3 jun. 2016

Os cronistas (Ed.)


                                                          Martes 13 de octubre, 1953. En algún lugar de la Serra da Estrela


Mis hombres y yo somos escritores, más precisamente cronistas de nuestra época. Y desde hace algo más de dos años nos persigue el régimen de Salazar por hacer nuestro deber: registrar, mostrar, dejar prueba de lo que vemos (mi oficio es levantar piedras, me dijo mi primer jefe, José Saramago, no es mi culpa si debajo de esas piedras lo que encuentro son monstruos que quedan al descubierto). Llevamos tan sólo unos meses exiliados en las montañas del norte, pero a mí, últimamente, me parece llevar años lejos de mi hogar. Nos fuimos a los pocos días de comenzar la primavera. Yo, empujado por la oscura necesidad de cometer un acto significativo con mi vida; mis hombres, por mi persuasión para mantenernos unidos y resistiendo. Pero parece que ahora, con el otoño cubriendo el campamento, no estoy tan seguro de que la victoria se encuentre en un grupo de cronistas asustados en la montaña. Últimamente me siento un Quijote luchando contra molinos en mi cabeza.
Llevo días enteros encerrado en mi carpa, escribiendo estas notas, tratando de entender lo que debo hacer. Hoy por fin algo de luz me ha iluminado. He concluido en una decisión: sacaré a mis hombres, y a mí, de esta espera que sabe a agonía y frustración. Nos iremos de aquí, y esto no es una promesa sino un propósito.
Si fui yo quien los empujó a esta locura, a esta reafirmación de nuestra identidad como escritores -pero también a esta marginalidad-, es mi responsabilidad guiar el camino de regreso a los hechos de nuestra época, y a nuestros hogares. Llevamos semanas agazapados en esta parte recóndita de la montaña, escondidos como criminales, dejando los días pasar, esperando una señal, olvidando que nuestra lucha es defender la palabra que narra los hechos. Somos una minoría y si mis hombres me han seguido es porque en mis ideas ellos se reflejaban, y yo en su fuerza. Pero ahora esas visiones han mutado, se han cristalizado y debo ser honesto con ellas y conmigo. Debo hacer frente a lo que el exilio me ha mostrado y traducir el pensamiento en acción, o en palabra, que es lo mismo.
Desde hoy mismo, les dije a mis hombres a la mañana siguiente, nuestra misión es dejar de escondernos y salir a vivir nuestra época. Es nuestra vocación dejar constancia de lo que está sucediendo en el país y ofrecer retratos de nuestra luz y no de nuestro exilio. La palabra siempre ha sido un instrumento efectivo contra los absolutismos megalómanos, los sectarismos religiosos, los nacionalismos extremos, los abusos económicos, y sobre todo contra las ideologías totalitarias que pretenden imponer un pensamiento único, lo que significa también imponer la mediocridad.
¿Qué sentido hay en quedarnos escondidos en el monte? ¿Quién nos persigue aquí sino nosotros mismos? Aquí no servimos de nada, aquí somos gatos leprosos que mandaron a morir y nosotros, confundiendo miedo con rebeldía, obedecimos y sucumbimos en este aburrimiento mortal del exilio en nuestra propia tierra. Les aseguro que aquí sólo moriremos asfixiados, enredados en nuestros fantasmas.
Sugiero que bajemos a la ciudad, que subamos a los trenes y nos desperdiguemos por todo el país. Allá donde vayamos, al caer el sol o al refugiarnos del calor del sur en la hora de la siesta, saquemos nuestra lapicera y expresémonos como ciudadanos desde la literatura. Retratemos lo que vemos. Iluminémoslo. Salgamos, mezclémonos, y mientras hacemos los posible para darle comida y techo a los nuestros, dejemos registro de nuestras vivencias. Puede ser que nuestras crónicas no cambien al país, pero sí que cambien a quien la escribe, y tal vez también a quien la lee. Aquí, solos en la montaña no hay lucha. De hecho dudo que haya asunto que se resuelva escondiéndose. Más bien salgamos y seamos cada uno de nosotros una voz en un papel. El tiempo todo lo favorece para el que persiste, para el que inevitablemente se abre camino en la adversidad.

 

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