar y a cenar, aunque rápidamente olvidamos comer y preferimos quedarnos en el salón conversando y bebiendo, primero cerveza y luego una botella de vino.
Siento como si aquel joven hubiera tomado mi cerebro con la punta de sus pálidos dedos y lo hubiera inspeccionado bajo la luz de mi lámpara de pie; girándolo como una fruta a la que acercaba su vista para ver las sombras que se iban formando sobre su rugosa superficie. En cuanto a mí, lograba ver cada una de las palabras que soltaba, y las cuales aparecían de a montones, todas exigiendo mi atención. Presentí la fascinación de ver mi soledad iluminada por palabras. Enrique hablaba sin detenerse, del pasado, de la muerte, y al hacerlo iba desvistiendo a ambas hasta dejarlas con cuerpos tangibles e inevitables, y por lo tanto absurdos a cualquier temor, según dijo.
Sentado en el sofá de mi salón y con los codos apoyados sobre las rodillas, Enrique iba liberando palabras que abrían ventanas desde las cuales se oían coches subir por la avenida Aribau. Algunos sonidos de su voz parecían repetirse, aunque no sabría con precisión si ciertas palabras reaparecían, o si la ventana que abría era siempre la misma pero enseñando un paisaje diferente cada vez. Desde donde estábamos parados él y yo, la ciudad se veía como un campo nocturno sembrado de cubos con luces amarillas dentro de los cuales suponíamos que se planeaban suicidios, o se amaba una pareja, o sucedían insomnios que obligaban a asomarse para ver la ventana que a su vez los observa. Tan sólo cuando bebía y lograba fijar mi mirada en el vaso, es que conseguía apenas por unos segundos esquivar sus palabras y las imágenes que ellas dibujaban. Se atropellaban por alcanzarme mientras Enrique, con el abandono y el descuido de un lector voraz que encontraba en mí suficiente amparo –o ignorancia- como para bajarle la guardia a sus pensamientos, deshacía argumentos con palabras llenas de oscuridad mediterránea. Todo lo que me contaba llegaba desde una distancia, acaso una ventana desde la cual alguien me miraba a mí.
Un joven cuyo rostro parecería no tener pasado, me exponía con sus oraciones -sin pausas ni puntos finales- las texturas de una vida ancha en tiempo y soledad. Y nuevamente supuse por los silencios de su enmarañada oratoria, que todo en él era sincero, incluso su identidad incierta. Me decía, mientras también se reafirmaba a sí mismo: Riega, riega el pasado por más que ya no seas el que fuiste, cómo podrás entender aquello que no dejas crecer, no seas cobarde ni holgazán, no hagas con tu pasado lo que el invierno hace con los días, acortándolos hasta dejarlos como sucesos rápidos y vacíos. Escribirás el mismo cuento toda tu vida por lo que no busques un final cuando no lo hay, más bien déjate llevar por la incertidumbre perpetua, probando descubrir quién eres hasta el último respiro. En ese momento verás que la oración final era tan simple que es absurdo buscar durante tanto tiempo algo tan breve.
Me hablaba él y me hablaba yo a mi mismo, y a fuerza de imaginación la conversación fue cobrando forma y color hasta eventualmente ponerse en movimiento. Con nitidez veía ahora sus palabras desfilando por mi casa, entrando al baño o apagando la luz de la cocina. Veía veranos bochornosos en la costa brava e inviernos sonámbulos en París, ambos tomando forma de signos exclamatorios. Algunas palabras se acercaban a la mesa ratona y regulaban la iluminación de la lámpara bajo la cual Enrique inspeccionaba, con severidad poética, cada uno de mis órganos que exponía y giraba con la punta de sus dedos.
Se acabó el vino y le ofrecí licor; me pidió un café en su lugar. Lo preparé mientras él permanecía en el salón. Luego salimos al balcón a fumar. Mencionó algo sobre el repentino cambio de temperatura y como el frio le recordaba a los inviernos en Berlín.
Finalmente tomó su oscuro y largo abrigo. Una vez puesto le subió el cuello como si su imagen no fuera lo suficientemente desolada, y me anunció que debía irse ya parado junto a la puerta. Lo despedí y cerré con llave.
De regreso en el salón preferí dejar todo tal cual estaba. Tan sólo apagué la lámpara y dejé la puerta del balcón abierta para que las palabras que aun daban vueltas por la casa encontraran fácilmente una salida.
Presiento que Enrique tendrá un gran impacto en mí.