1 jun. 2013

La manivela




Con lo que acabábamos de hacer nos habíamos consumido el poco aire que quedaba en el coche. La ventilación estaba averiada y el último soplo había entrado hacía más de media hora cuando un golpe de viento se llevaba hacia la autopista el humo y las cenizas de su cigarrillo. Desde aquel momento nuestras intenciones habían ido agitándose sin más oxigeno que el que había dejado aquellos minutos. Además yo me sentía destemplada por ser nueva a estos climas trabados del norte de Europa, y no podía dejar de sentir que el aire húmedo que se respiraba en esa cabina transformaba cada bocanada en un trozo de materia espesa.

Afuera, el aire se condensaba mientras nosotros, dos cobardes enamorados, avanzábamos lentamente por las callecitas de tierra del parque. Su mirada nerviosa buscando el lugar apropiado donde detenernos no alcanzaba a disimular sus intenciones de refugiarnos de las pocas personas aún se paseaban por aquellos enormes campos de césped calado. Ambos estábamos visiblemente nerviosos desde que nos habíamos subido al coche (por primera vez) con el pretexto de llevarme a conocer los alrededores de la ciudad. Éramos dos extraños que apenas se conocían, pero dos extraños fascinados uno por el otro. No suelo fumar tanto, me dijo encendiendo el primer cigarrillo adentro del coche mientras yo aún me acomodaba en el asiento del copiloto. El olor a cenizas  se asomó en cuanto abrí la puerta; apenas me senté remarqué que en el cenicero había más de cinco colillas, todas oprimidas entre cenizas y papel de caramelo. Inmediatamente pensé en sus manos y fue recién ahí, cuando se acomodaron sobre el volante, que noté las manchas de nicotina en los dedos.

Tal vez nunca creímos que el aire que aun persistía cuando entramos al parque se iría consumiendo con tanto vigor. Lo cierto es que para cuando nos detuvimos debajo de aquellos pinos (tan altos que me llevaron a inclinarme hacia adelante para apreciar su altura desde la ventana frontal) ya apenas se podía respirar allí adentro; todo era un deseo espeso que no sabíamos cómo exteriorizar. Remarqué su perfil mientras aun maniobraba el coche y donde se delataban sus mejillas acaloradas que casi pude sentir como fiebre en mis labios. Estábamos atraídos por el azar de nuestro encuentro, casi absurdo para dos personas cuyas vidas no podían cruzarse más que por azar. A pesar de ser dos extraños que llevaban horas consolándose, en ningún momento desconfié de sus palabras o gestos, juzgué natural seguirlo, corresponder a su propuesta de subirme al coche y dar un paseo. Todo en él me resultaba extraordinariamente familiar desde el primer momento que me abordó en la cola del supermercado. No dudé en querer conocer más, en ver si era cierto aquello que yo veía en sus ojos mientras los dos hablábamos de precios, horarios comerciales y los acentos de cada uno. Fue natural seguir conversando y usar la excusa de la garua eterna de la capital belga y el hecho de estar libres de compromiso aquella mañana, para ir a tomar un café, por qué no, por qué no perseguir aquel titubeo a pesar de la diferencia de edad, a pesar de los prejuicios, por qué no creer cuando me dijo que mis palabras le hablaban a un aspecto de él al que nunca le habían hablado, y yo callé porque sentía lo mismo de sus palabras.

Cuando apagó el motor y se giró hacia mí para darme toda su atención remarqué que no era un hombre guapo, en nada se parecía a los hombres que me atraían o con los que había estado. Pero poco a poco me había ido atrapando con su pelo blanco despeinado, su mirada pueril y su cigarrillo constante, hasta que casi involuntariamente permitirle una belleza única que lo distinguía de todos los demás hombres.

Sería falso decir que me esperaba lo que sucedería. Yo sólo estaba dispuesta a besarlo, había pensado desde que entramos al parque. Y sin embargo fui yo quien lo impulsó a avanzar, a buscarme con sus manos por debajo del vestido. Fui yo la que sorprendió trayendo su rostro hacia mis pechos mientras no podía evitar abrazarle la cabeza y llenar el espacio que hay entre mis dedos con su pelo fino, revolviéndolo bajo la inspiración inconsciente del paisaje que se aparecía por la ventana; el baile de los pinos con el viento. Y él sin saberlo supongo, poco a poco desvanecía mis recuerdos y expectativas, se caía toda esa vida que en realidad no existe o ya existió. Yo estaba allí, en aquel coche estacionado en aquel parque de aquella ciudad, bajo esa lluvia y en ningún otro lugar ni en los brazos de ningún otro hombre. Totalmente allí, aferrada al presente de su aliento en mis ojos y su cabello entre mis dedos, gastando sin reparo las pocas gotas de aire que aun flotaban, deseando ahogarme cada vez más en un presente que se dilataba cuando nos cruzábamos la mirada y la sorpresa del encuentro nos mudaba de aires, yendo del gesto serio a la risa cómplice, como si en realidad los que estuvieran en aquel coche fueran dos personas distintas a nosotros susurrándonos un secreto.

Cuando el aire comenzó a ser realmente una necesidad vital, ya mi postura no me permitía casi mover; ambos estábamos abatidos por el desahogo. Ahora solo nos quedaba hacer algo para remediar la asfixia que se volvía un poco más intolerable con el correr de los segundos (y pensar que hace instantes ese ahogo era el trampolín al que subíamos para lanzarnos). Me acomodé como pude sin lograr mover el cuerpo, sólo sentí el sudor de su cuerpo tendido sobre mí. Me erguí apoyando el codo izquierdo sobre el respaldo inclinado y tomando impulso con el pensamiento, estiré el brazo derecho con un movimiento que me permitió alcanzar, primero arañándola con la punta de los dedos y luego con un manotazo gracias a una segunda propulsión que di, la manivela de la ventanilla. La giré aguantando el peso de su cuerpo que en vano intentaba ayudarme, le di dos o tres vueltas y caí de nuevo sobre el asiento tumbado.

No fue hasta que la lluvia comenzó a mojarme la cadera entrando por ese pequeño espacio que se había abierto entre el cristal y el marco de la ventana y por el cual respiraba ansioso todo el interior del coche, que empecé a inquietarme. No por el hecho de llevar tan sólo unos pocos días viviendo en Bruselas, o sobre lo considerada que podía haber sido mi decisión de dejar atrás a Alberto sabiendo que él no sabía que yo estaba embarazada de semanas, mucho menos sobre cómo afrontaría mi situación en una ciudad nueva y en la cual no hablaba el idioma y sólo conocía a este hombre casado que ahora descansa junto a mí.

Mi única inquietud en este preciso momento es el presente que percibo mientras la lluvia pega cada vez más fuerte sobre la carrocería del coche. Estoy atrapada en el aquí y ahora, suspendida sobre la certeza de que el tiempo no está sucediendo. Desnudos, abrazados, incomodos. Él, recostado sobre mí, con la cadera apretujándose contra la palanca de cambio. Yo, sintiendo su peso caluroso sobre mi pecho, alcanzando a ver la punta de los inmensos árboles moverse con el viento a través de la ventana, sintiendo la lluvia -cada vez más fuerte- mojarme la cadera mientras escucho nada más que el sonido de  su respiración. Me digo a mi misma, Alicia recuerda esto, graba esta imagen porque merece ser recordada al menos como el retrato de un presente cuya importancia no logro interpretar ahora. Y sin dudarlo, en un segundo -un instante de segundo en realidad- y usando el tapiz gris del techo como mesa de trabajo, abrazando el cuerpo del hombre que aun siento moviéndose por mis entrañas, revelo esta foto que en realidad ya se había revelado sola en el momento en que me propuse hacerlo. Es una foto infinita, lo sé, una instantánea que retrata la aglomeración de todas las horas vividas hasta ese instante y a la vez un hecho puntual de dos cuerpos vestidos y luego desnudos, buscándose y luego encontrándose, una imagen compuesta de incontables efigies: el interior del coche, la moneda que descubrí entre el asiento y la puerta, el cenicero repleto de colillas,  mi cartera entre las piernas y luego debajo del asiento trasero, un coche negro visto desde lo alto de la copa de un pino, mojándose con las mismas gotas que veo caer desde lo alto y, simultáneamente, fluir por el cristal de la ventanilla con sus finos hilos acuáticos. Es la foto de lo que inevitablemente está sucediendo con la fuerza que solo tiene lo sublime llegando y por fin ahogando el pasado y el futuro, fundiéndolo todo en un instante cuyos elementos estarán eternamente en movimiento, ajenos al tiempo; como una partícula de aire flotando por siempre al alcance de la vida que sucede afuera de ella.

-          Mama, mai quest qui ha? Ca va?, eh mama! Ques ce que tu pensai?, dijo el joven tomando el brazo de su madre.

-          ¿Eh?, Perdóname hijo, pero ahora no quiero hablar de este tema. Me siento un poco cansada, sabes. Prefiero que lo hablemos en otro momento si no te molesta. Voy a afuera a tomar un poco de aire fresco.

-          Pero mamá, contesto el hijo en un español de fuerte acento francés, está lloviendo ahora.

La madre no hizo caso y salió al patio de la casa. En la mesa de la cocina se quedaría el hijo mirando la foto de su difunto padre, sin reconocerse en aquel hombre de cabellos blancos y mirada mansa.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario