24 ene. 2015

Todavía me gusta leerte


La muerte se suicidaba en vos todos los días, así nos dijiste, o así creí entenderte, pues tus palabras siempre fueron una especie de broma de las que nos reíamos todos menos vos. Vos simplemente sonreías. Yo te veía, te veía cuando nos sentábamos los dos en tu balcón  de la 11 calle, y también cuando en la sala nos separaban todos esos cuerpos ruidosos, siempre te veía como la mancha de tinta que sos en mis ojos.

Hoy justamente regresé a casa tras una larga jornada en la calle, otra batalla más del mundo. Pero que te voy a contar si vos eras ese lugar al que yo llegaba cada tarde, amarrando mi barca a tu muelle. No sé por qué te fuiste, lo he pensado mucho pero creo que nunca hay motivos para irse, simplemente nos vamos. Hoy llegué a casa como te decía, sin ya poder amarrar nada a nada, con el único deseo de sentarme en el sillón y leerte, a veces todavía tengo ganas de leerte, no porque te extrañe, sino porque simplemente todavía me gusta leerte.

Dejaste de escribir este cuaderno borrador que llamabas la ciudad aparte, y así, con tu partida te llevaste también la luz que iluminaba tu Guatemala, y la cual ahora es mía aunque no sepa cómo acariciarla, aunque tu partida me haya revelado que solo puedo andar con torpeza por la ciudad sin luz. Me tendré que curar me digo, la zona 1 deberá enterarse de que yo no soy vos, y que vos seguirás brillando como un miembro amputado.

Dejé el bolso junto a la puerta y fui al baño a lavarme las manos. Luego me senté y te leí. Sí, hiciste bien en irte de aquí, yo tampoco sé porque sigo, tal vez porque alguien siempre debe permanecer para que otro se vaya, no lo sé. Deliro. Nunca regresaste. Y creo que hiciste bien, aquí casi todo sigue igual. Aquí la penumbra permanece, igual ya lo sabes, pero de todas maneras te lo cuento.