15 ago. 2015

Ciberactivismo: ¿mucho ruido y pocas nueces?


Si de regiones pioneras hablamos, Centroamérica fue quizás la primera en usar Internet para movilizarse y hacer públicas sus protestas. De hecho sucedió no muy lejos de Guatemala. Fueron los zapatistas y el levantamiento campesino de la región de Chiapas en México, liderado por el siempre encapuchado subcomandante Marcos. Esa fue tal vez la primera revuelta social que recibió atención mundial gracias a Internet.
Por la misma época, un poco más arriba, en Seattle, las tecnologías digitales también eran las responsables de movilizar miles de personas contra la Organización Mundial de Comercio, llegando incluso a hacer fracasar la llamada Ronda del Milenio, y todo esto sucediendo al margen de cualquier partido político.
Desde entonces hasta hoy ha pasado mucha agua bajo el puente que une a las nuevas tecnologías con las causas sociales. Aparecieron Facebook, Twitter, y con ellos un sinfín de movimientos de protesta gestados desde plataformas digitales. Pero tranquilo lector, no he venido a escribir otro artículo sobre la historia de las redes sociales, sino más bien a ver si juntos logramos entender cuánto cambio en realidad logra una protesta virtual, ya que tengo la impresión de que, paradójicamente, una masa de activistas virtuales no siempre se ha traducido en una solución sostenible. La pregunta que intento plantear por lo tanto es: ¿qué es lo que hace posible una solución a largo plazo?
El ciberactivismo, entendido como acción política en la red, ha sido determinante para organizar, en cuestión de horas, movimientos de gran repercusión social y política, algunos logrando derrocar vicepresidentas, como sucedió aquí en Guatemala hace tan sólo semanas, o gobiernos enteros, como en la llamada primavera árabe y sus levantamientos de Bahréin a Túnez, pasando por Egipto y Libia. Otros ejemplos: los indignados en España, Italia, Grecia, las protestas del parque Gezi en Turquía, Taiwán, Euromaidán en Ucrania, la revolución de los paraguas en Hong Kong, y movimientos más recientes, como por ejemplo, los hashtag “#ReunciaYa”, "#BringBackOurGirls", “#YoSoyNisman” y “#JeSuisCharlie”. Es indiscutible que hoy en día un tuit puede desencadenar una campaña mundial de información, y una página de Facebook puede convertirse en un medio de movilización de masas.
Pero si analizamos en detalle estos movimientos, y comparamos la cantidad de clics o cyber-activistas que juntaron en pocas horas, con la calidad de los resultados que lograron, ¿acaso se puede afirmar que los logros están a la altura del tamaño y el ardor que los inspiró? Yo diría que no, diría que lo que han conseguido han sido más bien pequeños cambios estéticos, y no tanto verdaderos cambios sostenibles – casi 20 años después las protestas de Seattle la conversación global sobre la desigualdad, y las políticas que la provocaron están aún presentes.
Parte del problema de las protestas de hoy, según expertos, tiene que ver con que imitan el modelo de las start-ups comerciales, es decir que focalizan toda su energía en conseguir “clientes”, olvidando desarrollar un espíritu de esfuerzo común.
Si estudiamos los movimientos sociales anteriores a las redes sociales, y tomamos aquellos que lograron cambios positivos, sostenibles y sobre todo a través de medios no violentos - como por ejemplo el movimiento por los derechos civiles liderado por M. Luther King que extendió el acceso pleno y la igualdad ante la ley a los grupos que no los tenían, sobre todo a los ciudadanos negros, o el movimiento de liberación de la India liderado por Gandhi-, podemos observar que han sido procesos largos en los cuales sus miembros debían interactuar para organizarse, movilizarse para reunirse y conocerse, crear consenso, discutir ideas, resumirlas, escribirlas, difundirlas. Hoy en día es mucho más simple organizar una protesta, basta una página de Facebook, una cuenta de Twitter, y en pocas horas se captarían seguidores a través de actualizaciones, imágenes sugestivas, o breves mensajes ingeniosos de 140 caracteres.
Pero al usar las plataformas digitales para el activismo, ¿acaso no estamos optando por un camino más fácil, desaprovechando los beneficios de hacer las cosas en equipo y por el camino más largo? De ninguna manera pienso que la solución está en redactar un folleto a mano y atravesar un país en bicicleta para distribuirlo, pero tampoco creo que se encuentre en un hashtag ingenioso, sino más bien en la capacidad de crear un tipo de organización que puede pensar en equipo y tomar decisiones difíciles de forma conjunta, llegar a un consenso e innovar y continuar juntos a pesar de las diferencias encontradas en el camino.
Las causas que han inspirado movimientos en los últimos años son críticas: el cambio climático es incuestionable, la desigualdad continúa afectando el desarrollo de las personas y la corrupción está presente en muchos países. Es evidente entonces que necesitamos soluciones más eficaces. Los movimientos de hoy tienen que ir más allá de la participación a gran escala para encontrar la manera de pensar juntos colectivamente; no sólo señalar y acusar, sino desarrollar propuestas fuertes, crear consenso, averiguar los pasos necesarios para lograr cambios y relacionarlos para aprovecharlos, porque todas las buenas intenciones, la valentía, y el sacrificio por sí mismas no van a ser suficientes.


Columna publicada en la revista guatemalteca esQuisses, el día 14 de agosto de 2015: http://www.esquisses.net/2015/08/ciberactivismo-mucho-ruido-y-pocas-nueces/

1 comentario:

  1. Coincido plenamente, las nuevas tecnologías junto con las diferentes redes sociales suelen ser buenas para denunciar, mostrar, señalar dando una sensación de libertad en principio para expresarse pero queda unida a la idea que la solución se va a materializar sola con solo señalar la queja, casi mágicamente por el deseo expresado en las redes o esperando una respuesta sensible que nunca llega o simplemente se la maquilla, y ahí esta el problema que tu señalabas porque probablemente no pase de lo enunciativo.

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