16 dic. 2014

Generación Shandy

Por mi parte estoy intentando aprender un poco de ambas generaciones, las nuevas y las viejas. Como siempre yo en el medio, observando a ambos lados, bebiendo un poco de todo y evitando formar parte de cualquier compañía, siempre al margen, siempre incapaz de un sentimiento nacionalista. Tal vez por eso mi literatura a veces pende de un hilo sobre el mundo. Miro a las nuevas generaciones y aprecio la valentía de escribir en primera persona sin que en ello haya un juego, miro a las generaciones de arriba y admiro la técnica exquisita para desarticular y realzar cualquier sentimiento, verdadero o falso, personal o ajeno.
Sin embargo lo que es una evidencia en todos los paisajes generacionales es el poder de la Palabra. Mire arriba o abajo, yo sólo me siento pagado cuando miro hacia adelante y lo que veo es una pantalla en la que van apareciendo mis letras, que a la vez van formando palabras, y luego oraciones destartaladas, pero poco a poco, ensayo a ensayo, van fundando una literatura. Y ese es mi gran regalo, mi mayor satisfacción…y mi mayor consuelo frente a los tesoros literarios de las nuevas y viejas generaciones. Allí en medio estoy yo, pequeñito, lejos de todos ellos e incluso de los poetas de mi generación. Sentado en un escritorio que nunca es el mismo, ni tampoco lo es el paisaje que tengo en frente. Soy un escritor de literatura portátil y miembro de la generación Shandy, una generación ajena a edades y fechas, más bien un movimiento de escritores unidos por un espíritu innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos, nomadismo infatigable, tensa convivencia con la figura del doble, y simpatía por lo absurdo.
Mi literatura busca hablar de un mensaje codificado para maquinas solteras que escriben por allí, en algún lugar del mundo. Voy robando intenciones generacionales para contagiar mi estilo y mantenerlo liviano, seductor, y portátil; cultivando siempre el arte de la insolencia.