18 feb. 2013

Keith, el domador

La música, llegándole desde todas partes como un caos ensordecedor, marca  también el compás de sus pensamientos. Los martillazos de las teclas lastiman una melodía que intenta asomarse. Y mientras Keith siente que una fuerza musical, incoherente y desordenada, lo dirige hacia un abismo, cobardemente intuye que si lo decide, si realmente se concentra, él puede afectar el caos hasta alcanzar el silencio. O al menos una calma que absorba sus pensamientos hasta dejarlos en paz.

Tanto como avanza hacia un vacío que siente cada vez más cerca, sabe que sólo él es el creador de su calvario, y que el bullicio que siente alcanzándole desde todas partes es en realidad una obra a la que debe permitir manifestarse -a pesar del atropello de sus notas y de la incómoda desorientación que ésta le provoca-. De algún modo debe confiar en el secreto que esconde el caos, por más que ahora mismo la velocidad externa lo encandile con desrodenadas fusiones de imágenes, voces y texturas. Pero Keith apenas logra mantenerse aferrado a las riendas de un animal que se le escapa.
Y arrastrado por el caos, sobre el lomo de la bestia delirante, con teclas que retumban como tambores en su cabeza, aturdido y lejos del control, completamente hundido en el cauce fatal, Keith siente mientras es arrastrado por el fondo de la corriente como una melodía le roza la espalda al pasar. Inmediatamente la identifica por su exquisitez. Cierra los ojos y a pesar de ir golpeándose entre piedras, reconquista el poder de la concentración. Y con ella la autoridad que le perteneció desde siempre. Siente en el amparo de la melodía el poder necesario para detener el caudal que lo ahogaba. Y sin mayores explicaciones, como un acto natural, los pensamientos de Keith se ordenan, el hombre se hincha, el ejecutor se impone, y con un frio sablazo fugaz, taja en dos al caos frenético del bullicio que pisoteaba su preciosa melodía.

Todo por fin se detiene en nombre del silencio.
(…)

Suavemente va abriendo los ojos, y deduce por el sudor que empapa su cuerpo agitado, que acaba de regresar de un sitio. Keith inhala aire desde el fondo de su estómago, como quien se asoma de un cauce, agradeciéndolo con el último respiro. Al girarse hacia la izquierda se asusta al enfrentarse con un teatro repleto de miradas atónitas. Todas lo miran a él, todas están cargadas de contención. Parecen haber visto a la muerte morir. Frente a él, un enorme piano de cola negra. Sus manos laten. Un silencio mortal recorre la sala justo antes del estallido de aplausos, el cual le recuerda a Keith, el domador, la fatalidad de los sonidos.


 

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