22 jun. 2015

Sobre tranvias y tropiezos


Desde que descubrí que nada hay tan aburrido como la diversión, evito frecuentar lugares a los que antes iba. Y eso ha ido modelando mi carácter como el mar esculpe a una roca. Precisamente un 5 de febrero de 2009 me encontraba yo aburridísimo en una fiesta en Ginebra, rodeado por desconocidos que, igual que yo, éramos nuevos en la ciudad y habíamos llegado a esa soirée para amortiguar el duro golpe que era llegar a Ginebra joven, solo y en invierno.
Llevaba en el bolsillo de mi abrigo un libro de la periodista catalana Rosa Regàs, titulado Ginebra y el cual me había regalado una amiga ecuatoriana asegurándome que en esas páginas no solo había una aguda  y entretenida descripción de la idiosincrasia ginebrina, sino que además sería una guía fundamental para un sudamericano poco familiarizado con el exceso de reglas y corrección cívica. Lo empecé a leer ese mismo día en el tranvía. De hecho me resultaba una novedad tan divertida eso de viajar en tranvía y además me entretenían tanto las anécdotas de Rosa Regàs, que decidí dejar de aburrirme en aquella fiesta y salir a divertirme con mi libro en el tranvía.
Parado en la estación Place du cirque, me tuve que quitar los guantes para poder alcanzar las monedas en el fondo del bolsillo de mi pantalón. Estaba poniéndolas en la máquina de boletos cuando vi doblando por la esquina mi tranvía, el número 14. Me resultaba tan novedosa esa imagen de un tranvía viniendo hacia mí, de las calles vacías con sus árboles pelados y unos tenebrosos pájaros negros mirándome desde ramas secas, que entré al vagón embobado por el presente y olvidando mi boleto en la máquina expendedora.
Iba yo cómodo en mi asiento, saltando del paisaje de la ventanilla a mi libro, de las calles melancólicamente húmedas a Rosa Regàs contándome que Ginebra, el lugar donde Calvino pudo realizar su sueño puritano, no era precisamente una ciudad alegre, pero sí una ciudad extremadamente cómoda. Apenas comencé a leer capítulo en que narra sobre el transporte público y los revisores de boletos, cuando de  repente tenía uno de éstos frente a mí. Debía ser al menos seis veces más alto que yo, o así lo parecía desde donde yo lo miraba - todavía con las palabras recién leídas dando vuelta por mi cabeza. Supongo que confió en su uniforme y en el aparato electrónico que llevaba en la mano porque no dijo ni una sola palabra, más bien fue su mirada la que habló. Éramos los únicos en el vagón y debieron pasar unos tres minutos, o una eternidad, no recuerdo, hasta que me di por vencido y con todos mis bolsillos escrutados caí en la cuenta de que había olvidado el boleto en la máquina. Comencé entonces a explicarle en un pobre francés nervioso, que en realidad había pagado mi pasaje pero que lo había olvidado en la maquina; me abstuve de contar que fue por estar mirando el tranvía y los árboles secos y los pájaros negros, pero sí le dije que era nuevo en la ciudad, que venía de aburrirme en una fiesta, y que “realmente” me había olvidado el boleto en la máquina. De nada sirvió todo mi esfuerzo por hacerme entender porque en pocos segundos ya estaba usando la multa de 100 francos como señalador en el capítulo que paradójicamente hablaba sobre revisores de boletos y el exorbitado precio de las multas.
En aquellos días, no sólo me sentía un extraño en la ciudad sino que, además, tenía la impresión -y así lo escribía continuamente- de que a mí me pasaban cosas raras. Hoy en día, ya no puedo decir lo mismo porque el mundo en los últimos tiempos se ha vuelto tan absolutamente extraño que es difícil que algo no nos parezca raro. Y digo extraño por no decir violento. Sin embargo cuando miramos atrás y nos servimos de la historia para entender el presente, podemos ver que el movimiento histórico siempre tropieza con la misma piedra: la violencia y los intereses políticos jugando con la fe de un pueblo. Cuando nos enteramos de las atrocidades cometidas por las fuerzas armadas yihadistas en el oriente cercado, las decapitaciones perpetradas por el Estado Islámico, la destrucción de estatuas milenarias en museos, el secuestro y asesinato de cristianos en diversos países africanos, pienso en lo que sucedió siglos atrás durante las Cruzadas y la Inquisición. ¿Cuáles son los verdaderos intereses detrás de esta violencia?
Se me viene a la mente la expresión italiana corsi e ricorsi, tomada de la teoría que la historia no avanza de forma lineal empujada por el progreso, sino en forma de ciclos que se repiten, es decir, que si bien siempre avanzamos, lo hacemos dando dos pasos para adelante pero uno para atrás. No se trata de un eterno retorno de todas las cosas, sino que es una piedra con la que tropezamos una y otra vez y que nos devuelve a un estadio que se creía superado, pero ahora visto desde una nueva perspectiva. ¿Cómo hacer para no olvidar el daño que causa la violencia y los intereses políticos por encima del bien común?
No muchas semanas después de haber sido multado en el tranvía de la línea 14 leyendo aquel libro de Rosa Regàs, subí un día a otro 14 con una copia gratuita del diario local 20 minute. Compré un billete y, por temor a que después me lo pidiera el revisor y no lo encontrara, me lo puse en la boca; pensé que así lo tendría más a la vista del inspector si éste se presentaba. Iba tan concentrado en la lectura, o en tratar de descifrar lo que leía que, sin darme cuenta fui chupando como un loco el billete. Cuando llegó el revisor me quedé anonadado: era el mismo que me había multado semanas atrás y, para colmo,  llevaba en la boca el lápiz electrónico con el que anota en su máquina expendedora de multas. Ambos nos miramos como dos perros amigos sosteniendo un hueso entre los dientes. Me sonrió y se quitó el lápiz de la boca, es para no perderlo me dijo, ya van varios. Yo le correspondí con una sonrisa sincera y también me quité el boleto de la boca, o lo que quedaba de él, pues no era más que un trozo de papel ilegible. Sin tocarlo me dijo que no se alcanzaba a ver la fecha de expedición y que eso era motivo de multa. Con un francés algo mejorado y el recuerdo vivo de nuestra historia, le expliqué que yo también lo llevaba en la boca para no tropezar con la misma piedra y volver a ser castigado. El inspector, que tampoco era tan alto después de todo, aceptó mi verdad y continuó trabajando.
Al llegar a mi casa me di cuenta de que esta vez había olvidado el paraguas en el tranvía. No tengo cura me dije a mí mismo, e inmediatamente pensé en la cantidad de cosas que deberíamos llevar  siempre en la boca para no olvidar, y poder romper con este corsi e ricorsi.

Ensayo publicado en la revista esQuisses, 3 de junio 2015, Guatemala
http://www.esquisses.net/2015/06/sebastian-salvador/

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