2 jun. 2016

Sobre hombres y ciudades

Hay hombres que son ciudades. Hombres cuyos rostros van asemejándose a la ciudad en la que habitan. Y a los latidos que legitiman la vida de su urbe, ellos se aferran hasta fundirse en idiosincrasia. Son hombres que van siendo bautizados una y otra vez por la lluvia de un tiempo que empapa sus vestimentas con folklores, para luego secárselas con la luz de un sol que varía según las latitudes.
Estos hombres son raíces de un mismo árbol. Raíces que poco a poco se van hinchando allí donde la vida crece sin sol hasta romper las veredas. Sus brazos son fuertes al apretar, con inocente vehemencia, los brotes subterráneos de su ciudad, de quienes serán.
Son hombres que juzgan según sus propias leyes y tradiciones mientras cabalgan sus vidas dentro de un territorio al cual entienden como universo. Y en ésa mecánica obtienen la certeza de ser libres. Son personas con distintas dosis de derechos y obligaciones, todos nacidos en la misma ciudad y perfumados por el mismo tiempo, verdadero Dios que a todos apiña y lesiona a su merced. Se visten de cotidianeidad por las mañanas mientras dormidos buscan sus camisas, o por las tardes, cuando las nubes violetas de Abril se reflejan en sus ojos acuosos, que también son ciudad. Y entonces ya nadie puede saber quién es hombre y quién es ciudad. En los suburbios, los adolescentes escriben textos sobre asfalto que se convertirá en piel y edificios que mutarán en cuerpos respirando según horarios comerciales.
Y entre los hombres que son ciudad están aquellos que buscan imponer autoridad sobre los demás. Son ellos quienes bajo su idea de vocación, visualizan pirámides que con empeño -y con tal aprensión como para permitirse perder la vida que inventa sus días-, intentan ascender por su resbaladiza pendiente. Anhelan las sillas que se apolillan en la cúspide porque creen haber visto algo que consideran que les pertenece. Son aquellos hombres quienes desde la altura que obnubila, asumen la potestad de dictaminar lo que es bueno o malo, correcto o incorrecto, bello o feo.
Se asumen patrones de la identidad colectiva, de la definición del buen gusto, estético y literario, político y cultural. Crean monopolios y entregan invitaciones a entender lo que es ciudad y lo que no, lo exquisito como contraste del mal gusto, invitaciones que en realidad son pequeñas muertes de la creatividad. Estos hombres-autoridad no soportan las voces individuales, pues las palabras que nunca antes se dijeron suelen ser la antítesis de la belleza impuesta.
Y también hay hombres que no son ciudades. Hombres que voluntariamente desertan de su condición de ciudad para buscar un reposo que germine su vida en otra ciudad, en otra dinámica. Hombres que parten sin grandes pensamientos ni escuelas, ligeros de equipaje, empujados por la necesidad de ser nuevos hombres a través de nuevas ciudades, dejándose atravesar por lo que mora en el viento. Hay algunos de ellos que incluso nunca regresan a su ciudad primera, pues ya no encuentran el camino a quienes fueron una vez. Son estos hombres los que finalmente se convierten en su ciudad. Son hombres que son su propia ciudad.
Y cuando ya viejos y atravesados por el tiempo y el misterio, estos hombres se sientan junto a los edificios que no envejecieron con ellos, entonces entienden que su existencia, al igual que la de los demás hombres, también es circunstancia de una geografía. Sólo que el tono con el que le hablan a su ciudad primera es plenamente distinto. Los escucho hablarle a ella no como hijos, sino como padres tristes y cariñosos. Son palabras mudas que viajan con el aire de la tarde, palabras que no son dichas para ser oídas sino para viajar sin ambición. Corren como recién nacidas pero son viejas como la garganta que las gesta. Ahí van por el aire, paternales, sobrevolando hasta donde puedan sus alas, hasta donde sople el viento de la ciudad que las acaba de ver parir y que ahora las disfruta.

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