20 jun. 2016

Muertes ejemplares -- tres historias de cien palabras

Parte I – El antihéroe

El patrullero que lo llevaba al juzgado olía a sudor y tierra. Los amigos quedaban en el campamento, desconcertados, arrancados del whisky con soda y el repetido “último cigarrillo”.
La sentencia fue urgente y al alba, en medio del dolor físico, todo perdió sentido. ¿Por qué había decidido vivir sin recurrir a sus poderes sobrenaturales? Desde siempre el mundo había perdido la poesía, se consoló. (No pudo convencerse de que alguien siguiera invisible junto a él). Más tarde uno de los bandidos le recriminó «Si eres el Hijo de Dios, ¿por qué no te salvas y nos salvas a nosotros?»
 
Parte II – La conciencia universal

Aturdido por el tráfico, cegado por el sol, avanzaba por la avenida. Cuando finalmente entró al edificio, le temblaban las piernas y sintió frio. El policía que estaba sentado en una sala que olía a tinta lo miró con ojos tan oscuros como piadosos. Luego, mientras estudiaba las manos y la boca del visitante, le escuchó.
-Me llamo Dios –dijo el hombre-. Vivo en la Zona 5. He vivido allí toda mi vida.
Luego se humedeció los labios con la lengua y la mesa tembló un instante.
-He venido a entregarme –murmuró con voz ronca-. He asesinado a mi hijo.
 
Parte III – El comienzo

Todo cuanto sucede – hablaba solo en el calabozo -, sea un paso o un pensamiento, afecta el mundo material que nos rodea.
(Convendremos que la emoción más intensa y violenta es la que empuja a dar ese paso tan extremo que es matarse o matar.)
La sangre se paga con sangre: la orden de ejecución, gruesas gotas de sudor perlando la frente, los rezos insensatos, incoherentes, las palabras tropezándose, el largo pasillo, el respaldo helado, el ruido de la vida desvaneciéndose, el relámpago.
Un oficial con espeso bigote amarillento de nicotina, tocó el cuerpo y homologó: Dios ha muerto.

 

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